Desde Hinojosa de Duero….a América. Así nos lo vendieron y, aunque no llegáramos tan lejos, el periplo no defraudó. Hubo que madrugar, eso sí, pero a las 09:40 ya estábamos en Hinojosa de Duero (Salamanca), el único pueblo salmantino apellidado “de Duero” en un magnífico amanecer y con el tiempo suficiente para tomar un café.

Mapa aproximado del recorrido; en barco color azul, resto en autobús
Es esta ocasión fuimos acompañados de nuestros buenos amigos Antonia y Pencho, es decir: armonía, buena conversación y diversión garantizada.
Allí nos esperaba nuestro guía y alcalde de Hinojosa de Duero, Jose. También un buen número de animados parroquianos del entorno apuntados también a la excursión además del autobús que nos acercaría al puerto fluvial de Vega Terrón en La Fregeneda. Un curioso y desconocido lugar donde el Águeda se entrega al Duero, y éste se nos escapa hacía Portugal. Coincide con el punto más bajo de la comunidad autónoma (135 msnm de altitud) y es implícitamente nuestra única salida al mar a través del Douro, navegable hasta este punto desde Oporto.

La tripulación en guardia
Si a todo esto unimos el trabajo de alguien emprendedor y con imaginación, capaz de ir a Pontevedra y traerse un bonito barco marinero, como son nuestros amigos de dueroemocion, se crea la interesante propuesta que iremos contando.
Por el Alto Douro Vinhateiro
Nuestro barco, el Villa de Meira, parecía poca cosa ante el par de presuntuosos cruceros de 80 m. de eslora atracados en el muelle. Sin embargo, un barco que en su juventud se había curtido en las fuertes marejadas gallegas, ahora casi jubilado, es toda una garantía para navegar por el manso río sin necesidad ya de bruscos pantocazos.

Jardines en las riberas
Al pasar Barca d’Alba nos olvidamos del barco impresionados por las laderas del valle y el mismo río. Ahora, entre la suave luz matinal del otoño, los cuidados bancales de viñedos se sucedían a ambos lados salpicados de olivos, almendros, naranjos, limoneros e higueras. De no ser por la presencia de algún eucalipto disperso pensaríamos, más bien, que estamos en alguna isla mediterránea.
El río, aunque sabemos que represado, discurría ancho y limpio. No presentaba señales de languidez en cuanto a su caudal (parece que los tratados entre países funcionan en cuanto a ríos se refiere). La abundante fauna se manifestaba con descaro; observamos cormoranes, garzas, azulones y alguna rapaz. También peces saltarines que nos parecieron barbos.
Un ferrocarril abandonado
Además de la naturaleza imponente, la señal que el hombre ha ido dejado por los siglos también se manifestaba constantemente. Sugerentes instalaciones ferroviarias abandonadas, quintas, bodegas, palomares y ermitas armonizaban sobre las cuidadas laderas. Y, ¿cómo no?, también en leyendas intangibles, como la de amor y aventura del británico barón de Forrester cuyo cadáver aun se busca por el Douro, según nos contaba Jose.

Entrañable ferrocarril
Entre lo mencionado anteriormente, los restos del ferrocarril internacional que unía Pocinho con La Fuente de San Esteban (Salamanca) son sobrecogedores. Esta línea tiene una historia interesantísima que merece estudiar aparte. Aquí nos quedamos con la impresionante sucesión de túneles, viaductos y puentes que festonean el río casi a nivel, pero que su altura original debió de ser considerable antes de ser embalsado. Las azulejadas estaciones portuguesas, ahora abandonadas, rememoran otros tiempos. Aquellos en en los que en la Península Ibérica había más corredores de interés además del «corredor mediterráneo». La parte española, al menos ha sido declarada Bien de Interés Cultural. ¡Ojalá que sea para bien!

Pescadores del Douro
La esclusa de Pocinho
Así llegamos a la represa hidroeléctrica y esclusa de Pocinho. Nada menos que 25 m de desnivel son necesarios salvar. La verdad es que no te das cuenta. El gran vaso de casi 90 m de longitud por 12 m de anchura se vacía con rapidez a medida que los muros de hormigón “crecen” sobre el barco cuando este desciende. No deja de ser una curiosa y relajada experiencia por lo escaso de estas infraestructuras por nuestra tierra.

La esclusa de Pocinho
A partir de aquí la actividad humana relacionada con el río es más evidente. Los embarcaderos se suceden y la pesca es una actividad habitual, incluso vimos tirar redes desde pequeñas embarcaciones.

Embarcadero en Foz do Sabor
Poco más abajo el río se retuerce en un cerrado meandro en el que el río de Tras os Montes, el Sabor, se enfrenta al Douro a «contrapelo», con un ángulo imposible. Allí arribamos al embarcadero de la freguesía de Foz do Rio Sabor (desembocadura del Sabor) donde nos apeamos en un hermoso paraje con playa fluvial incluida después de haber recorrido unos 35 kilómetros por el río.
Como ya hemos contado abandonamos el barco en la hermosa playa de Foz do Sabor. Habíamos disfrutado del río a ras de las aguas; ahora tocaba trepar a los montes y contemplarlo como una larga pincelada plateada.

Playa fluvial en Foz do Sabor
Los altos miradores, Museo del Côa.
Tras atracar en el animado pantalán lleno de pescadores, de nuevo al autobús. Disfrutamos de un breve y serpenteante recorrido panorámico desde el río Sabor al Côa. Una vez en Vila Nova de Foz Côa subimos hasta su museo arqueológico, imponente en lo alto del monte. Desde allí la panorámica des ríos Douro y Côa era magnífica. Tanto como el almuerzo que disfrutamos, con un estupendo bacalhau (no podía faltar) y otras exquisiteces; regadas —quizás demasiado— con buen vinho.

Desde el museo de Vila Nova
Nos encontramos en un paraje declarado “Patrimonio de la Humanidad”. El motivo: nada menos que el de poseer la colección de arte rupestre al aire libre más numerosa que se ha hallado y que “milagrosamente” se ha salvado. En realidad hubo un proyecto de embalse que, de realizarse, lo hubiera inundado en su mayor parte.
Resulta curioso que dentro de este conjunto arqueológico, declarado Patrimonio de la Humanidad como ya hemos comentado, se encuentre incluida la zona arqueológica paleolítica de Siega Verde a lo largo del río Águeda, en territorio salmantino.

Cuidados majuelos
Castelo Rodrigo
Despachados a gusto en el restaurante del museo y asombrados con las amplias vistas desde lo alto del valle, seguimos la ruta hasta Castelo Rodrigo. Algunos de nuestros compañeros de viaje, de afinadas y coordinadas voces, animaron los trayectos en autobús con cánticos tradicionales que hacía lustros que no escuchábamos.
Nos encontramos ante una de las doce Aldeas Históricas que tiene declaradas Portugal como atractivo turístico. Un cuidado pueblo medieval lleno de encanto y de historia, una historia que resultó que también era la nuestra en aquellos tiempos de las batallas. Desde lo alto del cerro y tras sus murallas sorprenden las vistas de la Sierra de la Marofa.

«Adega» en Figueira do Castelo Rodrigo
Finalizamos abajo del cerro, en Figueira de Castelo Rodrigo y concretamente en su bodega cooperativa de la denominación Beira Interior. Allí nos obsequiaron con una interesante cata a cargo de Antonio, el enólogo de la bodega. Agradecimos el esmero hablando nuestro idioma para contarnos todo lo que había que saber sobre tourigas nacionales tintas y malvasías y sirias blancas; allí plantadas desde, al menos, la época del Cister. Se habló lógicamente de frutos rojos, de vainillas y hasta de maracuyá…. A mi simplemente me parecieron —me olieron y supieron— a muy buenos vinos.
En la etiqueta de sus botellas reza:
«Habiendo tomado parte por Castilla en la crisis de 1383-1385, el rey Joao I castigó a Castelo Rodrigo ordenando que en su escudo figuraran sus armas reales boca abajo»

Antiguo escudo de Castelo Rodrigo (wikipedia)
Y así lo han lucido durante siglos. Aunque parece ser que la República los perdonó (y su escudo es otro y al derecho) parecen expresar esta curiosidad con cierto orgullo.
En una hora escasa,
Ya de noche, traspasamos la frontera que ya no existe. Regresamos a Hinojosa de Duero con la sensación de que, tanto en esta parte de España como en la de Portugal, era mucho lo que aún teníamos que ver.

Unos que pasaban por allí…
Al montar en nuestro coche y escuchar las noticias de España, estas eran inquietantes y desazonadoras.
Cómo celebramos el poder vivir en un lugar donde las fronteras están tan difuminadas que casi desaparecen, en contraste con otros donde la mentira, la insolidaridad y la traición construyen murallas de nuevo cuño.





