
La Torre del Reloj se yergue en su esbeltez para adivinar un atardecer que se presiente entre nimbos rosáceos y profusos pentagramas que acompasan las horas. Vigía de la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, protege en su inmediatez otra de las joyas arquitectónicas de la Villa: el Palacio de Valdeláguila. Se conforma así un espacio donde la historia y el patrimonio conviven con el bullicio que en verano, como en toda La Moraña, rompe el sosiego del resto del año.
La iglesia, tan de discretas dimensiones como de facciones rotundas, viene a acoger un evento que cada año nos reconcilia con aquellos que labraron estas tierras, tejieron los filandones de su historia y se convocaron tantas veces a la liturgia para celebrar la vida al amparo del órgano barroco.
Fuentes de Año se apresta a oficiar un nuevo rito en torno a la música, al arte y a la cultura. El templo, abarrotado, iluminado en la luz de cientos de miradas, se ha vestido de gala para acoger de nuevo la propuesta de Ars Combinatoria y la Asociación Organaria; un concierto que envuelve, que restaura, que cura; porque en su intención está recuperar el órgano barroco que naciera de las manos de Isidro Gil en 1787 y que enmudeció pasado el ecuador del s. XX. En el coro, tal vez olvidado, como el arpa de Bécquer, espera la mano de nieve que venga a arrancarlas notas que tiene guardadas desde hace unas décadas.
La terapia consiste en devolver este instrumento a la vida, precisamente, con notas y acordes de los siglos que lo escucharon en toda su inmensidad. Una suerte de hechizo, tratando de recuperar su memoria con las mismas obras que salieron de su teclado, de sus registros, de sus tubos. Las Flores de Música se presentan en dos ramilletes del franciscano tarraconense Antonio Martín y Coll (1660-1734) que son cortejados por Sonata de cámara de violín y bajo del barcelonés Francisco Manalt (1710-1759), Sonata para clave del napolitano G. Domenico Scarlatti (1685-1757) y Sonata para violín y bajo continuo del madrileño Juan de Ledesma (1713-1781).
Alberto Iglesias, organista, ejerce como maestro de ceremonias. Sus palabras exhortan al recogimiento obligado en esta triple conjunción: la propuesta de Organaria, la excelencia de Ars Combinatoria y el entorno místico que acoge el concierto. Fuentes de Año es cita obligada, punto de encuentro en esta cita donde la música se convoca a sí misma en un órgano barroco enmudecido por las edades.

El arco del violín de Elsa Ferrer es la batuta que, acompasando el silencio que asciende hasta la cúpula, recorre este ramillete de obras. Malena Agustino corteja con el violonchello y Canco López incorpora tal colorido con el clave que nos transporta a un siglo XVIII impregnado de clasicismo.
Ligereza y desenfado caracterizan a este concierto que “nos sitúa en el estilo galante y propio de la época y revelan los inicios del estilo clásico”, como reza el propio programa del acto. Y añade: “En un momento marcado por las obras para teclado, rescatamos aquí algunas Sonatas para violín y bajo a modo de reclamo del protagonismo que viene teniendo este instrumento en el barroco”.
Los músicos referidos están ligados a la corte española de Fernando VI, muchos formando parte de la Real Capilla de S.M.C., aportan un carácter popular u una frescura liderada por las inquietantes modulaciones, así como por la variedad rítmica que dan una coloratura especial y propia de la España de la época.
Un año más la música se ha recreado en el corazón de La Moraña para sanar la afonía de un órgano barroco que quiere sonar a los cuatro vientos, desentumecer los silencios que acoge este mar de trigo y que son alma y costumbre de los hombres y mujeres que lo habitan.
Javier S. Sánchez




