
Desde que se recorrió mi tío Alfredo su último pueblo de las Rutas de Delibes… han pasado ya 19 meses. Y es que no se puede estar en misa y repicando. A ciertas edades, cualquier gripe, cualquier visita rutinaria al médico… te deja en cama por unos meses. Tirando por lo bajo, te obligan a no salir de casa durante una temporada. Y de aquellas dolencias de viejo, un día mi tío Alfredo habló con su mujer, Isidora, y le soltó la posibilidad de irse los dos a una residencia. Dicho y hecho, previa reunión con sus cuatro hijos. Pero lo curioso es que ninguno de los dos quería buscar una residencia en Madrid, donde habían vivido los últimos 50 años. Les ilusionaba mucho más volver a su pueblo, Castrillo Tejeriego, pero como allí no hay residencias, visitaron la más próxima, en Villabáñez. Y, una vez convencidos y asentados en la residencia, mi tío Alfredo retomó estas Rutas de Delibes que, antes de todos estos cambios, tenía casi acabadas.
Nueve pueblos le faltan, nueve pueblos no son nada: Tordesillas, Tordehumos, Villabrágima, Rábano, Torre de Peñafiel, Peñafiel, Pedrosa del Rey, Serrada y Villamarciel. La verdad es que en este último tramo de su vida, Alfredo pone el máximo empeño en estos viajes de un día por los pueblos de las Rutas de Delibes.
La excursión de Alfredo que cuento en estas líneas sucedió a últimos de junio de este 2019. Adaptados ya a la residencia de la 3ª edad de Villabáñez, en la provincia de Valladolid, Alfredo e Isidora esperaron pacientemente a que los recogiese su sobrino Afrodisio para visitar Tordesillas. Un viaje corto, de algo más de media hora, les acercó a la oficina de turismo. Allí pidieron el folleto de las rutas y se acercaron a pie a ver la D de 900 kilos de piedra que conmemora el paso de las rutas por el pueblo. Esta vez leyó Isidora la placa: “Evocamos los tiempos remotos de Tordesillas. Entonces todo el monte era orégano”. Alfredo, Isidora y Afrodisio se quedaron contemplando el valle del Duero desde la posición de altura privilegiada en la que han colocado el monolito. Todavía quedaban por allí algunos carteles de las pasadas elecciones municipales, vota a tal, vota a cual, y justo debajo, tres ancianos charlaban de sus cosas de siempre sentados en el mismo banco de siempre bajo la misma sombra de siempre. “Lo mismito que cuando el señor Cayo”, le dijo Alfredo a Isidora. Porque Alfredo no solo se había leído los libros de Delibes de arriba abajo. También tenía conocimiento de varios estudios sobre el escritor. El otro día, cuando quedé con mi tío Alfredo para que me contara esta excursión, me entregó el texto de Delibes en el que revela cómo se fraguó su famosa novela de El disputado voto del señor Cayo. Y decía Delibes así: “Después de la fiesta electoral vivida en junio de 1977, me fui diez días a Sedano y me encontré allí y en los pueblos limítrofes a los viejos habitantes sentados junto a carteles de propaganda: vota a tal, vota a cual… Aquello puso en marcha la novela”.
A escasos metros del monolito, me decía Alfredo que visitaron las Casas del Tratado (ese que dividió en paz y armonía las tierras americanas para España y Portugal) y se hicieron unas fotos junto a la estatua de Isabel la Católica. Continuando con el paseo bordearon el convento de Santa Clara y la Plaza Mayor. Habían dado ya las 12 y media cuando cogieron el coche y bajaron por lo que antes era la carretera de La Coruña hasta el río Duero. Recorrieron el puente despacito, con el coche en 2ª, para saborear las vistas a ambos lados del río y se encaminaron al Parador, que se encuentra en medio de un pinar precioso, de los puramente vallisoletanos. ¡Qué aperitivo en el jardín bajo la sombra de un toldo! En la mesa contigua, alguien con aspecto de alcalde de pueblo, tal que el Justito, el alcalde de Las ratas, discutía con otros señores sobre el presupuesto de la piscina municipal, los plazos y otras burocracias. Si el problema del Justito era que el tío Ratero se empeñaba en seguir viviendo en una cueva, la desazón de este alcalde de pueblo del siglo XXI venía más por los plazos de entrega de la obra que por el montante total de la piscina, aunque él pusiera más ardor en lo de los dineros.
Después de todo lo que me ha contado mi tío Alfredo, ese momento del aperitivo fue lo mejor, al salir en su conversación la conquista de América y el famoso Tratado de Tordesillas. Y ya la cosa derivó a los aciertos y virtudes de Isabel la Católica cuando… dieron las 14:30 y pasaron a comer. En este punto quiero transcribir literalmente lo que mi tío me escribió. Él, que sabe que voy contando en estos artículos sus paseos por los pueblos de las rutas, anotó en un papel lo que ponía exactamente en la carta y habían pedido para comer. Isidora únicamente unas chuletas de cordero recental con patatas y pimientos. Alfredo bacalao al ajoarriero con cremoso y boletos confitados y Afrodisio se atrevió con un 1º y un 2º: tosta de lomo de sardina marinada con tomate y queso de cabra y cochinillo de Segovia marca de garantía asado con patata panadera y ensalada. Solo Alfredo se atrevió con el postre: arroz con leche. Lleva probados muchos, toda una vida, en distintos restaurantes, pero ninguno le sabe tan rico y cremoso como los que le hacía en casa su mujer, Isidora.
En los salones del Parador, Alfredo e Isidora echaron una cabezada mientras Afrodisio se leía El Norte de Castilla que había cogido de recepción. Ya vuelta, mi tío Alfredo contó, una vez más, que el libro de Delibes de El último coto, surge básicamente de las cazatas de Delibes y cuadrilla en el coto El Bibre, que es casi todo lo que se ve a mano derecha durante varios kilómetros según va uno por la A6 desde Tordesillas hacia Galicia.
Tordesillas ha sido la primera salida de mis tíos desde que están en la residencia. Y no tienen pensado hacer otras que no sean las de la Rutas de Delibes, ya determinados los dos a terminarlas antes de que el invierno de la vida venga de lleno y les impida salir.
Les quedan solamente ocho pueblos para terminarlas. Están para estos trotes, no para más. Alguna visita al pueblo para la fiesta y estas salidas a los últimos pueblos de las rutas. Que Dios les conserve la salud suficiente para acabarlas con buen pie.




