
“El día que se vaya la luz nos vemos en la prehistoria”. Esta es una de mis frases favoritas ante la dependencia casi absoluta de la energía eléctrica y que ha aparecido en varios artículos: Escuchando a algunos todólogos me reafirmo en la pérdida de habilidades básicas mientras huimos hacia adelante sin un destino fijo.
Como buena noticia, algo hay que aprender, hemos descubierto que por mucho que avancen las nuevas tecnologías siempre vamos a necesitar acudir a lo analógico.
Puede ser que en este viaje hacia el futuro nos estemos olvidando de que las pantallas no se comen y los bytes no se beben.
Quienes han podido superar su adicción a la imagen virtual han descubierto que en su ciudad hay parques, en su casa hay un juego de parchís y, posiblemente, en algún rincón haya uno o muchos libros.
Si unas horas sin luz nos han puesto en alerta no quiero pensar si esta situación se hubiera alargado solamente durante una semana. Desde que vivimos en islas, aislados bajo el cobijo de unas redes que nos incomunican, vagamos a expensas de las destrezas y el ingenio que cada uno hemos podido atesorar con los años.
El recurso analógico no solo es aplicable a máquinas y electrodomésticos, también a nuestra capacidad para resolver problemas; la IA no va a solventar todo lo que tiene que ver con la gestión de las emociones, la resiliencia o la frustración. Tampoco nos va a salvar de pasar una noche al raso o de una caminata hasta el pueblo más cercano. Ahí debe entrar nuestro cerebro analógico y extraer, si hay algo, de nuestra experiencia para afrontar cualquier situación que altere la vida; es decir, “lo que sucede mientras tenemos otros planes”, como dice Lennon.
Pedir a papá Estado que nos traiga un bocata y una botella de agua, nos ponga un calentador en medio de la nada y nos arrope cuando vayamos a dormir está bien cuando uno tiene tres años, no cuarenta y siete. Diez horas sin comer y a 19ºC no es para movilizar al 112. Diez horas sin poder whassapear, eso sí, eso es muy grave.
Si atendemos a la gestión de accidentes y catástrofes en nuestro país, podemos decir que este contratiempo lo hemos resuelto con buena nota, tanto por parte de los ciudadanos como de las administraciones del Estado.
En el lado de los tristes han sobresalido algunas cabezas para faenar en el caladero de votos de las desgracias; pero como no tenían argumentos han recurrido a las profecías apocalípticas y al bulo. Y también a las prisas. Los mismos que antes de que falleciera Francisco ya estaban preguntando por el próximo Papa, ahora, en lugar de arrimar el hombro están más pendientes de las causas del apagón. Que se sabrán, pero lo quieren para ayer.
En fin, bendito apagón que ha puesto a prueba nuestro sistema analógico; nos ha descubierto que hay personas que conviven con nosotros y que podemos sobrevivir hasta diez horas sin cables ni pantallas.
Y a los agoreros decirles que se cuiden mucho. De la pandemia no salieron mejores, del apagón con menos luces.
Javier S. Sánchez
Escritor




