Castilla y León, el paraíso cercano

Tengo cierta experiencia viajera; no en vano he visitado más de ochenta países de los cinco continentes, he viajado a territorios distintos y distantes como el Amazonas, Siberia, el Himalaya o la Polinesia, y he conocido los principales ambientes de nuestro planeta: la selva, el desierto, el altiplano o los hielos árticos. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, especialmente desde que sobrevino la pandemia del coronavirus hace ahora algo más de cinco años, he aprendido a valorar también los destinos cercanos, y sobre todo a apreciar las cualidades que el viaje tiene, aunque no se desarrolle por países de los que nos separan 10.000 kilómetros ni por destinos con nombres exóticos y rimbombantes. Y dentro de esa línea de “viajar más cercano”, en estos cinco años he hecho numerosos viajes por la comunidad autónoma de Castilla y León.

 

Repartiendo esos viajes por las nueve provincias de la comunidad, más de forma espontánea que planificada (porque el móvil de los viajes siempre ha solido ser el de viajar donde me apetecía hacerlo en cada momento), en los últimos cinco años he hecho viajes de duración variable con pernoctación en ciudades y pueblos como Ávila, Arévalo, San Rafael, Riaza, Ayllón, Soria, Cubo de la Solana, Aranda de Duero, Salas de los Infantes, Briviesca, Palencia, Valladolid, Medina de Rioseco, Salamanca, Calvarrasa de Abajo, Zamora, León y Bembibre. Y, aunque esos han sido los lugares en los que he pernoctado, en cada uno de estos viajes he visitado otros pueblos y lugares adicionales, que no voy a enumerar aquí por no ser el objetivo de este artículo el de elaborar una lista de pueblos visitados. Aunque sí voy a dejar el nombre de varias joyas para mí desconocidas hasta que las he conocido por casualidad, esto es, pasando junto a ellas por la carretera y sintiendo ganas de parar a echar un vistazo, aunque no estuviera previsto; es el caso de pueblos como Madrigal de las Altas Torres (Ávila), Montealegre de Campos (Valladolid), Torquemada (Palencia), San Facundo (León), Pancorbo (Burgos), Coruña del Conde (Burgos) o Peñaranda de Duero (también de la provincia burgalesa), entre otros. Todos estos viajes, decía, los he llevado a cabo después de la pandemia. Antes de la pandemia, aunque no con la frecuencia y la intensidad de los cinco últimos años, había hecho otros viajes por la comunidad.

 

Si ahora echo la vista atrás a todos esos viajes y dedico un tiempo a hacer balance de lo que me han deparado, así como a comparar con lo que se puede encontrar en otras partes del mundo, no puedo sino darme cuenta de que la cantidad de lugares fascinantes y destinos de gran interés que he conocido viajando cerca (digo cerca porque Castilla y León es una de las dos comunidades autónomas que tienen frontera directa con la Comunidad de Madrid, de la que soy y en la que resido) es abrumadora, y poco tienen que envidiar a regiones y lugares concretos mucho más conocidos a nivel mundial. Porque, si sobradamente conocidos son a nivel incluso internacional monumentos y construcciones arquitectónicas de la Antigüedad y de la Edad Media que se pueden encontrar en Castilla y León como el Acueducto de Segovia, la Muralla de Ávila, las catedrales de León y de Burgos o las plazas mayores de Salamanca o de Valladolid, no de la misma fama gozan atractivos tales como los castillos de Peñafiel, Coca o Ponferrada, la joya de origen visigodo que constituye la Iglesia de San Juan de Baños del pequeño pueblo palentino de Venta de Baños (es la iglesia más antigua de España que continúa en pie), la obra de ingeniería antigua que fueron las antiguas minas de oro romanas de Las Médulas, un yacimiento arqueológico de Atapuerca que se ha demostrado vital para la comprensión de la especie humana, una cultura tan interesante como la de los maragatos —los históricos arrieros leoneses que tan peculiar estilo de vida han tenido a lo largo de los últimos siglos y de los cuales se puede aprender en pueblos como Castrillo de los Polvazares o Santa Colomba de Somoza­— o el auténtico paseo por diferentes estilos artísticos (Románico, Gótico, Mudéjar, etc) que se puede hacer al ir viendo el patrimonio artístico de la comunidad.

 

Si en vez de la cultura lo que atrae es la naturaleza, las posibilidades que la comunidad autónoma ofrece no son menores, ya que en su territorio es posible visitar lugares de extrema belleza natural como los meandros de las Arribes del Duero en las provincias salmantina y zamorana, las hoces del tramo medio del río Duratón en la de Segovia, los Cañones del Ebro y las Lagunas de Neila al norte de la provincia de Burgos, el Cañón del Río Lobos y la Laguna Negra en la provincia soriana o el Parque Natural del Lago de Sanabria en la de Zamora, sin olvidarnos de las cuotas que le corresponden a la provincia de Segovia del Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama —compartido con Madrid— y a la provincia de León del Parque Nacional de los Picos de Europa —compartido con Asturias y Cantabria­. También en relación a la naturaleza merece la pena destacar las posibilidades de avistamiento de animales salvajes que ofrecen la Sierra de la Culebra zamorana (se pueden ver lobos durante todo el año y es hogar del Centro del Lobo Ibérico Félix Rodríguez de la Fuente) y parajes como el Parque Natural de Somiedo, la Montaña Palentina y el entorno de Riaño, donde hay actividades organizadas para avistar osos pardos.

 

Si en cambio lo que interesan son las actividades y experiencias, o el turismo temático, existen pocas comunidades autónomas españolas —ni, en definitiva, lugares del mundo— con mayor interés a nivel enológico que Castilla y León (tiene un total de nueve rutas del vino diferentes, quizás con protagonismo especial para los vinos de la Ribera del Duero, de Rueda y de Toro). Y como es mejor acompañar el vino con algo de comer, viene al caso hablar de la gastronomía castellanoleonesa, como el que se puede practicar en la comarca de El Bierzo (León) o degustando productos concretos como el cochinillo segoviano, el chuletón de Ávila, los embutidos salmantinos, la morcilla de Burgos, los torreznos de Soria, la cecina de León, los judiones de La Granja o de El Barco de Ávila o las legumbres de la comarca vallisoletana de Tierra de Campos, por solo mencionar algunos ejemplos. Y otra temática y tipo de actividad que se puede cubrir de forma muy satisfactoria al viajar a lo largo y ancho de Castilla y León es el turismo literario, a través de las figuras de Miguel Delibes y de José Zorrilla en Valladolid, de Miguel de Unamuno en Salamanca, de Antonio Machado y de Gerardo Diego en Soria, de Santa Teresa de Jesús y de San Juan de la Cruz en los pequeños pueblos abulenses de Gotarrendura y de Fontiveros y del Cid en la pequeña localidad burgalesa que, precisamente por él, recibe el nombre de Vivar del Cid, ello por no hablar por la relación que tuvo con la comunidad autónoma —en concreto con Valladolid— Miguel de Cervantes. 

 

En definitiva, las posibilidades que ofrece Castilla y León para satisfacer cualesquiera intereses y deseos viajeros están ahí, listas para ser descubiertas y, sobre todo, debidamente valoradas y apreciadas.

 

Madrid, 26 de agosto de 2025

Sergio Gonzalo Rodrigo

Asesor de viajes, escritor de viajes e investigador del viaje como actividad, como fenómeno y como disciplina

Promotor y autor del blog de viajes Innoviajando y de la web Literatura del Mundo.

 
 
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