El delegado de clase

Hubo un tiempo en el que ser delegado imprimía carácter, como algunos sacramentos; se llevaba grabado durante toda la vida. Por eso no era extraño que, pasando el tiempo, te encontraras con alguno de esos modélicos compañeros ejerciendo como gerente de una empresa o, entonces se decía así, como político con carisma.

El molde que los definía a todos era un comportamiento impecable, unos gestos moderados, una educación exquisita y unas calificaciones sobresalientes, valga la redundancia.

No éramos más listos que ahora, pero sí menos tontos; por eso, afinábamos mucho en esas elecciones de las que resultaba quien iba a defender nuestros derechos durante un año, además de borrar la pizarra y otras responsabilidades mínimas.

Como adolescentes, no podíamos admitir la perfección como modelo; algo debería chirriar para que nuestros hormonados cuerpos se ajustaran al momento que vivíamos.

Así, vino Dios a vernos aquel curso en el que un compañero tuvo la genial ocurrencia: votaríamos para delegado al más tonto de la clase. Pensando que quizás los demás no seguirían la broma, cada uno fue alimentando ese sueño erótico al depositar la papeleta con el nombre del imbécil en una bolsa de basura – ¡qué buena metáfora! – que hacía las funciones de urna.

Benito Aldonza, que era el primero de la lista, fue el encargado de anotar en la pizarra los nombres que iba cantando el tutor. Ni que decir tiene que el zote salió elegido por mayoría absoluta. La risotada – al menos fuimos conscientes de la sandez -, dejó un eco que aún hoy se puede oír.

El caso es que, por esas cosas de la democracia, estuvimos representados durante todo un curso por lo que en estas tierras viene denominándose “un ser”. Un ser que no reivindicó nada a la dirección del centro, no realizó ninguna propuesta de mejora, no facilitó información alguna y en las reuniones no era el lápiz más afilado del estuche. Durante ese tiempo no ganamos ni un minuto de recreo, no subimos una décima en los exámenes ni supimos de excursiones y otros ocios.

Por si fuera poco, la broma, pronto tuvimos noticias de la imagen que se crearon de nosotros los otros alumnos, los profesores, los padres,…! Porque, nos dimos cuenta tarde, el ridículo del delegado era nuestro ridículo y su tontería nuestra tontería.

Con la lección aprendida, al curso siguiente volvimos a votar a Zacarías, que para eso era el más alto, el más guapo y el más listo; se llevaba bien con todos y hablaba, como decía el de Sociales, con elocuencia; lo que viene a ser como que era capaz de venderle una nevera a un esquimal. Y claro, ganamos tiempo de recreo, volvimos a los campamentos y recuperamos la benevolencia del profesorado en los exámenes que se agarraban a su misericordia, como náufrago a una tabla, cuando apenas la salvación se encontraba a una o dos décimas.


Sea por la edad, por la velocidad que ha tomado el mundo o por volver a hacer la gracia, nos vemos conque otra vez el planeta se está llenando de inútiles que tienen bajo su mando grandes comunidades e incluso países enteros. Lumbreras que no pasarían un examen de cuarto de primaria ni copiando; indoctos incapaces de hilar dos frases seguidas sin soltar una majadería; necios que, por eso de la democracia y porque ahora no somos menos listos que antes pero sí más tontos, jamás hubiéramos pensado que nos iban a representar. Pero, claro, unos por otros, cada uno pensando en que los demás no serían tan gilipollas, los votos acabaron en la basura.

Quizás es que no eres consciente de que el ridículo de quien votaste es tu ridículo, su tontería tu tontería. Su sueldo no, claro.

Porque, si de lo que se trata es de seguir actuando como adolescentes sin cabeza, esta vez la broma se nos ha ido de las manos.

Javier S. Sánchez

Escritor

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