
Miguel Delibes nació un 17 de octubre de 1920 en el nº 12 de la calle de Recoletos, esquina con la calle de Colmenares, al lado y frente al Campo Grande, parque-campo de una ciudad que tiene alma de campo y, también, cuerpo y modos de ciudad. Alumno de las madres carmelitas y de los Hermanos de las Escuelas Cristianas del Colegio de Lourdes, se alistó como voluntario en la Marina durante la Guerra Civil Española, sirviendo en el crucero Canarias. Llegó a ser catedrático de Derecho Mercantil en la Escuela de Comercio de Valladolid. Casado con Ángeles de Castro, tuvo siete hijos. Comenzó a trabajar muy pronto en El Norte de Castilla, antes de ganar el premio Nadal con la sombra del ciprés es alargada y empezar a ser conocido como escritor. Miembro de la Real Academia Española, obtuvo innumerables premios, casi podríamos decir que todos menos el Nobel: Fastenrath de la Real Academia, de la Crítica, Príncipe de Asturias, de las Letras de la Junta de Castilla y León, Nacional de las Letras, de Literatura en Lengua Castellana “Miguel de Cervantes”, Nacional de Literatura de narrativa, dos veces…
Excelente cazador y buen pescador, practicó la natación, el fútbol, la bicicleta, el tenis o el ping pong.
Su abuelo paterno, Friedrich Pierre Delibes, sobrino del músico Leo Delibes, era francés, había nacido en Toulouse. Vino a España a trabajar en el ferrocarril que uniría Alar del Rey, en la provincia de Palencia, con Santander. Allí conoció el abuelo a su futura mujer, Saturnina Cortés, una montañesa, con quien casó. Montó una Serrería de maderas en Valladolid, de la que vivió la familia. Jamás regresó a Francia. El abuelo materno era un buen abogado de Burgos, pintoresco y desinteresado. Carlista convencido, tomó parte en el sitio de Bilbao.
El padre de Miguel, Adolfo Delibes Cortés, era castellano. Persona cultivada y de ideas liberales. La madre de Miguel, María Setién Echánove, quedó muy joven huérfana y dejó su tierra por Valladolid, donde tenía unos familiares. Mujer muy religiosa, en Valladolid conoció a Adolfo, padre de Miguel Delibes. Tenía Adolfo 42 años cuando se casó con María, joven de veintipocos.
La vida cambió para Miguel Delibes aquel 5 de enero de 1948 cuando le llamaron desde Barcelona para comunicarle que había ganado el premio Nadal por su libro, su primer libro, La sombra del ciprés es alargada. Desde entonces Delibes se dedicó a escribir aunque sin dejar su periódico, El Norte de Castilla, del que llegó a ser director.
Celebramos este año de 2020 el centenario de su nacimiento. Cien años de un escritor que quizá se sentía antes cazador. Un siglo de alguien apegado a su tierra, que escribía tal y como hablaban las gentes de los pueblos de Castilla. Gran observador, pegó la hebra con tantos y tantos pueblerinos… Las tres Castillas de entonces, de cuando la región era Castilla la Vieja, se vieron reflejadas en su narrativa: la Castilla de la Montaña (lo que hoy es Cantabria) en El camino; la Castilla verde del norte de Burgos en El disputado voto del señor Cayo; y la Castilla de Tierra de Campos, seca, mesetaria, en Las ratas.
Acertó Delibes a pintar Castilla, a contar con detalle el modo de vivir y de existir de sus gentes. Delibes fue un hombre de campo, aunque hubiese nacido en Valladolid capital, que escribió sobre el campo y atendió a su lenguaje. Hace unos años me dediqué a recoger de sus libros todo ese léxico rural y lo fui clasificando e investigando por los pueblos. Y resultó que, de las cerca de 1.500 palabras rurales de su narrativa, más de 300 no aparecían en el diccionario de la RAE. ¡Gran tesoro era ese para el español como idioma! Después de mucho investigar y preguntar, de escribir una y otra vez a Miguel Delibes por aquellas palabras rurales, confeccioné el Diccionario del castellano rural en la narrativa de Miguel Delibes. En él se guarda uno de los grandes tesoros del escritor: su lenguaje rural, que da vigor al español 100 años después del nacimiento del escritor.
¿Quiénes, por tanto, podrían celebrar este centenario en 2020?
Para empezar, los cazadores, porque tuvieron en Delibes un excelente embajador. Nada escopetero, enseñó a sus hijos a respetar los tiempos de veda, a no buscar el número de piezas abatidas sino el esfuerzo y el disfrute de colgar de la percha una perdiz, una liebre o un conejo.
Los pescadores de río pueden también acordarse de un hombre que fue autodidacta en esto de la trucha, que pescó en Mave, en el Omaña, en Gredos… y que, cuando colgó la caña, esperaba impaciente a que llegaran sus hijos y le contaran qué cesta traían del río tal o del río cual.
Las gentes de los pueblos de Castilla tienen una buena ocasión en este 2020 de celebrar que en aquel 1920 nació uno de los suyos, que les comprendió, que les llevó a sus novelas. El señor Cayo, el Nini, Daniel, el Mochuelo, la señora Clo, la Columba, don Eloy, Melecio, Lorenzo, el Ratero… son personajes de ficción que encarnan tipos que se daban en los pueblos más frecuentados por Delibes. Paulino el guarda del río Omaña, Alfredo Rodríguez y su palomar o Juan Gualberto fueron personajes de carne y hueso que dieron vida a sus obras más biográficas.
Y podemos festejar en este 2020 todos los lectores de Miguel Delibes que hace 100 años nos nació un escritor que fue siempre fiel a sus principios y costumbres (que no es poco decir en los tiempos que corren). Que supo dar con la tecla del vocabulario preciso porque fue un gran observador. Que supo transmitirnos cómo respiraba Castilla entonces.
El mejor recordatorio que podemos tener con don Miguel es el de volver a asomarnos a sus libros. Así de sencillo. Cada uno con su libro preferido: unos con los pasajes del señor Cayo y los tres políticos de Burgos, otros con las ingeniosas frases del Nini y algunos con la Valladolid del siglo XVI de El hereje. Hay para dar y tomar. Lo importante es que tomemos algo, aunque sea un trozo de esa literatura que, desde lo local, se hizo universal, al estilo del Quijote.




