Castilla y León restaura el Hospital Simón Ruiz de Medina del Campo (Valladolid) gracias a la suma de esfuerzos de las instituciones responsables

 

Las obras de restauración y conservación que la Consejería de Cultura y Turismo está llevando a cabo en el Hospital Simón Ruiz, en colaboración con el Ayuntamiento de Medina del Campo y de la Fundación Simón Ruiz, concluirán en los próximos días, constituyendo un ejemplo de concertación institucional. El futuro de este BIC coindice con la estrategia de nuevos usos culturales del patrimonio de la Consejería, al plantearse como punto de referencia y desarrollo económico de la zona.

El consejero de Cultura y Turismo, Javier Ortega Álvarez, ha visitado las obras del Hospital Simón Ruiz, acompañado del alcalde de Medina del Campo, Guzmán Gómez. Declarado Bien de Interés Cultural en 1991, el Hospital ha sido objeto de una serie de intervenciones que comenzaron el pasado año y que concluirán en los próximos días, fruto de la colaboración de la Junta de Castilla y León, el Ayuntamiento de Medina del Campo y la Fundación Simón Ruiz, que cuenta además con la aportación del programa 1,5% cultural del Ministerio de Fomento. El consejero ha señalado que todos los agentes implicados se han coordinado para articular la actuación en el interior de la iglesia y la restauración de las cubiertas, con objeto de que este bien constituya un punto de referencia y motor de desarrollo económico de la zona.

Para la Consejería es “imprescindible” impulsar y liderar la coordinación de esfuerzos de las instituciones que trabajan en el territorio para favorecer su desarrollo. Precisamente, uno de los retos para esta Legislatura es la puesta en valor del patrimonio cultural de la Comunidad como factor de desarrollo, fomentando la colaboración público-privada, en el ámbito de la conservación y promoción del mismo. En este sentido, Ortega Álvarez ha asegurado que “el cuidado del patrimonio cultural es responsabilidad de todos y entre todos debemos buscar fórmulas de concertación institucional, priorizando la sostenibilidad de la gestión y el impacto social de cada una de las inversiones que acometamos en la conservación de los bienes culturales y buscando nuevos usos culturales para el patrimonio”.

La Consejería considera que este bien es un ejemplo de su estrategia en materia patrimonial, al  plantearse el uso para el antiguo hospital general, como centro de dinamización económica que aúne servicios de formación, promoción e innovación para las empresas y como generador de empleo y emprendimiento.

Obras de conservación

Este edificio, fundado por el banquero Simón Ruiz Envito, su gran mecenas, fue construido entre 1591 y 1619 con el fin de refundir los numerosos albergues y hospitales que por entonces había en la villa. Se trata de una construcción de ladrillo y piedra, de planta cuadrangular, cerrado, plano y rotundo urbanísticamente, concebido como un convento, con un gran patio central cuadrado con dobles galerías de nueve arcos de medio punto sobre pilares cuadrados y la iglesia en un extremo. La figura de este personaje y su trayectoria se puso en valor en 2017 con la protección y difusión del Archivo documental de Simón Ruiz, que se declaró Bien de Interés Cultural por constituir un conjunto documental único en su género en España, clave para entender las actividades comerciales, la banca y los canjes de letras de cambio en la Europa de la segunda mitad del siglo XVI y primer tercio del siglo XVII.

Las obras de conservación y restauración del Hospital iniciadas el pasado año se centran en la estructura principal, al presentar problemas de entrada de agua, lo que estaba ocasionando el deterioro de algunos elementos. Por ello, la Consejería de Cultura y Turismo concedió a la Fundación Simón Ruiz una subvención de 500.000 euros, con el fin de restaurar la cubierta de la iglesia y el ala nororiental del Hospital. A estas obras se unen las que está llevando a cabo la Fundación, con la ayuda del programa del 1,5 % cultural del Ministerio de Fomento, para restaurar el interior de la iglesia.

 

Algunos datos históricos sobre el Hospital y su fundador, Simón Ruiz

N. Se ejercitaba la hospitalidad en Medina con prodigalidad tan desmedida que resulta perjudicial, pues al socaire de virtud tan excelsa y a costa de los pobres enfermos se creaban no pocos sanos un fácil bienestar. Nada menos que trece hospitales, sin contar el de la Piedad o de Barrientos, existían anteriormente a la fundación de éste: el de Santa María del Castillo, el de la Trinidad, el de los Palmeros, el de las Budas, los de San Lázaro el Pobre y San Lázaro de los Caballeros, el de San Pedro de los Arcos, el de San Blas, el de San Andrés, el del Amparo, el de San Felipe y Santiago, el de San Antón y el de Quintanilla; todos como órganos de sus respectivas cofradías y cada uno con su administración independiente, su hospitalero y sus servidores que, aún siendo personas caritativas, absorberían la mayor parte de las rentas sin eficaz rendimiento en la asistencia de los enfermos. De alguno consta documentalmente (V. 17 N. c.). Cosa análoga debía ocurrir en toda España, por cuanto las Cortes del Reino pidieron su reducción, y al tratarse de Medina de llevarlo a cabo, examinaron al abad y el Ayuntamiento las rentas y funcionamiento de cada uno, resolviendo que todos se unieran e incorporaran con sus nombres, títulos, advocaciones y rentas a un Hospital General, donde se curaran toda suerte de enfermedades, y entre tanto que se levantaba el nuevo edificio porque los existentes eran inadecuados, señalaron el de la Trinidad (24 R) para calenturas y heridas, el de las Budas (23 R. c) para este mal y los contagiosos, y el de Santa María del Castillo o de Nuestra Señora de la Merced (2 R) para los peregrinos, con dirección y administración únicas. entonces fue cuando la Providencia suscitó un alma grande que vino a poner en ejecución el santo ideal acariciado. Fue:

a) SIMON RUIZ ENVITO, natural de Belorado (a mi solo se me deben treinta mil ducados que tengo de cobrar aquí de los cambios». En 1564 figura ya como regidor, interviniendo en tal concepto, como su hermano Pedro que también lo era, en asuntos concernientes a ferias y a beneficencia. El 5 de septiembre de 1592 renunció este oficio en favor de su sobrino Vítores, y en la sesión consistorial del 6 de abril del año anterior había expuesto el deseo que abrigaba de fundar un hospital, pidiendo el nombramiento de un comisario que con el abad y el corregidor estipularan las condiciones, a base de merecer su confirmación por Bula Pontificia. Fruto de tales deliberaciones fue la Concordia pactada que mereció ser confrimada por Cédula Real de 23 de abril de 1592. En ella y más claramente en el testamento otorgado en 1 de abril de 1596, se refleja la grandeza de alma de aquel opulento hombre de negocios que, contra el tipo usualmente corriente, ahora más que entonces, puso sobre todos los transcendentalismos negocio de la salvación de su alma, dedicando gran parte de sus ganancias, por amor del prójimo, a una obra de tal espiritualidad y beneficencia. Instituyó también dos mayorazgos para sus dos sobrinos, Vítores y Cosme Ruiz Envito, concediendo al primero, como principal, el patronato del hospital, con el derecho exclusivo de nombrar por sí solo los capellanes, administrador y oficiales, pero obligándole, así como a sus sucesores, a seguir domiciliados en Medina y a vivir precisamente en sus casas de junto a San Facundo, en cuya conservación y mejora había de gastar anualmente un mímino de cien ducados, e impuso a los dos mayorazgos sendas cargas y gravámenes en pro de los enfermos de su hospital. Análoga cláusula prescribió para su viuda, de segundo matrimonio, Dª Mariana de Paz, «que es muy principal y muy buena y yo la amo y he amado mucho por sus muchas virtudes y merecimientos… que viva en la villa de Medina del Campo, sin que pueda salir más que dos meses cada año fuera de la dicha villa». Se sobrepuso pues, en Simón Ruiz la pasión que sentía por Medina al amor san sincero que profesaba a su esposa, a quien, por otra parte, rindiendo tributo a la humana debilidad, prohíbe pasar a ulteriores nupcias.

Todavía se acordó de su hospital en el codicilo que hizo el 26 de febrero de 1597, tres días antes de su muerte, y aunque declaró en él que por decreto del Rey Felipe II, posterior al otorgamiento del testamento habían menguado mucho sus bienes, mandó «que de mis bienes se den cuatro mil ducados para acabar la obra del hospital,demás y allende de lo que yo dejo mandado, dispuesto y ordenado que se guste…; que se cobren mil y pico ducados de ciertos deudores con el mismo destino; que lo más pronto que ser puedase acabe la iglesia y la sacristía, y mando que todo lo que de mí adelante se hiciere se a parecer de Dª. Mariana mi mujer y de Fr. Antonio de Sosa, a los cuales pido y encargo mucho que con parecer de buenos oficios, procures se excusen gastos y obras no necesarias, pues Dios ha sido servidoque el decreto me haya moderado el ánimo y hacienda para hacer cosas que se pueden excusar, y así quiero y mando no se haga la obra conforme a la traza del hermano Juan de Tolosa, de la Compañía de Jesús…». Su defunción se registró en el libro correspondiente de difuntos de San Facundo con estas palabras: «El primero de marzo de este año de noventa y siete murió Simón Ruiz, feligrés desta iglesia; depositóse en la capilla mayor; mandó decir una misa cantada con diáconos por un año entero; mandó para ello ciento cincuenta ducados; y más ducientas misas rezadas; y por verdad lo firmé de mi nombre, Juan García Girón». Este Girón fue el primer capellán administrador del hospital.

N. En 30 de octubre de 1581, a la muerte del abad Sr. Antolínez, fue elegido vicario capitular, sede vacante, por 29 garbanzos contra 13 altramuces –modo de verificar la elección entre los dos candidatos– el licenciado Vítores Ruiz Envito, beneficiado de Santiago el Real desde el año 1577 y tío del mismo Simón, conforme a una alusión que le hace en el testamento. Por tanto, la familia Ruiz Envito, aunque no originaria, se connaturalizó en Medina y le dispensaron todas sus preferencias. La desbandada comenzó después de su muerte y contraviniendo su expreso deseo; acaso motivada y legitimada por la gran decadencia sobrevenida.

b) Alguien que se impresione por las cuantiosas sumas de ducados que baraja Ossorio al hablar de Simón Ruiz, puede, acaso, juzgar que dedicó a su hospital las migajas de Epulón, pero leyendo los documentos citados no puede uno menos de enamorarse de su alma compasiva y generosa. Por eso prefiero entresacar de tales documentos ideas y propósitos que definen cabalmente tan hermosa obra. Dice la Concordia:

«Habiendo venido a noticia del dicho Simón Ruiz que para hacer las más obras de hospitalidad al presente en esta villa no hay casas suficientes, ni rentas para ello, movido por servicio de Dios Nuestro Señor y bien y utilidad de sus pobres, acordó de fundar en esta villa un hospital y capilla donde se recojan todos los enfermos y peregrinos y gastar en el edificio de dicho hospital y capilla diez mil ducados, y dejar a dicho hospital mil ducados de buena renta en cada un año. Los dicho Concejo, Justicia y Regimiento de esta villa dijeron que daban al dicho Simón Ruiz el ejido (campo erial dedicado a desgranar mieses) que está fuera de la puerta de Salamanca, para que de él pueda tomar elsitio que fuera necesario para fundar la capilla, sacristía, cementerio y hospital con cuartos distintos y apartados para que con comodidad puedan ser curados todos los enfermos de todas las vigas y maderas que, sin damnificarse conocidamente los pinares de esta villa, se le puedan dar para el dicho efecto…; que asimismo dan permiso para que puedan sacar en los términos de esta villa y jurisdicción de los baldíos, toda la piedra que fuera necesaria para la dicha fábrica y para hacer toda la cal y yeso que fuera mecesario…; que el dicho hospital se ha de intitular Hospital General porque en él se han de curar de todo género de enfermedades y heridas y llagas, recoger desamparados y peregrinos y males contagiosos, y ha de tener por advocación a Nuestra Señora de la Concepción y el glorioso San Diego de Alcalá, por haber sido este santo devotísimo de la Purísima Concepción y ser santo español…; que dicho abad, Justicia y Regimiento suprimían el Hospital General de la Santísima Trinidad que al presente es y unían a Nuestra Señora de la Concepción y San Diego todos los bienes y haciendas, así muebles como raíces…, y porque esta villa siempre ha tenido por cosa justa y caridad conveniente acudir con limosna de treinta cargas de trigo en cada año al hospital de las Budas, y con veinticuatro cargas de trigo al del Amparo… y quedando unidos estos dichos hospitales al Hospital General que ahora se funda…, concedían a éste cincuenta cargas de trigo en cada año para siempre jamás… Que asimismo se obliga a dar veinticuatro carretadas de leña en cada año perpetuamente de los montes y pinares de esta villa… Asimismo el dicho Simón Ruiz se obliga a dar todos los ornamentos, vasos sagrados, libros y todo lo necesario al servicio de la iglesia… y se obliga a invertir hasta trescientos ducados en camas, colchones… y otra cualquier ropa para que los pobres sean bien curados y los desamparados y peregrinos bien hospedados, y los sirvientes y ministros bien acomodados…; que los pobres que se hayan de curar sean los de toda la cristiandad, que la caridad a todos abraza y a nadie excluye…; que ninguno se reciba a curar que no se confiese primero, y que una vez cuarado de bubas y por vicios volviese a enfermar, será postrero, pues recibió la caridad para no volver a ofender a Dios…; que de los enfermos de heridas y de calenturas solo se han de recibir los pobres que no pudieran ser curados en el hospital del Obispo, porque tiene este hospital dotación particular para curar cómodamente buen número de pobres, así de heridas como de calenturas…; que el administrador provea cómo de noche anden por las calles con linternas a buscar los pobres y los enfermos y loslleven al dicho hospital, y un día y una noche se les dará cama y comida y abrigo caritativamente, como pobres del Señor, no siendo vagabundos que se finjan desamparador, que a los tales han de obligar a que trabajen o se vayan del lugar, porque de esto se hacen ladrones y mujeres perdidas… Se llegaren a peligro de morir los enfermos que tuviere hacienda, se ha de procurar que hagan testamento y mande algo al hospital graciosamente, sin importunarlos ni mostrar codicia, porque el hospital ha de ser cosa de caridad y nadie ha de recibir que tenga hacienda para curar, si no es pagándolo moderadamente, para que no gasten lo que es de los pobres…: que se gaste cada año noventa y cinco mil maravedises en salario de tres sacerdotes, de los cuales uno ha de servir de administrador general, otro de confesor y administrador de lo necesario a las almas de los pobres enfermos, y el otro guarda y disponedor del servicio de lasacristía, dándoles de comer y aposento, servicio meditó y botica…; que en el nombramiento del administrador ni en la administración de las rentas y dineros, no se pueda entrometer nuestro muy Santo Padre, ni Su Majestad, ni ningún Obispo, persona alguna de cualquier calidad o preeminencia que sea… porque es voluntad de dicho Simón Ruiz que el hospital se considere como su propia casa y en ella viviendo recibirá a los pobres y gastará en ellos sus rentas…, que todos los oficiales han de obeceder en todo al administrador, y el que no le obedeciere, sin remisión ha de ser despedido, porque el hospital ha de ser casa de concierto y de paz y no puede haber esto donde no se obedeciere por amor de Dios…; que el administrador ha de visitar dos veces cada día a los pobres con un médico y un cirujano que tendrá asalariados el hospital visitándolos a la hora que más conviniere a su salud…; que dos veces al año el administrador dará cuenta de la administración al abad, regidor y patrón, y éstos ordenarán por votos lo que fuere necesario añadir o quitar o mudar, pero al tomar las dichas cuentas por ningún título podrán llevar de los bienes del hospital estipendio alguno de dinero, comida ni colación alguna, sino que esperen lo que les dará Nuestro Señor..; que les dará más abundante…; que se obtenga del Sumo Pontífice una excomunión reservada para que ninguno de los oficiales del hospital retenga bienes o limosnas del mismo más de veinticuatro horas sin licenciadel administrador; que ha de haber tanta orden, limpieza y paz en todo, que se muevan las gentes, especialmente los señores principales a venir a visitar a los pobres y hacer limosnas y mandarles bienes, viendo que es casa donde se sirva a Dios y se hace caridad al prójimo…»

 

c) Si las preinsertas disposiciones de la Concordia revelan el mejor espíritu, las que siguen del testamento del generoso fundador respiran cordialidad y misericordia por el menesteroso:

«En Dios verdadero tengo puesta mi confianza y esperanza que me ha de salvar e iré a loarle y gozar de su santa gloria, creyendo y confesando, como creo y confieso, su santa Fe Católica, ayudándome de los santos sacramentos y cumpliendo los mandamientos…; mando que mi cuerpo sea enterrado en la bóveda que se va haciendo en el hospital que yo hago… debajo del altar mayor…; que cuando Dios fuere servido que yo muera me lleven a enterrar con las menos pompa y ruido y gasto posible y con la decencia que conviene a cuerpo cristiano, como se excuse vanidad…; mando se den setenta ducados para las obras de la iglesia de Belorado, donde mis padres están enterrador; que dentro de un año de mi fallecimiento se visitan en la dicha villa de Belorado teinta pobres y se den a los pobres envergonzantes mil y trescientos reales, prefiriendo mis deudos si los hubiere…; mando trescientos mil maravedises para ayuda de casar diez doncellas pobres naturales de Belorado, de mi linaje silas hubiere, y las más necesitadas y virtuosas…; que se compren dos cargas de pan de renta perpetua para los niños de la doctrina de Medina del Campo, con condición que el día de Reyes de cada año vengan con su rector en procesión a la iglesia del dicho hospital y hagan allí oración por mi alma…; y esto quiero que lo hagan porque otros se muevan a dejarles algo por la misma razón…; que se visitan treinta y seis pobres de Medina del Campo y éstos no vayan con mi cuerpo el día del entierro por evitar juicio de vanidad… Pareciéndome que con tanta poca cantidad de renta, como son los veinte mil ducados (de principal, mil de renta) que estoy obligado por la escritura de Concordia a dejar a mi hospital, que no es cosa bastante para la cura y sustentación de los dichos pobres y ministros que los han de curar, para que vaya más cómodo sustentamiento, quiero que los novenos que tengo comprados de Juan de Vega… que de presente rentan seiscientos ducados, queden y sean para dicho hospital… Iten mando que de mis bienes se compren cincuenta mil ducados de principal, la renta de los cuales (2.500) ha de servir para la cura y sustentación de los dichos pobres y ministros… Iten digo y que por cuanto yo me obligué a gastar en la fábrica del hospital e iglesia dél, diez mil ducados… y hasta ágora tengo gastados más de veinte mil, y según el modo y traza , parece que no se podrá acabar con otros veinte mil ducados, quiero que todo lo gastado y que se gastare en la dicha obra hasta que Dios me lleve desta presente vida, no se descuente de lo que es señalado en los dichos novenos, ni de los cincuenta mil ducados que se han de emplear en renta… Pido y encargo al administrador que fuere de dicho hospital haga que todos los pobres que hubiere, recen cada día un «Páter noster» y un «Ave María» por mí y mis dos mujeres…»

d) A vista de estas ideas y propósitos hemos de reconocer que no era ruin ni estaba mentalizada el alma del negociante que las albergaba. Anhelaba Simón Ruiz dar impulso a una obra grande; sabía que necesitaba complemento y por eso pedía que se movieran las gentes, especialmente las principales, a venir a visitar a los pobres enfermos y hacerles limosnas y mandarles bienes, viendo que es casa donde se sirve a Dios y se hace caridad. de seguro soñaba que pasados tres siglos ya no habría en Medina pobres enfermos confiados en ambientes metafísicos de infectos tugurios, sin asistencia ni sustento, porque, al primer día de fiebre, podría ir a su hospital para ser curados y asistidos al amparo de la higiene, de la ciencia y de la caridad. ¡Y con qué devoción para Medina! Él, de arraigadísimos sentimientos cristianos, pero identificado con el fuero medinense, dispone que no se entrometa el Santo Padre ni obispo alguno en asuntos concernientes a la administración de su hospital; ni su S. M. el Rey, no obstante el reverente acatamiento que profesa a la jerarquía. Había de ser Medina la que, en concierto con su mayorazgo, administrase los sagrados intereses de los enfermos.

La triste realidad no se mostró, sin embargo, en armonía con tan santas ilusiones. Fiaba Simón Ruiz más a la buena voluntad de sus deudos que en la tutela de las supremas potestades y aquélla no se manifestó tan recta y elevada como la suya. No más tarde que en julio de 1598, Dª Mariana de Paz, en discordia ya con sus sobrinos, Vitores y Cosme, exponía a la Villa «que Fr. Antonio de Sosa (testamentario de su esposo) pretender moverse pleito ante el Sr. Nuncio de Su Santidad, y por esta causa cesará la obra, y pues en este asunto esta villa es interesada, y yo por el bien común y provecho de los pobres estoy determinada de ir en seguimiento de esto… a vuestra merced pido y suplico sea servido de escribir en nombre de Villa en razón dello, a su mag. y a los señores Presidente y Nuncio, que en ello recibirá merced» Y cuando murió, el 14 de diciembre de 1599, persistía el desacuerdo porque excluyó de su herencia a los dichos Cosme y Vitores, mandando al hospital 1.500 ducados y dejando una fundación para recoger a niños expósitos.

Por otra parte, según informe de los regidores comisarios dando en 28 de abril de 1617, Cosme Ruiz Envito, patrón del hospital, mandó «que primero que se recibiesen pobres, que la renta toda se ocupase en acabarle»: y aunque el testador mandó «que el edificio fuese como la traza y aun el codicilo significó deseaba se moderase, no lo han hecho, antes se han accedido dello… en gran cantidad de dineros, siendo así que por la vecindad que ha quedado en esta villa, aún mucho menos era menester. En 19 de junio de 1621 acordó la Villa se consulte al letrado si es posible la restitución de las rentas de los otros hospitales»; buena prueba de disconformidad. Persistía el descontento del Ayuntamiento en 1631, porque el 12 de julio la mayoría de los regidores opinó que se rechazara la petición del mismo Cosme, de agregarle las rentas de San Lázaro, pues temían que se repitiera el caso del hospital de las Budas, extinguido por agregación, sin mejorar, antes al contrario, el trato y asistencia de los enfermos.

Las previsiones, pues, los anhelos y sacrificios del caritativo fundador (valuados por Ossorio, pág. 84, en más de cien mil ducados, más casi otro tanto para rentar 40.000 ducados anuales) fallaron desde un principio, y tal vez porque no brilló nunca en su administración aquella escrupulosidad requerida en la Concordia, los medinenses acudalados no han prestado la ayuda esperada de ellos; necesaria para llevar los elevados fines que perseguía Simón Ruiz.

Por otro lado, desde que Medina, a consecuencia de la desamortización, perdió sus rentas de sernas, suspendió la prestación de las cincuenta cargas de trigo que se había obligado, sobreviviendo por añadidura el periodo revolucionario, en que una Junta de Beneficencia, identificada y confundida de ordinario con el Ayuntamiento, y sujeta a los vaivenes y apasionamientos políticos, suplantó al Patronato y empeoró indiscutiblemente las cosas. Llegó su sacrílega osadía en 1853 –si creemos a una lápida incrustada en el muro entre el zaguar y la escalera– a sacar y trasladar los restos del fundador, del sepulcro que se mandó labrar debajo del altar mayor.

La admisión y crianza de los niños expósitos, patrocinada por Dª. Mariana ha subsistido, siquiera en cuanto a lo primero, hasta fecha muy reciente, (creo que en 1932) en que fue suprimida, no sé si a plena conciencia de las probables derivaciones:

Aunque Simón Ruiz se reservaba para sí y sucesores en el mayorazgo el patronato, la Villa vindicó siempre las prerrogativas reconocidas en la Concordia, y para hacerlas efectivas en todo momento, nombró habitualmente dos regidores comisarios. Por otra parte, la misma Concordia obligaba al administrador, en su cláusula XXXVI, a rendir cuentas, dos veces al año, al patrón abad, corregidor y comisarios. Por tanto, se ve ya definido un superpatronato que, al desaparecer el mayorazgo y sus derecho-habientes, y pasados los periodos revolucionarios del siglo XIX, dió lugar la constitución del patronato en esta forma: alcalde, por el corregidor; arcipreste, por el abad; dos concejales, por los comisarios y el capellán que simbolizaría al antiguo patrono. En esta forma continuó hasta 1928 en que, so pretexto de eliminar influencias políticas, se modificó, excluyendo a los concejales y capellán, y dando entrada al registrador de la propiedad y al notario decano. Es obvio que esta modificación se hizo contradiciéndoos el espíritu de la Concordia, reflejo del fuero medinense, porque tales funcionarios, por respetables que sean, suelen estar desvinculados de la villa y menos interesados en su bienestar.

e) Las rentas que computó Ossorio en 5.000 ducados (4. de la fundación, y mil de los hospitales incorporados) equivalentes, había razón de los precios corrientes a la sazón, a más de 3.000 fanegas de trigo, mermaron mucho desde un principio. En 1885, conforme a una relación dada por el Ayuntamiento, a los fines de la ley desamortizadora, poseía foros y centros que rentaban 17.389 reales, más 424 fanegas de trigo procedentes de 315 obradas de tierra en Alcazarén, 23 en Velascálvaro, 19 en Rubí, 87 en San Vicente, 20 en Fuente el Sol, 88 en Campillo, 25 en Pollos y 138 en este término municipal,sin contar las rentas que se le agregaron del hospital de la Piedad que sumaban 7.527 reales de censos a la renta de 207 obradas de tierra. En 1925 se hizo pública una Memoria suscrita por la Junta de Patronos, según la cual los ingresos de aquel año ascendieron a 40.482,85 pesetas, incluido el valos de 350 fanegas de trigo. Esta módica renta, lejos de haber aumentado con el sobreprecio que ha alcanzado el trigo, ha disminuido considerablemente, pues en circular publicada en 1943 por la cual administración, se fija la renta total en 19.000 pesetas.

El servicio y asistencia encomendado desde un principio a personal secular, pasó a fines de siglo anterior a religiosas Siervas de María y posteriormente a Hijas de la Caridad, que regentan también unas escuelas instaladas en la planta baja, con creciente aceptación.

Los amplios locales, desocupados en su mayor parete en circunstancias normales, se dedican en ocasiones a muy diversos usos, preferentemente a acuartelamiento de tropas.

Más congruente es el destino que se ha dado últimamente (en 1933) a la planta baja de la izquierda. En ella se ha instalado decorosamente el Centro Secundario de Higiene Rural que presta de año en año más estimables servicios.

f) Se levantó el Hospital mirando con preferencia a la solidad y utilidad sobre ornato. Magníficas galerías de 36 arcos, espaciosas estancias bienorientadas con 72 alcobas para los enfermos pobres, otras amplias y confortables para distinguidos y un servicio sanitario que en aquellos tiempos era el desideratum de higiene, «la fábrica se hizo con tal artificio que en todo el hospital no se halla un madero ni una tabla, excepto puertas y ventanas…; así las oficinas altas como las bajas de bóveda de rosca y doble, enlazadas unas con otroas de género que, aunque subcediese un incendio sólo perecerían los tejados y quedaría sin lesión el hospital, porque se hizo con esa reserva…» Así dijeron los comisarios el 3 de abril de 1720.

La iglesia no desdice, antes realza el edificio. Lareja y el retablo, de los que dice Ossorio que costaron más de ocho mil ducados, son las obras más estimadas. Por las cartas de pago que se guardan en el archivo (únicos documentos que nosha sido dable conocer) conocemos sus autores. De la arquitectura, Juan de Ávila; de la ensambladura y rescultura, Pedro de Quadra y Francisco del Rincón; y la pintura, Francisco Martínez. La reja fue obra de Matías y García Ruiz; todos ellos vecinos de Valladolid.

«El retablo –dice Agapito y Revilla en el lugar citado– costa de dos cuerpos sobre basamento de relieves siendo apasionados los más grandes de éstos y con dos evangelistas cada uno. Cada cuerpo se compone de seis columnas; las del interior de estrías espirales, pareadas las del centro, dejando entre sí tres espacios rectangulares iguales. El comportamiento central de la zona inferior, no tiene más que la «custodia», como se decía antes, y el remate o ático lleva en el centro el consabido Calvario de las tres figuras, cobijado bajo frontón curvo, y a los lados, sobre los ejes de las columnas solas, las estatuas de San Pedro y San Pablo. La importancia artística del retablo está en los cinco relieves de los dos cuerpos principales. El inferior contiene en el compartimiento de la izquierda del observador, la milagrosa escena en lacual se convierte en flores el pan que San Diego llevaba a los pobres; en el de la derecha un pasaje que no entiendo, parece la presentación del Niño en el templo, pues allí se ve una mujer con un niño desnudo (¿la Virgen?), un varón con una sierra (¿San José?), otro con dalmática y aun otras cuatro figuras detrás. La historia del segundo cuerpo son la Purísima Concepción en el compartimiento central; la del lado del Evangelio, San Vítores con la cabeza cercenada del cuerpo entre las manos en actitud de seguir predicando al pueblo; y la del lado de la Epístola, San Martín a caballo en el acto de compartir su capa con el pobre. Estos relieves son de grandes figuras muy desiguales de mano y no carecen algunos de mérito, pero están muy repintados en tonos oscurísimos que hacen desaparecer todo interés a la escultura…».

«Una virgen y un Ángel que están en los áticos, una en cada uno de los retablos colaterales de la capilla mayor, que juntas representan la Anunciación, debiendo formar parte de las portezuelas de un retablo o tríptico, cuya parte central no he encontrado. Son figuras muy interesantes que procederán de aquella escuela castellana de fines del siglo XV y principios del XVI que tuvo por jefe principal el maestro Pedro de Berruguete, padre del eximio escultor, también pintor de nota…»

«En los testeros de los brazos de la iglesia pueden observarse dos excelentes retratos de Simón Ruiz y de su segunda mujer Dª. Mariana de Paz, según el estilo y manera de Pantoja de la Cruz, como con razón dijo Ponz».

En el muro del presbiterio, lado del Evangelio, están las estatuas orantes de Simón Ruiz y de sus dos mujeres, Dª. María de Montalvo y Dª. Mariana de Paz, y enfrente ha sido puesta, traída del hospital del Obispo, la estatua de Barrientos (39 R- a) entre otras dos de trinitarios.

En la sala de Juntas se conserva un tríptico que representa en el centro a la Virgen conel Niño en actitud de coger un racimo de uvas que le ofrece un ángel, y detrás de la Virgen un fraile arrodillado, retrato del donante, en opinión del Sr. Agapito y Revilla, y en los lados a San Francisco y Santo Domingo, de autos desconocido, pero de mérito indiscutible.

El archivo atesora intereantes documentos pertenecientes al fundador, que esperan un examen y estudio para deducir provechosas lecciones de economía que confiamos se ha de hacer algún día, ya que, por desgracia, no se ha hecho. De las letras de cambio se cuenta que son las primeras giradas, pero con evidente exageración, pues muchos antes de Simón Ruiz ya se conocían.

g) Dos cosas desaparecieron al emplear el hospital en este paraje: una lagula y la picota. Al hacerse el coteamiento del sitio cedido que establecía lo siguiente. según auto del 12 de mayo de 1592: «que atento la necesidad de la dicha laguna y de ser mucha la cantidad de agua que tiene y la que con más facilidad se utiliza para el servicio de los fuegos, porque con más facilidad se puede llevar a lo mejor y más principal de la villa, y ansimismo para el servicio de los ganados mayores y menores por no haber desta parte otro lugar donde pueda beber, el dicho Simón Ruiz antes que la ciegue, haga a su costa de subirla arriba, en la parte que le señalaren los comisarios, tan larga, ancha y honda e bien cercada de balladar como lo está agota». Respecto a la picota, rollo u horca de piedra que no faltaba en nuestras villas para poner a los condenados a la vergüenza, o para colgar la cabeza de los ajusticiados, también se decretó que fuera trasladada a costa de Simón Ruiz, sin decirnos dónde.

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