Esquela de escuela

 

'La última escuela de Otones de Benjumea', Museo Pedagógico, Segovia (imagen Museo Pedagógico)
‘La última escuela de Otones de Benjumea’, Museo Pedagógico, Segovia (imagen Museo Pedagógico)

«Donde una puerta se cierra, otra se abre», nos recuerdan el palacio de los Dávila y El Quijote; también La Celestina: «Cuando una puerta se cierra, otra suele abrir la fortuna».

En 2013 asistí al cierre de la escuela de El Bohodón. Confieso que lloré. Lloré porque, más allá de un dato estadístico, cerrar una escuela es cerrar un pueblo, dar el último aldabonazo a un núcleo básico de este medio rural que tantos dicen defender. Pero…

Algunos objetos que se iban a tirar al contenedor me recuerdan de vez en cuando aquel momento tan triste, el instante justo en que se cierra la puerta de la única aula con la certeza de que nunca la volveremos a ver abierta. Desconozco si a esa sala se le ha dado algún uso. Unos pueblos han habilitado las escuelas vacías como bar; otros, como sede de una asociación cultural; otros, como lugar de encuentro de los mayores, y otros pusieron un candado que cuelga con desgana de una puerta por la que, no hace tanto, entraban los niños. Pena.

Todos los años asistimos a algunos cerrojazos que, como hachazos invisibles, golpean a esta Castilla que agoniza por momentos. Por eso, cuando atisbamos el aire fresco que va a orear una clase a punto de abrirse, aliviamos el pesimismo como se aliviaba con grises el luto en estos mismos pueblos. Preparamos el traje de fiesta y los cánticos para celebrar un acontecimiento cada vez más insólito.

Lo de Guisando, vodevil con tintes surrealistas, ha venido a mostrarnos la debilidad de las aulas unitarias, por mucho que esperen, como el arpa de Bécquer, la mano que las abra y permita entrar el viento de Gredos. Pifia.

¡Cuántas veces escuché aquello de la «reorganización de los CRA»! Ahora que el mapa me aparece deslavazado, estaría bien tirar de lápiz y cartabón y elaborar un diseño más sensato, olvidando, por fin, la absurda limitación de las fronteras provinciales. Posiblemente no haya nada que separe más que las fronteras y las banderas.

A vista de pájaro, el mapa escolar rural es una sucesión de colegios menguantes que agrupan a alumnos de varios niveles y donde la soledad del tutor no invita a muchas alegrías. Las fiestas de guardar en los colegios y las prescriptivas reuniones del claustro le sacan de ese retiro indeseado, en el que se coordina consigo mismo y en el que ha de tomar decisiones sobre el devenir diario.

Los datos no acompañan. El informe PISA de 2026 (Evaluación 2025) nos deja a los pies de los caballos con un resultado histórico, de aciago. Progresan adecuadamente los países asiáticos —¡Japón es un puntazo!, valga la broma—, mientras aquí miramos más a las pantallas que a los libros de lectura; en matemáticas nos salen los peores números de la historia y la ciencia, por debajo de la «competencia». Con estos bueyes hay que arar mientras, si son galgos o son podencos, decidimos si las nuevas tecnologías ayudan o distraen y si las competencias ayudan o entretienen. Pésimo.

Negro panorama para nuestra educación, a la espera de una nueva ley más engorrosa para los docentes y menos útil para todos; a la espera también de que «la tribu» decida colaborar en la educación de las próximas generaciones porque quizá no sea buena idea sentarse los cuatro de familia en un restaurante, cada uno mirando su móvil. Y es que, cuando hablamos de desaprender, no nos referimos a que el alumno olvide en la costa lo aprendido en el interior.

A ver si el próximo curso y el próximo PISA nos sacan de la necrológica y nos sorprenden con más escuela y menos esquela.

 

Colegio rural cerrado por falta de alumnos, Acebes del Páramo, León (imagen publicada en ileon.com)
Colegio rural cerrado por falta de alumnos, Acebes del Páramo, León (imagen publicada en ileon.com)

Javier S. Sánchez

Escritor

Compártelo:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

17 − uno =

Scroll al inicio