La tumba de Neruda

En los años setenta, a falta de móviles, nos llegaban noticias frescas de Chile a través de compañeros que se encontraban de misión en el país andino. Dibujamos de memoria su mapa, distinguimos al huemul y al cóndor entre toda la fauna autóctona y coloreamos “La estrella solitaria” que identifica a la nación como única. Única, dice Benjamín Vicuña, porque es lo que el Sol de Mayo al Plata, lo que el Elefante Blanco al Reino de Siam, lo que la Cruz de Malta es a dicha ínsula, lo que la Media Luna al Turco, lo que el Sol Naciente es a Japón”.

Sin embargo, traspasamos los símbolos y llegamos a identificarnos con esa lejana tierra que se extiende desde la cordillera hasta el Pacífico, bañándose en playas como Valparaíso o Viña del Mar, topónimos que por sí mismos nos permiten ensoñar con paisajes asombrosos. Y también conocimos la miseria que abarcaba esta enorme franja gracias a unos heraldos entregados al evangelio cuando ya había fructificado en la América del Sur la teología de la liberación.

En 1973, en la fatídica fecha del 11 de septiembre, la etapa de socialismo democrático había sido cercenada por el brutal golpe de Augusto Pinochet con el apoyo de Estados Unidos, abocando al suicidio al presidente Salvador Allende.

Todo esto lo conocimos en la adolescencia cuando en España agonizaba la dictadura de un sátrapa autócrata y sanguinario. Aquí cerrábamos una etapa en blanco y negro y Chile se cubría de un halo de tenebrosidad que alcanzaría hasta 1990. No dispongo de datos suficientes para afirmar cuál de las dos dictaduras fue más cruel y encarnizada. Ambos se pasaron por el forro los derechos humanos y cometieron todo tipo de atrocidades. Paradojas de la vida, aún no sabemos dónde se encuentran muchas de sus víctimas, mientras que ellos murieron plácidamente en la cama de un hospital.

A este período infernal siguieron los gobiernos de Aylwin, Frey y Lagos. Este último ya había optado en los años ochenta por recuperar la democracia. Los partidos que formaron la Concertación de Partidos por la Democracia gobernó la nación entre 1990 y 2010. Piñera y Bachelet se alternaron hasta 2022. Boric Font cerró esta etapa neoliberal con una presidencia que apoyó tanto a Ucrania como a la causa Palestina y defendió la soberanía de Argentina sobre las islas Malvinas. La subida del salario mínimo, la Ley del Trastorno del Espectro Autista, la reducción de la jornada laboral, la mejora del transporte ferroviario y el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (el tercer acuerdo comercial más grande del mundo) han sido algunos de sus logros más notorios.

El pasado día 14, los chilenos decidieron que su presidente sea José Antonio Kast, admirador – ¡cómo no! – de Trump y Meloni, y defensor de buena parte del legado de Pinochet. Sabemos que una de sus promesas de campaña es la construcción de vallas y muros de cinco metros de altura, seguramente copiado del modelo americano.

El presidente colombiano Gustavo Petro ha manifestado a este propósito: “El fascismo avanza, jamás le daré la mano a un nazi y a un hijo de nazi, tampoco; son la muerte en ser humano. Triste que Pinochet tuvo que imponerse a la fuerza, pero más triste ahora es que los pueblos elijan su Pinochet: elegidos o no, son hijos de Hitler y Hitler mata los pueblos”.

Algo estamos haciendo mal para que prediquen nuevos valores desde la ausencia de normas y de principios quienes sienten nostalgia de los regímenes que sometieron a muchos países. Valores que se limitan a gritar dos o tres consignas, y que pretenden hacer creer que ser patriota es llevar una bandera en la muñeca. Decía Anguita: “Tu gran nación cabe en una caja de zapatos”.

Algo hacemos mal si en lugar de avanzar, crear e innovar, sentimos nostalgia de regímenes felizmente superados en los que nadie, por mucho que lo pregonen, vivió en libertad.

Mientras aquí se borran los versos de Miguel Hernández, se intenta eliminar otra vez a Lorca y se censuran obras de teatro, en Chile se condena de nuevo a Víctor Jara, a su canto libre en “Te recuerdo Amanda” o “Plegaria a un labrador”. Petro también ha alertado de “cuidar la tumba de Neruda”. Muy revelador.

Javier S. Sánchez

Escritor

Nota de la Redacción: Revcyl no se responsabiliza ni se identifica, necesariamente, con las opiniones expresadas por sus colaboradores, limitándose a convertirse en canal transmisor de las mismas

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