León XIV, de Chicago a Chiclayo

Francisco vino para quedarse. Cuando fue nombrado arzobispo de Buenos Aires puso su empeño en potenciar el movimiento de los “curas villeros”, sacerdotes que viven en las “villas miseria” desde las que realizan su labor pastoral.

 

Este movimiento engarza directamente con la Teología de la Liberación; es decir, asume una clara opción por los pobres.

 

Desde la soledad de esta Moraña abulense, sobria, religiosa y devota a su manera, nos llega la imagen de una iglesia vertical, barroca y protocolaria que, por aquello de la ausencia de vocaciones, no alcanza a las villas como sería el deseo de todos. Se suceden los ritos seculares, se procesiona a los santos y, cada vez menos, se celebran los sacramentos.

 

Con estos mimbres, nos resulta lejana aquella Doctrina Social de la Iglesia inaugurada por León XIII y que pone el foco en la sociedad y las condiciones de los trabajadores a partir de la Revolución Industrial.

 

En una columna anterior nos hacíamos eco de los Sindicatos Obreros Católicos que nacieron a finales del s. XIX y principios del s. XX. Nuestro amigo Adolfo Yáñez nos hacía un apunte muy interesante a este propósito: “Los círculos y sindicatos católicos fueron impulsados fuertemente en 1981 por León XIII en su encíclica “Rerum Novarum”. Estimuló así a obispos y sacerdotes a crear estas instituciones en pueblos y ciudades”.

 

La elección del cardenal Prevost como nuevo papa no solamente asegura una línea de continuidad en la labor de Francisco, no en vano fue elegido por él y le otorgó cargos de relevancia. El hecho de que se presente al mundo como León XIV nos revela, además, su intención de incidir en esa Doctrina Social de la Iglesia.

 

En el trayecto de su ciudad natal, Chicago, a la Ciudad de la Amistad, Chiclayo, el naciente preboste da el paso desde la majestuosidad de Illinois a la iglesia de base que convive con el pueblo.

 

La apuesta de los cardenales por la persistencia de la labor de Francisco, con esta añadidura significativa que alude innegablemente al obrero y por más que esta palabra suene herética en algunos ámbitos, podemos afirmar que ya no hay vuelta atrás. La iglesia ha tomado un rumbo que no debió abandonar nunca tras el Concilio Vaticano II. Apartándose de formas rígidas, graves y hasta frívolas, dejando atrás una estructura excesivamente vertical, solo puede optar por volver a su origen: el evangelio. Jesús de Nazareth no era de beatos ni de boatos.

 

Los papas que han pisado barro, que han acompañado a ese Jesús que “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme», son quienes nos retornan al mensaje del amor. Ojalá que la iglesia no se vuelva a desvincular de esta misión y que predicar y dar trigo vayan de la mano.

 

Ojalá que los nuevos políticos sean también de los que han pisado barro, porque eso les dará más credibilidad cuando hablan de empatía con el ciudadano. Decir sandeces desde un púlpito pagado con el trabajo de todos es algo que empieza a repeler. Quizás necesiten también una travesía de Chicago a Chiclayo, de Madrid a cualquier pueblo morañego para bajarse a la realidad.

 

Javier S. Sánchez

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