
La UBU publica las reflexiones durante la pandemia de sus doctores honoris causa
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El primero de los artículos está firmado por el profesor Juan José Laborda
La pandemia COVID-19 ha convulsionado el mundo, en el sentido más literal de la expresión. Una sacudida que, como ocurre en todas las crisis, ha conllevado la aparición de comportamientos indeseables, pero también han desvelado las mejores facetas del ser humano. La Universidad, como institución, ha demostrado una vez más su vertiente humanista, solidaria y responsable de la investigación para el desarrollo y la superación de esta crisis, aportando conocimiento, formación y soluciones a la sociedad.
En este contexto, desde la Universidad de Burgos se solicitó a los doctores honoris causa que componen su claustro un texto, dirigido a los estudiantes de la UBU, aportando sus reflexiones sobre las consecuencias sociales que está generando y seguirá teniendo esta pandemia. Artículos, en suma, escritos en un momento tan histórico y extraordinario como el que vivimos, que aporten una reflexión vital y filosófica y que puedan servir como prólogo de aprendizaje a los alumnos de la Universidad de Burgos.
Estos artículos han comenzado ya a enviarse al alumnado de la UBU a través de email, el primero de ellos el escrito por el profesor Juan José Laborda, investido el pasado 30 de mayo de 2019 como Doctor honoris causa.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTÍN
A propósito de la pandemia.
“Reflexión filosófica de nuestro doctor honoris causa para todos los estudiantes de la UBU en el momento histórico en el que nos enfrentamos a la pandemia del COVID19, para que pueda servir de interludio en su aprendizaje entre su material de enseñanza y de teletrabajo”, Manuel Pérez Mateos, rector de la Universidad de Burgos.
1. Un antes.
Seguramente sois hijos o nietos de personas cuya generación es la primera en la historia que no tuvo la sensación de que una catástrofe, y en primer lugar la guerra, podía cambiar radicalmente su existencia. Yo nací en 1947, voy a cumplir 73 años, y soy el primero de generaciones y generaciones (realmente, desde que tenemos datos históricos) que no ha vivido la guerra. Mi padre nació en 1918, y la gripe española o europea mató a varios miembros de la familia de mi padre y también de mi madre. En Castilla hubo muchos pueblos a los que la gripe hizo desaparecer. Después, en 1936, él sufrió la Guerra Civil española, y a continuación estalló la Guerra Mundial de 1939-1945, con lo que mi padre y mi madre vivieron aquellos años con la incertidumbre de entrar en el conflicto bélico mundial.
2.Certidumbre y entropía
Ahora sabemos que desde 1945 las cosas comenzaron a cambiar. De la incertidumbre como estado natural de las sociedades, la certidumbre pasó a ser la la actitud de las nuevas generaciones con el futuro. Como ha escrito un historiador actual, Yuval Noah Harari (Israel,1976), la seguridad que se logró después de la II Guerra Mundial hizo posible que la entropía, es decir, la tendencia al desorden de todo sistema físico (y social), fuese aminorada, incluso detenida, por la acción de los seres humanos. ¿Cómo fue posible la certidumbre tras 1945? Sirviéndose de dos elementos que Inmanuel Kant propuso para lograr la paz perpetua (1795): Uno, estableciendo el Derecho como norma universal de relación entre los seres humanos y los Estados. Los vencedores de la Segunda Guerra Mundial crearon una constitución mundial (la “constitución política” de Kant se basa en los principios de la libertad y la justicia), prohibieron a los Estados poseer el derecho a declarar la guerra (la guerra solo es legítima si la declara la ONU), y promulgaron la Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre de 1948). Dos, el comercio como método para incrementar la riqueza mundial y para evitar la guerra entre los Estados. Toni Judt (1948-2010), historiador británico, en su conocida obra “Postguerra: una historia de Europa desde 1945”, explica que la postguerra se concibió de manera kantiana, y además la riqueza mundial tuvo un incremento sin precedente alguno.
3. Los tiempos cambian.
Hacia 1750, al comienzo de la Ilustración y de la revolución científica e industrial, en la tierra había 750 millones de habitantes. En 1800 vivirían 1.000 millones de seres humanos. Hoy somos 7.500 millones, y se calcula que cuando se alcancen 10.000 millones de habitantes tal vez se produzca una estabilización en el número de individuos humanos. La riqueza mundial es 250 veces que la que había en 1750, cuando se iniciaba la máquina de vapor, el telar mecánico, y Edward Jenner (1749-1832) inventaba la vacuna de la viruela. Si antes existía el temor de la desaparición de la raza humana ante las fuerzas de la naturaleza (una pandemia podía extinguir la humanidad), ahora el miedo está en que los humanos puedan acabar con la tierra. Ese cambio trascendental, entre otras muchas consecuencias, está produciendo una gigantesca alteración en la condición de las mujeres; la mujer ha dejado de ser una mera reproductora del género humano, y ese hecho desbarata las ideologías que hicieron de la mujer un ser protegido, obediente y tutelado. La sociedad y las ideas y valores sobre la sociedad cambiarán profundamente.
4. El futuro que aún no tiene nombre. (Mensaje para los universitarios confinados en el mundo por la pandemia)
Las certezas de 1945 fueron haciéndose más precarias a partir de 1989. Con la caída del muro de Berlín y del comunismo soviético se llegó a creer que el futuro sería para la humanidad una época de estabilidad, progreso material, triunfo de la economía de mercado y fin de las luchas ideológicas, como sostuvo Francis Fukuyama (Chicago, 1952) en su libro de 1992: “El fin de la Historia y el último hombre”. Pero en lugar de reformar el orden mundial de 1945, adaptándolo a la globalización que surgió con la desaparición del comunismo como alternativa, desde los años 90 del pasado siglo el neoliberalismo económico se convirtió en el pensamiento único en las instituciones y círculos de opinión internacionales.
Es más, se produjo una involución en los logros de la postguerra. El Estado volvió disponer del derecho a declarar la guerra (Declaración de guerra de EEUU, Gran Bretaña, Portugal y España contra Irak en Azores, marzo de 2003), y se produjo un
frenazo en el comercio mundial de mercancías y de servicios. Aunque se produjo un gran avance en las comunicaciones electrónicas, y la extensión de internet a lo largo del mundo, el capitalismo financiero está produciendo un bajo crecimiento económico, abandono de los gastos e inversiones para sostener el medio ambiente natural, y lo que es más preocupante para las democracias representativas, esa versión neoliberal del capitalismo ha creado una nueva nobleza del dinero, que no está sometida a control democrático alguno, y que está poniendo en riesgo la continuidad de la paz en el mundo. Más allá de los sufrimientos actuales, de las muertes y enfermos habidos, el problema no es la pandemia, sino los métodos arcaicos con los que se pretende hacerla frente. Tenemos una gran capacidad científica para afrontar la epidemia, pero los responsables políticos y estatales están sirviéndose de métodos anteriores a 1945: cerrar las fronteras y declarar el estado de alarma o de excepción. Esos métodos, propios de los Estados-Nación de otra época, se corresponden perfectamente con la ideología de este tiempo que aún no tiene nombre, pero que caracteriza a dirigentes como Donald Trump, Boris Johnson, y muchos otros, y que condicionan a sus sociedades y más allá de las mismas. Volvamos para acabar con la entropía. Estamos arrojados al futuro. Podemos precipitarnos en la incertidumbre y el desorden. Pero también podemos encontrar una nueva certeza y la seguridad que aporta el Derecho. Inmanuel Kant, y su gran librito de 1795: “La paz perpetua. Un diseño filosófico”, me han servido para sugerirles a los universitarios de la UBU, a petición del Rector Pérez Mateos, ideas para entender y afrontar estos tiempos extraños e inquietantes. Pero por encima de todo, lo importante será disponerse a pensar con libertad, y a actuar respetando las leyes, aunque tengamos que cambiarlas.
J.J. Laborda es doctor honoris causa por la Universidad de Burgos.
Nació en Bilbao, el 4 de octubre de 1947, pero gran parte de su trayectoria personal y su proyección profesional ha estado fuertemente ligada a la provincia de Burgos.
Se licenció en Historia y en Periodismo por las Universidades de Valladolid y de Navarra, respectivamente, y completó en 2011 sus estudios de doctorado en Historia en la UNED. Profesor de historia moderna de la Universidad de Burgos, historiador y periodista, actualmente es Consejero Electivo de Estado. Asimismo, además de ser Vocal del Archivo de Simancas, dirige la “Cátedra de Monarquía Parlamentaria de la Universidad Rey Juan Carlos”.
Por otro lado, destaca su vertiente como ensayista, autor de diversas monografías, así como sus colaboraciones habituales con Diario de Burgos y otros medios de comunicación. Entre sus contribuciones científicas, destacan las siguientes monografías:
• Juan José Laborda Martín, El señorío de Vizcaya: nobles y fueros (c. 1452-1727), ed. Marcial Pons Ediciones de Historia, S.A., 2012.
• Juan José Laborda Martín, Rumbos en la carta, ed. S.L. Aconcagua Libros, 2007.
• Tomás Fernández García, Juan José Laborda Martín (coordinadores), España ¿cabemos todos?, ed. Alianza Editorial, 2002.
Cabe reseñar que, a lo largo de esta dilatada experiencia vital e intelectual y desde su posición institucional, se le ha reconocido como uno de los principales y más decididos impulsores que contribuyó de forma crucial a la creación de la Universidad de Burgos, procurando facilitar, dentro de las disponibilidades existentes, los medios necesarios para su crecimiento académico, consolidación científica y el reconocimiento internacional de que actualmente goza.
Bajo su mandato de presidente del Senado se tramitó parlamentariamente la aprobación de la Ley 12/1994, de 26 de mayo, de creación de la Universidad de Burgos. En el momento presente canaliza su compromiso e implicación con nuestra institución a través de su condición de Vocal del Consejo Social de la Universidad de Burgos.
Juan José Laborda Martín, con un carácter dialogante y espíritu humanista, se ha significado siempre como un firme valedor en defensa de la democracia y en la salvaguarda de los derechos fundamentales, trabajando siempre –como corresponde a la categoría de un hombre de Estado- en la búsqueda de consensos desde el respeto a las posiciones ajenas, por encima de planteamientos partidistas.