Cuanto mejor vas conociendo la Sierra de Ávila, cuando aprendes a mirarla y a comprenderla es cuando puedes disfrutar de un duro paseo como el que ahora os cuento entre berrocales, arroyos vacíos y colores de mayo.
No se trataba de hacer muchos kilómetros sino de “trepar” con la bicicleta hasta el Cerro de Gorría, el más alto de esta sierra (1726 m. de altitud). Un pequeño reto que ahora recuerdo como una increíble ascensión.
Hacia Gorría entre chaparras y rebollos
Comencé en solitario en los caños de Cillán. Desde allí ya podía observar con algo de preocupación el horizonte de aerogeneradores que me esperaba. Tomé un camino a la izquierda que me obligó a abrir el primer portillo de la tarde en medio de algunas vacas que sesteaban tranquilas.

Al poco, encuentro la pequeña aldea alto-medieval de Las Henrenes. Los restos de un poblado visigodo vaciado hace mil años… ¿nos suena?
Ruedo entre caminos que me llevan a la estrecha y vacía carreterilla de Valdecasa. El hermoso encinar se queda atrás y el perfil de Gorría me parece que ha crecido ahora que lo tengo más cerca. Cuando llego a Pasarilla del Rebollar el paisaje cambia las oscuras encinas por los perezosos rebollos que —¡por fin!— nos muestran sus suaves verdes tardíos contrastando con las vibrantes retamas en flor.
La temperatura es deliciosa. Apenas hay viento y las nubes cubren con frecuencia el sol protegiéndome de las cinco de la tarde. El campo se encuentra pletórico; piornos, cantueso y santolinas han eclosionado entre las arboledas clareadas que van dando paso a lanchares más pelados.

Con este ambiente tan bucólico alcanzo Valdecasa. Aquí acaba la sinuosa carretera y comienza la hora de la verdad. He descontado poco más de doscientos metros de desnivel; ahora me enfrento a un camino desconocido por el que me esperan otros trescientos… y pico.
Y por fin ¡el pico!
El camino al comienzo es bueno y ruedo despacio, con paciencia. La arboleda ha desaparecido y los bolos de granito rompen la monotonía del paraje. Ahora son las chujarras las que aportan sus arrugadas flores blancas al ligero tapizado vegetal. Cuando paso por las últimas majadas el camino se convierte en senda. Poco más adelante se empina y se llena de cantos, es hora de bajar de la bici.
Finalmente la senda desaparece y solamente queda el canchal para trepar, primero empujando la bicicleta y finalmente a cuestas con ella. Tengo que parar varias veces; mientras tiro alguna foto encuentro el aire necesario para seguir subiendo.


El Cerro de Gorría consta de varios picachos, en el más alto se halla el vértice Navas y desde allí las vistas sobrecogen: hacia el sur, a contraluz, aparecían negras La Serrota y La Paramera justo al otro lado del Valle de Amblés; y al norte, la plana y dorada Moraña con un fondo desdibujado por la suave calima. De entre los plisados de la falda del cerro aparecen verdores que dan lugar a varios arroyos. Algo más abajo en Horcajuelo todos ellos formarán el río Arevalillo que se encontrará con el Adaja en Arévalo.
Me cuesta iniciar la bajada después de tanto esfuerzo. Los aerogeneradores giran rítmicamente, resulta agradable sentir la sombra de sus palas correr sobre las rocas del suelo acompasadas de un zumbido grave. Es curioso como los seres campestres nos hemos tenido que acostumbrar a su presencia y estética.
Y el descenso hacia Narrillos del Rebollar
Me canso de elucubrar y hay que emprender el regreso. Tomo el camino creado para los “molinillos” hasta que llego a uno de sus accesos en el que… ¡rayos! Una vaca negra justo en el medio me impide el paso. La intento asustar para que se largue; lo intenta pero la pobre… no puede salir del camino. Tras algunas dudas me armo de valor y nos cruzamos a un metro sin mirarnos. Siento que ella trota pero para apartarse y yo.., yo por si acaso doy una increíble potencia al pedal. Y pensar que de niño quería ser “el Viti”.

Pasado el apuro, encuentro una senda que desciende. Algunas cuestas las tengo que hacer a pie, pero merece la pena. De nuevo van apareciendo los rebollares y ya cruzo algunos charcos. Más abajo en alguna pequeña nava encuentro incluso personas. Así que charlo un ratillo con Francisco y Emilio, los dos jubilados. Uno tiene su huerto en el que acaba de plantar tomates, el otro cuida unas cuantas ovejas; para entretenerse me dicen.

Siendo jubilados, son de los jóvenes del pueblo, ya no irán a ningún sitio pero también están seguros que nadie vendrá a este lugar. Han recibido la visita de algunos políticos y ríen…
– La semana que viene no volverán a acordarse de nosotros hasta otra temporada, eso si queda alguien.
– Pero bueno, al menos que haya paz. Con eso ya nos arreglamos.
Ese sí que es un buen deseo, —pienso—. ¡ojalá que se cumpla!
Me viene a la memoria aquella novelilla de Delibes. Han pasado cuarenta años y los políticos siguen sin nada que ofrecer a los cada vez más escasos «señores Cayo» que aún son la esencia de nuestros campos y pueblos.
Y en paz les dejo mientras llego al acogedor Narrillos del Rebollar. También aquí acaba una carretera por la que al atardecer algunas mujeres —las últimas— pasean también en paz.

Pequeños arroyos, viejas encinas
Habíamos parado en Narrillos del Rebollar donde nacen varios arroyuelos: El Río Hondo recogerá al Altamiros y Matapeces para llegar juntos hasta Horcajuelo. Y por otro lado el Gargüelo o Arroyo del Valle que llegará al mismo lugar con el nombre de Arroyo de las Cañadas de Montejo. Y así se habrá formado el río Arevalillo que, a veces, llegará con agua hasta Arévalo después de atravesar La Moraña. Por si fuera poco el lío de nombres, al Gargüelo por aquí lo llaman «Trabancos» ¿?. Pues si así lo llaman sus paisanos por ese nombre lo conoceremos también.

Son arroyos bruscos, cortos, transitorios y sus estiajes son cada vez más largos. De hecho ahora, en mayo, apenas vemos correr agua.
El Río Hondo
Sigo mi ruta. He descendido el Cerro de Gorría y salgo de Narrillos del Rebollar; ahora continuo ya cuesta abajo hasta Benitos, un lugar con bonitas fuentes. Aquí pregunto por la senda que hay paralela al río Hondo.

Me la indican amablemente, incluso me abren una portezuela medio oculta entre matojos.
– Eso sí prepárate para abrir y cerrar portillos.
– Pero esto, ¿no es lo normal por aquí? -pregunto-
– Aquí los ganaderos son comodones, cierran el camino y se olvidan del ganado.
Y así es; jóvenes terneras mansurronas por aquí y por allá, abro y cierro, y a duras penas logro seguir el imaginario sendero. El arroyo lleva agua y por unas piedras pasaderas lo cruzo dándome de bruces con la hermosa ermita de la Virgen de Ríhondo. Antiguo y muy bien tallado creo que es el edificio más notable que he encontrado en toda la ruta. Su armoniosa fachada resplandece con el sol del atardecer. Junto a la fuente encuentro un cartel con la ruta que pretendía seguir y observo que no ha sido la correcta, por la que yo preguntaba en Benitos y que quizás esté libre de portillos.

El río Hondo sigue bajando, más adelante —cuando lleva agua— salta encajado entre las peñas formando unas bonitas cascadas en las laderas del Castro de la Mesa de la Miranda
Chamartín; El Matapeces
Nos encontramos en un lugar de encinas centenarias y verracos. Entre suaves prados clareados aparecen ejemplares enormes entremezclados con caprichosos berrocales.

Me viene a la memoria una excursión caminando hasta el Castro de la Osera (o de la Mesa de la Miranda). Cuando terminamos de visitarlo tratamos de regresar subiendo por el cauce embarrancado del arroyo Matapeces. Al principio avanzamos algo río arriba pero diez pasos mal dados nos situó en un punto alto, vertical y peligroso del que solamente pudimos salir con un alarde de serenidad, bien pegados al terreno y agarrándonos a las matas secas mientras la resbaladiza gravilla caía al lecho rocoso del seco arroyo. Un buen susto y un barranco que nos recuerda que la Sierra de Ávila también es montaña y como tal hay que respetarla.
En esta ocasión, mucho más tranquila, después de encaramarme al Gorría, pregunto en Chamartín y me acerco a visitar la Encina del Pradejón. Se encuentra en las cercanías pueblo aunque un mastín que guarda un rebaño me obliga a dar un pequeño rodeo.

Un impresionante monumento arbóreo al que calculan más de 600 años, ¡toda una encina del Renacimiento!
Y el Arroyo de las Cañadas de Montejo
El sol va cayendo y hay que seguir. Dejo la Encina del Pradejón y tomo el Cordel de la Cañada Real Soriana que sorprendentemente está magníficamente conservado manteniendo su enorme anchura. Dejo Cillán a mi izquierda y sigo hasta el arroyo que vimos nacer más arriba en Narrillos.
Aquí la Sierra de Ávila va dejando los prados; hacia Muñico aparecen pequeños campos de cereal y sus brusquedades desaparecen. Al haber grano tuvo que haber molinos y junto al arroyo siguen sus restos.

Cuando el sol se mete llego al pequeño Molino de la Salud, su estado es de abandono pero no ruinoso al conservar la cubierta. En el interior se escudriña a través de su puerta rota sus ingenios atascados en el tiempo. Afuera su balsa vacía y su cárcavo están comidos por la vegetación.
Ahora piornos y majuelos están dorados, fulgurantes. Y la fuente que hay frente al molino arroja un hilillo de agua fresca. Entre medias el arroyo corre despacio bajo las guirnaldas blancas de tiernos ranúnculos de agua. El sol se guarda y yo creo que también.






