
La protagonista de esta historia es María García Sancho, mi tía. Nacida en Codorniz hacia 1900 y fallecida en Arévalo en 1978.
Estos hechos nos los contaba, ya jubilada y con cierta nostalgia, en sus últimos años de vida. Ella se encargaba de curar al joven soldado las quemaduras de las manos en el Hospital de Valdecilla, donde trabajaba de enfermera. Ocurrió durante la guerra civil (1936-1939).
Cuando María García Sancho se jubiló, se fue a vivir a Arévalo con su hermano Luis, y le asistió como enfermera varios años en su consulta de dentista, situada en la plaza del Arrabal.
Murió en la casa familiar en 1978, aquejada de demencia senil, ocho meses después de que falleciera su hermano «Luisito» como ella le llamaba de forma cariñosa, ya que era algún año mayor que él.
Nunca supimos si entre aquel joven soldado y María hubo algo más que una relación enfermera-paciente, pero intuimos que sí, pues en los años sesenta rara vez se hablaba de la guerra civil, «aquellos años canallas», como la oí decir en alguna ocasión.
Historias sencillas como esta, pero trágicas por sus consecuencias, deben ser contadas y recordadas, pues apenas queda ya gente que las viviera en primera persona.
Sólo la memoria histórica, si se hace colectiva, puede evitar que hechos trágicos y repudiables se repitan.
Me pregunto por qué hay gente que quiere derogar la ley de memoria histórica y por qué les vota tanta gente.
El soldado y la enfermera.
Se lo llevaron un día
con sus manitas quemadas,
se lo llevaron un día,
un día de nubes blancas.
Cuatro camisas azules
con su diestra levantada
irrumpieron a buscarle
a las diez de la mañana.
Se lo llevaron a rastras
desde su lecho a la zanja,
tenía cara de niño,
y muy limpia la mirada.
Cuando fue a curar sus manos,
María quedó asolada,
estaba caliente el hueco
de su cabeza en la almohada.
Corrió y corrió a detenerlos
con su cabeza tocada,
recorrió todo el pasillo
hasta que llegó a la entrada.
Al camión ya lo subían
con sus dos manos atadas,
con su carita de niño
y una expresión muy clara.
María gritó su nombre,
para que él se girara,
sus miradas coincidieron,
sus sonrisas enfrentadas.
Ella intentó detenerlos,
les rogó que lo bajaran,
a los camisas azules
dijo que no había hecho nada.
Ella preguntó furiosa
que por qué se lo llevaban,
ellos dijeron por rojo,
él les contestó por nada.
Le dieron un culatazo,
le ordenaron que callara,
con sus camisas azules
y gritando viva España.
Le subieron al camión
del que nadie regresaba.
Él sonrió a María
para evitar que llorara.
Levantó sus dos manitas,
sus dos manitas quemadas,
y se las llevó hasta el pecho,
sus labios dijeron gracias.
Jamás le volvió a ver,
ni a darle galletas mojadas
en una infusión de achicoria
por la tarde a pie de cama.
Él era un joven muchacho
de una aldea segoviana,
ella una buena enfermera
que en Valdecilla curaba.
Con lágrimas en los ojos
vio como el camión marchaba,
las gaviotas se callaron,
y enmudeció la calandria.
Se lo llevaron un día,
un día de nubes blancas,
el cielo se puso rojo
a las diez de la mañana.
Luis J. Martín García-Sancho
Romance basado en hechos reales.




