El escritor riojano Ernesto Tubía con MAGIA se alza como ganador de ‘Pueblos y Sabores’, el concurso de relato corto de la Ruta del Vino de Rueda

La Ruta del Vino de Rueda, en colaboración con Alimentos de Valladolid, marca de calidad de dicha provincia, ha fallado los ganadores de la cuarta edición de “Pueblos y Sabores”, un concurso que se consolida como lugar en encuentro entre el vino, la gastronomía y la vida rural unidos a la cultura. La iniciativa promovida por la la Ruta del Vino ha contado este año con más de 200 participantes de todos los rincones de España que han presentado relatos con diferentes temáticas y enfoques, desde la emoción a la risa, pasando por metáforas y textos históricos. 

 

En su afán por impulsar la cultura y el arte de la escritura, la Ruta del Vino de Rueda duplicó el primer premio, pasando de los 750 € a los 1.500 € para el ganador del concurso, que este año recae en Ernesto Tubía Landeras, de 48 años y procedente de La Rioja, por su relato “Magia”. Una desgarradora historia del tiempo perdido y lucha contra el olvido.

 

El relato “La teoría de los imanes y viceversa” le ha valido el segundo premio a María Sergia Martín González, una madrileña de 60 años, mientras que completa el podio Antonio de la Fuente Arjona (de Coria, con 58 años) gracias a “Malfario”. 

 

Además, en esta edición se entregan dos premios sin dotación económica. El primero,  un curso intensivo de escritura creativa a cargo de la escuela Rinocerontes y Mariposas, que se lleva “La Cuba”, de José Luis Baños Vegas, de 59 años y natural de Salamanca. Y el segundo, un premio especial elegido por el público a través de  votación popular, para Lara Magdaleno Huertas, con 46 años y de Madrid, que recibe una escapada para dos personas a la Ruta del Vino de Rueda por su texto “Las uvas de la discordia”.   

Magia y alzheimer, perspectivas opuestas y sorpresa: ingredientes ganadores

Con solo 1.383 palabras y un título tan corto como “Magia”, el relato ganador “se adentra en los sentimientos más profundos de los familiares que conviven con el alzheimer y araña la emoción hasta conseguir rascar un brillo en los ojos del lector. Maridado con esperanza y magia gracias a los recuerdos más profundos como los del vino en el paladar”, comentan los miembros del jurado.  

 

Por su parte, el segundo ganador, “La teoría de los imanes y viceversa”, muestra cómo dos personas pueden tener una visión completamente diferente del mismo hecho haciendo reflexionar sobre la perspectiva individual, con cierto toque de humor. Mientras que “Malfario” juega con una trama de abuso de poder sobre la infancia que culmina con una sorpresa para el lector. Todo ello narrado en un ambiente donde el vino, las vides y el pueblo son protagonistas.  

 

«Hemos descubierto una amplia gama de historias que nos han llevado a explorar el mundo del vino, la gastronomía y la vida rural en diversos tonos y formas», declaró Cristina Solís, gerente de la Ruta del Vino de Rueda. «En esta edición lo distintivo y compartido por la mayoría de las narrativas es el reconocimiento del valor de la vida rural. Estas historias tejen tramas entrelazadas con las vidas de aquellos que la habitan, evocando la nostalgia y anhelando revivir momentos entrañables de la infancia marcada por los sabores y paisajes de los pueblos”.

 

El jurado estuvo integrado por Laura S. Lara, periodista gastronómica y sumiller; Sergio Villanueva, escritor, actor y director de cine; Nieves Caballero, periodista especializada en vinos, gastronomía y turismo; Santiago Hidalgo, escritor y gerente de la Fundación de la Universidad Europea Miguel de Cervantes; M. Ángeles Paniagua, gerente de la escuela de escritura creativa Rinocerontes y Mariposas y de la editorial El Lapicero Azul; y Francisco Fuentes, representante de Alimentos de Valladolid.

 

A continuación, reproducimos el relato ganador del concurso.

1º premio edición 2023: MAGIA

1º PREMIO DE LA 4ª EDICIÓN DEL CERTAMEN DE RELATO CORTO ‘PUEBLOS Y SABORES’

Título: MAGIA
Autor: Ernesto Tubía Landeras

 

Las pupilas grises. Los iris de un azul desvaído, sin el brillo eléctrico que los había caracterizado durante décadas. El labio caído. Las manos presididas por dedos ganchudos, que asemejaban sarmientos de una cepa centenaria. Espalda corva. Ausencia de ser. Poco quedaba de mi abuelo en aquel hombre que compartía ciertos rasgos con él, pero al que el alzhéimer, bocado a bocado, había devorado con calma de marea hasta devastarlo.

 

Dolía. Me dolía como no se puede explicar verlo en la silla postrado, ladeado, mirando sin ver. Algunas veces gritaba o sonreía a «Panzón», su gato. Pero, para cuando llegábamos a su lado, el gris había vuelto a abrazarle y allí sólo quedaba ausencia, el yo pretérito de alguien que había sido tanto para toda la familia, que me negaba a aceptar que huyera así, en un lento y prolongado siseo, como de vela apagándose, sin un hilo de humo en cuyo aroma rescatar lo que durante tanto tiempo nos había regalado: sus besos, sus abrazos, sus consejos, su luz… No. No podía permitirme, como nieto menor, el que menos había disfrutado de él, dejar que se fuese sin más.

 

Y por eso lo hice, ese fue mi leitmotiv, aunque nadie de toda mi familia comprendiera mi decisión y la motivación que me llevó a buscar un milagro, amparado en la magia. Porque la magia existe. Sólo hay que saber dónde buscarla.

 

—Es una estupidez, Guillermo. Tu abuelo ya no está. No pierdas, ni el tiempo ni el norte —me respondió mi padre, con su habitual tono de voz letárgico, de profesor de filosofía retirado, con el que me replicaba cuando me creía errado.

 

Testarudo, había obviado todos los comentarios de mi familia sobre mi decisión de volver a llevar al abuelo, al menos un fin de semana, al pueblo, para que tuviera la oportunidad de regresar durante un par al lugar en el que su apellido había tomado forma. Ellos no lo entendían en la misma medida que yo no aceptaba su negativa. Desde que el alzhéimer había avanzado raudo en mi abuelo, mi padre y sus dos hermanas habían decidido trasladarlo a una residencia de ancianos de la capital, donde juraban —o se esforzaban en creer— que estaría mejor cuidado que en el pueblo. Los tres hermanos hacía décadas que se habían trasladado a Valladolid, en busca de los dudosos lujos que ofrecía la urbanita y cosmopolita vida de la capital pucelana; ofrendando, a cambio, la apacible vida en Foncastín. Un pueblo en donde, no sólo había transcurrido la vida del abuelo, sino la de todos los que le habían precedido. 

 

Siendo incapaz de asumir que el abuelo se hubiese ido así, sin más, mediado un mes de mayo especialmente cálido, elevé a mi abuelo al asiento del copiloto de mi Renault Kadjar y su silla de ruedas al maletero. Ni siquiera dejé que mi mujer y mis hijos me acompañaran de regreso al pueblo. Eran mis fantasmas, mis pecados, los que estaban sin expiar. Y uno debe purgar la culpa en soledad, sin tener que arrastrar a otros al foso de su congoja, al lugar desde donde emerge el error pretérito que aún nos lastra. Recorrimos la escasa media hora que separaba nuestro pueblo de la capital en silencio, observando ese paisaje castellano que nos había servido de abrigo, de cobijo, pero también de separación. Porque ese era mi pecado: el del abandono. De niño pasaba todos los veranos con él en el pueblo, empapándome de esas enseñanzas que sólo pueden aprenderse de quien tiene la piel craquelada por la experiencia. Después, en mi mocedad, fui postergando mis visitas a los puentes y días de guardar. Hasta que, al sumirme en la vida adulta que el ser humano ha elegido y que nos conduce a un ritmo desenfrenado, procrastiné completamente mis visitas. Apenas nos separaban poco más de cuarenta kilómetros y cuando regresé al pueblo con el abuelo en el asiento del copiloto, llevaba más de siete años sin pisar aquellas calles que un día había creído que formaban parte de mis latidos. 

 

Tras dejar nuestras pequeñas maletas en la casa de mis ancestros, en la calle San Pedro, junto al «Potro», arrastré la silla de ruedas con mi abuelo por el pueblo, deseando que algo le hiciera recordar quién era y lo que significaba aquel lugar para él. Sin embargo, transitábamos por las breves calles de Foncastín sin que su gesto variara lo más mínimo. Poco importaba que cruzásemos frente a la iglesia de San Pedro donde se casó con la yaya, que atravesáramos el arco que separaba el pueblo nuevo de las corralizas, donde faenó toda su vida, o buscáramos la sombra de los soportales de la plaza mayor, refrescándonos, más tarde, en la fuente que servía de homenaje a las mujeres del entorno rural, donde los pocos que quedaban en el pueblo le saludaban cariñosos, recibiendo silencio por toda contestación.

 

He de admitirlo, mientras regresábamos a casa, arrastrando su silla de ruedas frente a los murales donde se representaba la vida de aquel pueblo a lo largo de los años, pensaba que quizá me hubiera equivocado y la enfermedad del olvido hubiera devorado hasta el último y más profundo de sus recuerdos.

 

Lloré. Lloré por dentro y por fuera, con lágrimas calmadas que descendían pausadas por mis mejillas, porque cuando uno llora de verdad, llora lento.

 

Tras dejarle afuera, junto a la puerta de entrada de la casa, donde antaño leía sus novelas de Marcial Lafuente Estefanía y Clark Carrados, en la vieja cocina preparé con mimo unas sencillas sopas de ajo. La misma básica receta que mi abuela elaboraba para ambos, antes de que partiese tempranamente hacia el camposanto, y que a mi abuelo y a mí nos parecía que no debía ser menos que suculencias de reyes, tal era el sabor que aquel castellano plato poseía si se cocinaba con esmero y, sobre todo, con cariño. 

 

Acompañé los humeantes platos, al regresar a la calle, con dos vasos de Rueda, que había dejado enfriar en la nevera cuando habíamos llegado. Así, sentados en el porche desde donde antaño me había mostrado la diferencia entre el trigo y la cebada, entre un Rueda y un blanco riojano o entre el ulular de un búho y una lechuza, coloqué una mesa entre ambos, dispuse las sopas de ajo y los vasos de Rueda, y le fui llevando las cucharadas a la boca. Deglutía por costumbre, mecánicamente… aunque, poco a poco, comencé a apreciar en él cierto gesto de complacencia, una media sonrisa, apenas intuida, que tensaba muy tenuemente las comisuras de sus labios.

 

¡Lo estaba logrando! ¡El milagro! ¡La magia nacía de algo tan elemental, pero cargado de simbolismo, como era un plato de sopas de ajo! De ese plato que contenía mucho más que una sopa; aquel plato contenía buena parte de lo que ambos éramos…

 

Animado, hechizado por la magia del paladar, tomé el vaso de Rueda y se lo llevé a la boca, dejando que el fresco néctar de nuestra tierra se abriera paso a través de sus labios, dispersándose en su interior, impulsando sus sístoles y diástoles. Sus ojos recuperaron el brillo, las mejillas recobraron su color cobrizo y una sonrisa de niño eterno se abrió paso en mitad de su rostro, mientras alargaba la mano y me pellizcaba la mejilla.

 

—Gracias, Tomás. Muy buena la sopa. Casi tanto como la de tu abuela Mercedes. Le voy a dar un beso de tu parte —dijo con un tono de voz pausado y suave, como si hablara desde el interior de una profunda cueva.

 

Después, sin más, volvió a sumirse en el gris en el que vivía desde hacía años. Ya nunca regresó. Murió a las dos semanas. Y estoy convencido de dos cosas: la primera es que, tal y como me prometió aquel atardecer en el pueblo, nada más llegar al lugar donde el aliento no empaña los cristales le dio un beso a la abuela de mi parte. Y la segunda era que la magia existe y que a veces, para encontrarla, sólo hay que hacer algo tan sencillo como despertar los sentidos con los sabores que un día decidieron unificar el latido de quienes se amaron alrededor de una mesa con unas sopas de ajo y un buen vino de Rueda.

 

Algunos datos para conocer al autor ganador: Ernesto Tubías

Ernesto Tubía Landeras (Haro -La Rioja-, 1975) trabaja como técnico de laboratorio en Logroño.

 

Escritor por vocación, ha ganado más de 200 concursos literarios, sobre todo de narrativa breve, como el Premio Villa de Binéfar (Huesca), el José Luis Castillo-Puche de Yecla (Murcia), el Princesa Galiana (Toledo), el Otoño de Chiva (Valencia), el Ciudad de Tíjola (Almería), el Villa de Iniesta (Cuenca), el Villa de Moraleja (Cáceres) y el Letras Riojanas, entre otros.

 

Entre sus publicaciones destacan:

 

  • El mar de Lomé (y Saidú), Editorial Ochoa (2009)
  • El anhelo del diablo, Uno editorial (2014)
  • El local de jazz, Ediciones de Quintanar del Rey (2015)
  • Corderos, Colección Hécula (2016)
  • Mañana hoy será ayer, DB Ediciones (2016)
  • Tantos perros como collares, Editorial Denes (2018)
  • Octubre, Editorial Buscarini (2019)
  • Maratón, Ediciones de Quintanar del Rey (2021).
  • Los abismos de la piel, Ediciones de Quintanar del Rey (2022)
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La Asociación de Empresas Estibadoras y Centros Portuarios de Empleo (Anesco) le otorgó en 2023 el primer premio literario al relato “Las sombras de las grúas”. Es un relato ambientado en el puerto de Gijón cuyo protagonista es un estibador nostálgico que acude al muelle a diario inmerso en sus recuerdos.

 
Entrega de galardones en las Jornadas Entre Vinos y Letras en Valladolid

La entrega de galardones a los premiados de “Pueblos y Sabores” tuvo lugar el  pasado viernes 1 de diciembre, cuando la Ruta del Vino de Rueda organiza la 3ª edición de sus Jornadas Entre Vinos y Letras en la Casa de la India en Valladolid. Este encuentro, que reunió a escritores y amantes del letras, se centró en esta nueva edición en la fascinante convergencia entre literatura y cine de la mano del destacado escritor, director y actor de cine, televisión y teatro, Sergio Villanueva; así como, en el papel fundamental de las librerías en el panorama literario actual, debatido en una mesa redonda.


Leer todos los relatos ganadores aquí

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