
MIGUEL ANGEL GUADILLA
Muchas veces entre el siglo XVIII y el XX, el precio del pan ha sido motivo de manifestaciones, disturbios, o huelgas, ya que en aquellos siglos el pan era el alimento básico por excelencia de la gente humilde, solo hay que recordar la que se preparó en nuestra ciudad por este motivo el 22 de junio de 1856, con los llamados Motines del Pan.
Como suele ocurrir la historia se repitió años más tarde.
En enero de 1904 se celebró una junta del gremio de panaderos, en la que se acordó subir el pan a 37 céntimos el kilo, debido a la subida del precio del trigo.
Ya algunos se pusieron nerviosos con esta subida, sabedores de lo que había ocurrido otras veces cuando se aumentaba el precio del pan, que perjudicaba sobre a las familias más humildes y necesitadas. Pero más nerviosos se pusieron cuando unos días después el pan de primera volvió a subir hasta los 40 céntimos el kilo.

El 7 de marzo, el enfado era tal, que 200 mujeres fueron en manifestación, con una bandera blanca en la que ponía “PAN Y TRABAJO”, hasta el Gobierno Civil, situado entonces al lado de la Iglesia de San Pablo. Pero la noticia de la protesta recorrió la ciudad, y se fueron uniendo ciudadanos a la protesta hasta llegar a las 2.000 manifestantes, que exigían pan barato y poner en orden a los explotadores.
El Gobernador les ofreció poder comprar el pan a 30 céntimos con unos bonos, pero se negaron, ya que lo que querían es tener trabajo y un abaratamiento general de los productos básicos de alimentación.
Al atardecer se unió mucha más gente atacando a las fuerzas policiales, los comercios cerraron, hubo cargas que provocaron 11 heridos, de los que 3 eran guardias. La gente gritaba vivas a la República y cantaba La Marsellesa, era el principio de los sucesos más graves.
El 8 de marzo, la ciudad amaneció paralizada y el comercio continuaba cerrado, unas 100 mujeres se dirigieron a la Universidad con la intención de que se unieran los universitarios a la protesta, el decano Sr. Sierra dijo que los estudiantes estaban en clase y que no saldrían hasta que finalizaran.
Y así fue, a las 10 al finalizar las clases muchos estudiantes se salieron para apoyarlas, pero no se unieron la manifestación por prudencia según indicaron.
Los que si aparecieron fueron los municipales, los agentes de orden público y finalmente la Guardia Civil a caballo. Hubo silbidos, cargas policiales que consiguieron que los estudiantes se metieran en la Universidad y el resto corriera hacia la zona de la calle de Colón y el Prado de la Magdalena.
El rector de la Universidad, Sr. Alonso Cortés, reunió a los estudiantes y les comunicó que se suspendían las clases has nuevo aviso.
Las mujeres que había sido disueltas en la Plaza de la Universidad, empezaron a acudir hacia el centro en pequeños grupos de forma pacífica, pero pidiendo a los pocos comercios que habían abierto, que cerraran sus puertas. También la Guardia Civil se dirigió hacia allí.
Los grupos, cada vez más numerosos, se dirigieron hacia la Plaza del Val donde se encontraron con el concejal Lorenzo Bernal, que trató de convencerlas que cesaran en su marcha, dándose la situación que cuenta El Norte:
«El señor Bernal echó mano al bolsillo y sacando un duro pretendió entregárselo a la que tenía más próxima. Gracias, don Lorenzo — contestó ésta, rechazando la moneda—no queremos limosna; pedimos trabajo para nuestros maridos y abaratamiento de los comestibles.»
Por la calle Conde Ansúrez apareció la Guardia Civil y las manifestantes se separaron, volviéndose a juntar en el centro de la Plaza Mayor con una bandera blanca en cabeza en la que ponía: «Pan y Trabajo».
Empezaron a recorrer la Calle Santiago, cuando apareció la policía que intentó arrebatarlas la bandera, hubo forcejeos y un piedra lanzada por unos de los seguidores de la manifestación alcanzó al inspector, quién sacó su revolver apuntando a la zona de hombres de donde vino la piedra. Los periodistas le increparon y consiguieron que no disparara, pero los hombres pensaron que sí lo iba a hacer y empezaron a lanzar piedras a los agentes, que a su vez comenzaron a disparar. Los hombres corrieron hacia la Plaza Mayor escondiéndose tras las columnas, continuando lanzando piedras, mientras los agentes seguían disparando.
Al menos 15 minutos duró la batalla resultan destrozadas farolas, y escaparates de comercios, entre ellos el del Bazar Parisien. La policía tuvo que huir por la Calle Santiago ya que se les acabó la munición, mientras les seguían lloviendo piedra desde la plaza y la calle la Pasión.
Envalentonados ante la huída de los agentes, asaltaron tiendas y la armería Iznaola que estaba en Cebadería, haciéndose con armas y munición.
De nuevo, las mujeres y su bandera aparecieron en el centro de la Plaza Mayor e hicieron el camino por la calle Santiago hasta la Plaza Zorrilla, donde apedrearon el Convento de las Carmelitas, y vuelta, mientras iban reclutando a las modistas que trabajaban en las tiendas, que se unían a ellas más por miedo que por convencimiento. Finalmente llegaron a la casa del Alcalde, Pedro Vaquero Concellón, en la calle Lencería, que también apedrearon.
Los disturbios continuaron por todo el centro de la ciudad, tiraban piedras a los guardias y estos empezaron a responder con disparos. Calles como Regalado, Cánovas del Castillo, Catedral Cascajars y otras cercanas fueron tomadas por la Guardia Civil.
Y como suele ocurrir en estos casos al final hubo heridos y una víctima mortal. Un chaval de 15 años, Santiago Maniega, que tiraba piedras a los agentes con una honda en la esquina de la Calle Sierpe con la actual Cánovas del Castillo, recibió un disparo en la cabeza y murió en el acto.
Cesaron los disparos, las calles se vaciaron, algunos manifestantes lo recogieron y lo llevaron a hombros por Fuente Dorada, Plaza Mayor y Calle Santiago hasta las oficinas de El Norte de Castilla en la Acera Recoletos, para que informaran del suceso. Luego lo llevaron hasta la Estación del Norte, donde pretendían que se unieran a ellos los ferroviarios, lo cual no consiguieron. Finalmente fue trasladado el cadáver al Hospital Provincial.
Por la tarde el ejército tomó el centro de la ciudad y los puntos estratégicos y se acabaron las manifestaciones ante el miedo a que los soldados tomaran parte en la represión.
Al día siguiente solo quedaban los restos de las batallas, escaparates rotos, piedras por todos lados e impactos de balas en las paredes.
Antonio Maura, Presidente de la Nación, lamentaba lo ocurrido en Valladolid y temía que los más desfavorecidos hicieran lo mismo en otros lugares.
Sin embargo, para nuestro Gobernador Civil dijo que los sucesos fueron provocado por los anarquistas y los republicanos, no por la gente que pasaba hambre.
Fuentes consultadas:
Hemeroteca de El Norte de Castilla – Portada de El Norte de Castilla del 9 de marzo de 1904
Página oficial de la CNT – abril 2022
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