Líderes

Dice María Jesús Álava, psicóloga que sigo desde hace tiempo, que “el verdadero líder es quien saca lo mejor de todos los que están a su alrededor, que potencia sus cualidades, ayuda a superar los déficits que presentan y lo hace en un marco de alegría, de magnetismo, de seguridad personal, de equilibrio emocional y de positividad”. Y añade: “El líder tiene un profundo conocimiento de sí mismo, sabe encauzar sus emociones, nunca pierde la calma…”.

 

Con estas premisas uno piensa en si la palabra líder no se estará prostituyendo por omisión, por falta de referentes a quienes imitar, o por exceso de ídolos de barro que se desvanecen como azucarillos de moda.

 

Y recuerda aquellos tiempos que, no son mejores por pasados, en que podía dibujar a Jesús de Nazareth – carátula de Jesucristo Superstar- y al Ché Guevara en las dos caras de un folio en un centro religioso sin que nadie se escandalizara por ello; bien al contrario, se aplaudía esa dicotomía. Y también, en esas dos líneas, podía seguir a Hans Küng y a Leonardo Boff por la teológica, y a Víctor Jara y a Violeta Parra o a los Beatles por la profana.

 

En todo caso, un maestro era un referente, como lo eran los padres, la señora que te encontrabas en la calle Embajadores o el profesor de gimnasia que nos prestaba el Leopoldo Cano y con quien aprendimos a jugar al rugby en campos de tierra – no había Betadine para tanto rasguño-. Y lo era Ramiro, gurú que nos mostró el camino del yoga cuando El Retiro madrileño aún no se había convertido en cátedra de diplomados en un fin de semana. Y lo era Lesmes, el matemático; Elgóibar, a quien intentaba colar mis chuletas de química y las monjas del Ave María que nos organizaban encuentros con sus novicias en fin de semana.

 

En ausencia de las virtudes que todos ellos atesoraban y eran capaces de transferir, ahora se hace pasar por líder a un político obsceno, a un deportista marrullero o a una youtuber inculta y maleducada. A fin de cuentas, para determinados quehaceres solo se pide tener 18 años, a veces ni eso. ¿Qué podemos esperar?

 

Como todo es susceptible de empeorar estamos elevando a los altares a auténticos mostrencos, con título- eso sí, y es lo grave- que lo mismo asesoran a los antes citados y de ahí su desgracia, de aquellos, o los colocan delante de un grupo de alumnos para desgracia de ambos. Así asistimos a cursos y ponencias en los que se afirman auténticas barbaridades, se desconoce lo básico de la lengua o de la historia, o se defienden postulados llevados más allá de la falacia. ¡Pobre de aquel que se atreva a hablar de la desnudez del rey! Caerá sobre él y todos sus descendientes la maldición sobrevenida de una sociedad que reclama a gritos el derecho al analfabetismo; y que no señala al inculto, al zote ni al grosero, sino que se vuelve y revuelve contra el atrevido que puso al supuesto docto frente al espejo de su insensatez y la de quienes permiten que lleve el timón de una nave que le viene grande de manga y eslora.

 

Ya es triste que nos desgobiernen auténticos cafres con menos luces que un barco pirata, siempre elegidos democráticamente, como para añadir al caldo semejantes mediocridades.

 

Confío en que la señora Álava, experta en las cosas de la vida y excelente comunicadora, tenga más motivos para el optimismo.

 

 

Javier S. Sánchez

Escritor

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