
“Estará espiritualmente con nosotros” dijo antes de la final. Y lo dijo porque desde que Xana con solo nueve años nos dejara en 2019, no ha dejado de estar, de acompañar a su padre. Ha sido su apoyo y su cobijo, más en los momentos difíciles; y también la protección de toda la familia. Han sido capaces de convertir el desgarro en fortaleza, el sufrimiento en vitalidad. Es, dicen “la estrella que guía nuestra familia”.
Para tenerla aún más presente y ser aliento de tantas familias de niños que sufren enfermedades graves, con su nombre creó el técnico la “Fundación Xana”.
En un mundo deslavazado y a la deriva por momentos, estamos tan necesitados de referentes que, a veces y sin encomendarnos a nadie, nos arrimamos a cualquier charlatán; vocingleros y embaucadores que por disponer de un atril de metacrilato se ofrecen como salvadores de una patria que, como dice Anguita en referencia a la bandera “cabe en una caja de zapatos”. Vienen, dicen, a librarnos de las desigualdades, de la corrupción, de las mafias… Es decir, justamente de lo que han creado; paradójicamente, quieren protegernos de ellos mismos. ¡Si se conocerán bien!
Tratan de reducir el mundo a su mundo para que no osemos fijarnos en ciudadanos con valores cuando la polarización provocada solo nos anuncia que, en realidad, los extremos se tocan.
Pero, ¿quién puede tener fe en un ser que grita, insulta, patalea, miente, amenaza… y con esos atributos aún dice representarnos?
Paseando por la periferia de este nuevo opio del pueblo nos encontramos con ciudadanos que se han forjado a sí mismos, con esfuerzo, con ilusión y con metas dibujadas más allá de su ombligo y de una parcela de poder que parece otorgar patente de corso.
La rebeldía no está bien vista en el s. XXI, tampoco la de Luis Enrique
“No necesito jugar una final para recordar a mi hija”
Ni siquiera la de santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz; por eso nos llega su versión más barroca, la que les ha convertido en tallas de madera estáticas y hieráticas o, peor, en un cráneo venerado y paseado por muchos que desconocen la prosa de las “Moradas” y el verso del “Cántico”
Luis Enrique, primero como jugador y después como técnico, ha perseguido su sueño muy a pesar de las voces disonantes que ha tenido que soportar cuando sus proyectos parecían no tener futuro. Y con ello, con sus errores y sus maneras heterodoxas, quienes le conocen le dieron su confianza. Sabían a qué jugaba, aunque los resultados no acompañaran. Se salió de la línea oficial, sacrificó el juego sometido a una estrella por el juego de equipo en contra de todos los expertos. El tiempo, que da y quita razones, ha puesto a cada uno en su lugar.
Su imagen, alejada de formalismos, no encaja en una sociedad que busca referentes sumisos, resignados, arropados por unas siglas y mostrando siempre un perfil artificial en aras del beneficio propio por mucho que traten de convencernos de lo contrario. No queremos rebeldes, inconformistas, ciudadanos que puedan mover sillones y emborronar nóminas. La rebeldía no está bien vista en el s. XXI. Ni siquiera la de santa Teresa de Jesús o san Juan de la Cruz; por eso nos llega su versión más barroca, la que les ha convertido en tallas de madera estáticas y hieráticas o, peor, en un cráneo venerado y paseado por muchos que desconocen la prosa de las “Moradas” y el verso del “Cántico”.
Equipo, familia, sueños… valores.
El asturiano ayer disfrutó de ese momento que llega tras el esfuerzo, la constancia y el atrevimiento. La vida es para los valientes. Y aunque todos teníamos a Xana en nuestra mente, cuestión de principios, nos lo dejó muy claro: “No necesito jugar una final para recordar a mi hija”.
Javier S. Sánchez




