Esperando a León XIV

Aún retenemos en la pupila la imagen de Juan Pablo II (ahora santo) oficiando la misa en el lienzo norte de la muralla ante cientos de miles de personas coincidiendo con el IV Centenario de la Muerte de santa Teresa de Jesús.

 

Siendo que hemos entrado en Año Jubilar por cumplirse trescientos años de la canonización de san Juan de la Cruz y cien de su proclamación como Doctor Místico, no veo mejor propuesta que la que se ha planteado desde la cuna del Santo: invitar a que Su Santidad, León XIV, visite nuestro pueblo.

 

Sin duda va a ser un evento que pasará a los anales de la historia y con ello Fontiveros se convertirá por fin en lugar de encuentro, espacio para la difusión de la cultura y entorno para la ubicación definitiva de aquel faraónico polígono industrial que yace en algún cajón del consistorio.

 

Observo, sin embargo, la poca fe de quienes han realizado esta propuesta. En otro caso, cualquiera que curse una invitación a su casa y tenga alguna esperanza de que acudan los convocados ya estaría pasando mopa y renovando la decoración para hacer más agradable la visita; más aún cuando se trata de quien lidera una comunidad de mil cuatrocientos millones de miembros, amén de su calidad de jefe de estado.

 

No vaya a ser que, una vez que el helicóptero tome tierra, ­­—las carreteras no están para tanto séquito—, tenga a bien Su Santidad conocer las bondades de la Villa.

En ese caso, como les sucede a los turistas, acudirán no pocas dudas a su preclara mente.

 

Se preguntará León XIV qué fue de aquel Centro Obrero Católico que, como muchos otros, nació a iniciativa de su homónimo León XIII. Observará que Fontiveros, noble nombre de origen romano, ahora es, o no, “Villa de la Poesía” porque así se dice y se desdice en calles y documentos. Intentará descifrar lo que dicen los tótems deslucidos que tratan de informar sobre iglesias y palacios; observará la dejadez del entorno de la casa del Santo, óxidos y otros vestigios; tratará de entender lo del “Espacio” y sus cuatro elementos, una biblioteca en lo alto y un auditorio mínimo; entrará en el laberinto de una plaza donde conviven hasta seis personajes o en el de las calles nombradas y las sin nombrar. Al cruzar la puerta santa se preguntará por esa cruz que la precede y que recuerda épocas felizmente pasadas, pero que se mantiene por incumplimiento de la ley. Y trasladará otra vez a los obispos su preocupación por el riesgo de que la fe se contagie de ideología, desde la ultraderecha mayormente y con la consiguiente “instrumentalización de la iglesia”.

 

Descubrirá León XIV un pueblo morañego venido a menos por la dejadez y la abulia, despoblándose a pasos agigantados sin que nadie haga nada por evitarlo salvo algunos masajes tanatoprácticos que intentan disimular su deterioro.

 

Con estas y otras muchas dudas volverá a Roma Su Santidad; y con muchas más si se llegase a enterar de que hace ya diez años hubo un intento de revertir la situación y en el que se implicó todo el pueblo; pero que por esos extraños movimientos que escapan a la lógica humana, y a la ley, se optó por la dejadez y el parcheo. Y en esa estática dinámica nos encontramos.

 

Ya falta menos para el próximo centenario (1942). Quizás sea momento de redactar una nueva misiva, pero sobre todo de acomodar la casa a todos los visitantes, ilustres o no. En otro caso, “disfrutaremos” de otros diecisiete años de barbecho.

 

Javier S. Sánchez

Escritor

 
 
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