
MIGUEL ANGEL GUADILLA
Lo que hoy es la Plaza del Poniente, no era más que un paraje atravesado por el ramal norte de la Esgueva hasta llegar a su desembocadura en el Pisuerga.

A la altura de la actual esquina de San Benito con la actual plaza de la Rinconada había un puente y junto a él, hubo unos molinos de moler que fueron derribados en 1563 por molestar a la población y por retener las aguas de la Esgueva en las crecidas. Por estos molinos se llamó «Calle de los Molinos» a la que iba desde la calle San Lorenzo hasta el Caballo de Troya, hoy Correos. Curiosamente hoy se ha recuperado el nombre de esta calle para la que va desde la Plaza de la Rinconada hasta la Plaza del Poniente.
Otro puente sobre la Esgueva hubo cerca de la esquina actual con San Lorenzo, el llamado de La Cárcel, llamado así por estar en la calle hoy de San Lorenzo la Cárcel de Galera, en el edificio que había sido Real Casa de la Moneda.
Pasaron los años y a las orillas de la Esgueva se hizo un soto; poco a poco, se fue estrechando el cauce hasta llegar el momento en que se cubrió y quedó allí una amplia explanada, a la que el Ayuntamiento, el 10 de abril de 1863 acordó llamarla «la explanada del antiguo soto de S. Benito, Plazuela del Poniente», lo de Poniente, sencillamente por estar orientada hacia ese viento de la ciudad.
En el siglo XX, cuando ya el Prado de la Magdalena se había abandonado como lugar de esparcimiento, lo que fue el Espolón Viejo y el Nuevo que iban desde el Puente Mayor hasta la plaza de Tenerías habían sido transformados, y Las Moreras todavía no eran los que es hoy, la ciudad solo contaba con un parque público que era el Campo Grande y el Ayuntamiento decidió hacer en esta explanada un jardín.
El parque central de la Plaza del Poniente se inauguró el 15 de julio de 1933, habiendo sufrido desde entonces dos grandes remodelaciones, una en 1981 y otra en 1998.

Lugar siempre agradable para sentarse en uno de sus bancos a la sombra de los grandes árboles que hoy le pueblan, pero de siempre, enfocado al público infantil con juegos para ellos, y aquellas pequeñas estatuas en sus pedestales que muchos recordamos, como Pipo y Pipa, Pinocho, etc., y que eran parada obligatoria para verlas de cerca al entrar en el parque.

La fisonomía de la plaza fue cambiando, sustituyendo los antiguos edificios de baja altura por altos edificios de viviendas, la construcción del Instituto Núñez de Arce, ampliación de aceras, cambios en el sentido del tráfico, etc., etc.

Muchos recordaran la churrería, que no sé si era La Montañesa o La Montañesuca, situada en la esquina con el Paseo Isabel la Católica, frente a la entrada del actual Instituto Núñez de Arce, o los antiguos bares de tapas cerca de la calle San Lorenzo, que hacían las delicias de los vallisoletanos, y como no, aquella caseta pintada a franjas que era la biblioteca pública.

A finales del siglo XX se colocaron esculturas como el «Monumento a Rosa Chacel» de Luis Santiago Pardo en 1996 o dentro del propio parque «Jorge Guillén y la infancia» también de Luis Santiago en 1998, esta última desmontada para dejar sitio para la carpa con los puestos del Mercado del Val mientras duró su reciente remodelación, y que de nuevo está en su sitio.
Fuentes consultadas:
«Las Calles de Valladolid» de Juan Agapito Revilla, edición facsímil editada por Grupo Pinciano
«El Norte de Castilla»
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