Los grandes incendios forestales, presentes en España desde el siglo XVI, cuando también había «cambio climático»

Revisando algunas crónicas de corresponsales de medios de comunicación extranjeros, como la BBC, televisión pública del Reino Unido, cuyo rigor y criterio períodísticos están sobradamente acreditados, el lector, oyente o espectador puede encontrarse algo así: 

 

Un verano más, España es pasto de las llamas.

Pero los incendios forestales que suelen producirse en esta época en el país europeo están siendo este año de una virulencia inusual, en medio de sucesivas olas de calor que han hecho que las temperaturas superen máximos históricos en muchos lugares.

 

Bomberos y vecinos de las zonas afectadas combaten una veintena de grandes incendios activos en diferentes puntos, sobre todo en las provincias de Orense, Zamora y León, en el noroeste del país.

 

Unas 350.000 hectáreas de terreno han ardido en lo que va de año, según el Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS, por sus siglas en inglés), lo que convertiría a 2025 en el peor del siglo en cuanto a superficie quemada.

 

Cuatro personas han muerto, entre ellas tres bomberos que se enfrentaban al fuego, y miles de personas han sido evacuadas ante en avance de las llamas.

 

El Gobierno ha movilizado a 4.000 militares para apoyar a los bomberos locales y ha pedido ayuda a la Unión Europea, que ya ha comenzado a enviar medios materiales y personales, en lo que la prensa española describe como «el mayor contingente de ayuda internacional de la historia» del país.

 

Pero lo peor aún no ha pasado

El presidente español, Pedro Sánchez, ha advertido de que al país le esperan aún días «complejos» y la Agencia Estatal de Meteorología alertó este lunes de que, aunque la ola de calor empieza a remitir, sigue habiendo un «riesgo de incendios muy alto o extremo en la mayor parte de España».

 

Cuatro claves ayudan a entender por qué el fuego está causando tales estragos en España en 2025:

 

1. Una primavera de lluvias y un verano extremo

La ministra de Defensa, Margarita Robles, aseguró que «la Unidad Militar de Emergencias no ha visto nada igual en sus 20 años de actividad», refiriéndose a los efectivos del ejército dedicados a hacer frente a los desastres y emergencias en España.

El país ha vivido desde el pasado junio sucesivas olas de calor que se han prolongado más de lo habitual y han hecho de este uno de los veranos más calurosos que se recuerdan.

El calor y sequedad extremos de las últimas semanas contrastan con una primavera que fue inusualmente lluviosa y en la que la gran cantidad de precipitaciones contribuyó a que creciera la vegetación. Esas plantas, ahora secas, aumentan la magnitud de los incendios a los que se enfrenta el país.

«El fuego favorecido por el calor extremo se encuentra con mucho más combustible en forma de vegetación del que suele ser habitual», explicó en conversación con BBC Mundo Víctor Fernández García, experto en Ingeniería Forestal y Agraria de la Universidad de León.

«La situación es bastante grave. Ha habido otros años con incendios de récord, pero este año el impacto social, el sufrimiento de la gente, está siendo mayor», indicó el experto.

 

2. El impacto del cambio climático

Las autoridades y los científicos han achacado la virulencia de los incendios de este verano en España también al cambio climático.

La ministra Robles indicó que es debido a ese fenómeno provocado por la acción humana por lo que ahora los fuegos tienen «características distintas» que hace más difícil la respuesta.

Fernández García afirma que «algunos de los incendios tienen frentes de más de 100 kilómetros y esas son dimensiones inabarcables».

Algunos de los frenos que se utilizan habitualmente en un país tan acostumbrado al problema de los incendios forestales, como los cortafuegos en el monte, se han visto desbordados.

«Las circunstancias son excepcionales y nada está funcionando cómo debería», indica el experto.

Y las circunstancias excepcionales parecen deberse mucho al cambio climático.

«Sabemos que la región mediterránea es una de las más afectadas y estamos viendo incendios similares en otros países, como Portugal, Grecia o Turquía», señala Fernández García.

En ellos, la coincidencia de veranos secos y cada vez más calurosos con especies vegetales que arden con facilidad, como el pino resinero, contribuyen a que haya más incendios y mayores.

«Sabemos que ahora arden más cosas de noche y se ha alargado la estación en la que pueden producirse los incendios debido al cambio climático», indica el experto.

 

3. El abandono del campo

Otro de los aspectos que contribuye a los incendios son los cambios en el paisaje que se han producido en España a medida que se han abandonado las tradicionales tareas agrícolas y ganaderas en beneficio de otras más rentables.

Fernández García explica que «antes había un paisaje marcado por los pequeños huertos o fincas que estaban al cuidado de quien las explotaba, pero muchas se han vaciado, lo que ha permitido que se extiendan la maleza y otra vegetación, dando lugar a un paisaje más continuo en el que el fuego se propaga más rápida y fácilmente».

A medida que el desarrollo económico ha empujado a muchos españoles del campo a la ciudad, han quedado vastas áreas poco pobladas en las que grandes superficies de terreno no tienen uso ni mantenimiento, como sucede en algunas de las zonas noroccidentales más castigadas este verano.

 

4. Falta de prevención

Los esfuerzos se centran ahora en la extinción y después llegará el momento de la búsqueda de responsabilidades, aunque los expertos reclaman que se haga un mayor énfasis en la prevención.

 

«Ha quedado claro que el monte no está gestionado», indica Fernández García, quien señala algunos errores que cree se han cometido en su país.

 

«Las leyes restringen practicas habituales antes, como las quemas controladas, y hemos aprendido que muchas veces un poco de fuego para quemar rastrojos y maleza puede servir para evitar que más tarde haya demasiado fuego».

 

Fernández García cree que deben estudiarse opciones para darle uso al suelo forestal y fomentar alguna forma de ocupación y explotación del campo.

 

Otros expertos señalan que la inversión pública para el mantenimiento y limpieza de los bosques no ha dejado de reducirse en los últimos años y muchos propietarios privados no cuentan con los medios ni las subvenciones como para gestionar sus terrenos forestales.

 

Permítaseme esta referencia periodística, cuyos destinatarios, en términos generales, son lectores y espectadores residentes o vinculados, de uno u otro modo, al Reino Unido, para hacer un paralelismo, sin ninguna finalidad científica, por supuesto, pero sí para reflexionar sobre las impulsivas y celéricas declaraciones, consideraciones, opiniones, argumentarios políticos que políticos, tertulianos, periodistas soldados sesgados y sectarios de uno y otro signo, y del público, en general.

El titular es absolutamente cierto y veraz, irrefutable, porque en España (antes Hispania, antes Asturias, Galicia, Castilla, Aragón, antes Castilla, Aragón y Navarra, Nápoles y Dos Sicilias y territorios del Nuevo Mundo) todos los veranos hubo, hay y habrá fuegos en verano, indefectible e inexorablemente, debido a que es en la estación estival cuando la atmósfera está más seca, cuando el aire se enrarece con el polvo en suspensión de las zonas más áridas, cuando se producen más y muy intensos fenómenso tormentosos, dado el rápido ascenso del aire recalentado, desarrollándose el proceso de ascensión, de coalescencia y de enfriamiento a velocidades rapidísimas y en tiempos cortísimos (eso es el «cambio climático», o mejor eso son anomalías climáticas porque tiempo y clima, por su propia naturaleza, continúamente son variables y cambiantes) que se transforman en gotas de agua más o menos gruesas o en bolas de granizo más o menos grandes que caen por la fuerza de gravedad generada por la atracción de la Tierra.

A partir de aquí, las exclusividades de los incendios de este verano de 2025 dejan de ser singulares, dado que hay muchas referencias históricas que dan testimonio de lo que sucedió en otros incendios veraniegos en España en siglos diferentes. 

En efecto, entre otros proyectos científicos desarrollados en los distintos centros universitarios, podemos agradecer la investigación geohistórica, desarrollada por personas investigadoras en la Universidad Complutense de Madrid (UCM), porque gracias a ese arduo y lento trabajo se ha podido obtener un registro documental suficiente que sirve para reconstruir la historia de los incendios forestales y analizar los cambios de régimen del fuego a lo largo de los últimos 500 años en el Sistema Central. Cabe recordar que la estadística oficial y sistemática data del año 1968, en nuestro país. 

Aunque no hay estadísticas oficiales antes de 1968, sin embargo, sí existe un registro oficioso creado por investigadores de distintos centros académicos universitarios y de investigación, como los datos aportados, relativos a los incendios forestales del Sistema Central, como es el trabajo geohistórico, liderado por la profesora de Geografía e investigadora de la UCM, Cristina Montiel, quien junto a otros colegas investigadores lo han llevado a cabo y, entre otras conclusiones, han formulado las siguientes: 

  • La mayor parte de los incendios ocurridos desde 1497 hasta mediados del siglo XX fueron incendios de baja intensidad y perímetro reducido – generalmente  menos de 5 ha – que se apagaban con los medios y sistemas de organización locales.
  • El fuego tenía una presencia muy frecuente en el territorio, pero con carácter controlado y solo con escapes accidentales.
  • No obstante, antes de la organización de la estadística de incendios en 1968, también se registraron incendios de grandes dimensiones para el régimen de fuego de la época – más  de 100 ha de perímetro –,  con diversos focos y varios días de duración, causados por el rayo o por causas accidentales, aunque la mayoría fueron intencionados y provocados en situaciones meteorológicas de elevado peligro, es decir, altas temperaturas, sequías prolongadas y vientos huracanados con cambios inopinados de dirección, lo que hacía muy difícil su extinción.

Montiel, C. (2024): Grandes Incendios Históricos, Revista Foresta, Colegio Oficial de, 88, pp. 16-19.

Lo que parece desprenderse de las múltiples investigaciones realizadas, es que el uso del fuego ha sido históricamente una práctica común para la gestión del territorio (generación de pastos, roturaciones, quema de rastrojos o residuos agrícolas, ….) y la cultura rural del fuego ha evitado hasta finales de los años cincuenta del siglo XX las manifestaciones catastróficas de los incendios forestales, porque era un recurso multiproducto necesario para la supervivencia de las personas que habitaban en núcleos de población con un territorio montaraz (vivienda, carpintería, calefactor, alimenticio, ….).

Todo lo cual mantenía el monte con poco combustible y limpio de broza inflamable potencialmente. En aquellos tiempos pasados, también anomalías climáticas con días o etapas más o menos largas de altas temperaturas, tormentas, fuertes precipitaciones, inundaciones, danas, gotas frías recurrentes, sequías prolongadas o vientos huracanados y con dirección cambiante de forma inopinada,…., lo cual lo que demuestra es que los incendios forestales no estaban condicionados porque hubiera un cambio del clima, sobre todo, porque el clima se encuentra en continuo y permanente cambio al estar condicionado fundamentalmente por la circulación atmosférica que, a su vez, está condicionada por las leyes físicas, los elementos y procesos complejos químicos, incluso por procesos biológicos (botánicos, zoológicos y antropológcos) universales, esto es, que forman parte de un todo, eso sí muy complejo, que convencionalmente lo científicos denominan Universo.

Por otra parte, aunque la presencia del fuego en el territorio fuera habitual, los incendios como tales, entendiendo por tal el fuego que se extiende sin control,  eran generalmente escasos y afectaban a pequeñas superficies, debido a la reducción del combustible que suponía la intensidad de los aprovechamientos y a la eficacia de los sistemas de organización social en el medio rural para actuar de forma inmediata y lograr la extinción rápida. En este contexto, las pérdidas ocasionadas no solían generar preocupación ni dejaban, por tanto, registro, salvo que tuvieran un valor importante a escala local, por motivos de propiedad o de producción.

Los científicos y expertos han concluido, hasta este momento y este estado científico de la cuestión, que «en realidad, los incendios se generalizan e intensifican a mediados del siglo XX, cuando el fuego deja de ser un fenómeno controlable por los habitantes del medio rural por diferentes razones (éxodo rural que genera pérdida de cultura territorial y de capacidad de gestión; cambios de uso del suelo que suponen una nueva naturaleza y distribución espacial del combustible; acumulación de combustible por transición energética hacia los derivados del petróleo; emergencia de nuevas formas de vida y comportamiento urbano, etc.) [cita]
Es decir, parece que estemos viviendo un «déjà vu», que diría un francés. Ahora no se vive un éxodo rural de los habitantes del campo a la ciudad, mano de obra que contribuyó al «éxito» del desarrollismo de la dictadura franquista durante la década de los años 60 del siglo XX; y también, a la reconstrucción y «take off» de las economías de los países europeos más pujantes y libres, económicamente hablando (Reino Unio, Francia, Alemania, Suiza, Benelux,…).
En la actualidad, se dan dos circunstancias que no se dieron entonces:
  • En primer lugar, la existencia de una mayor masa forestal (Castilla y León es la comunidad autónoma con mayor masa forestal y España ha conseguido incrementar su superficie forestal en un 55%, desde las repoblaciones de los años 50 del siglo pasado en la etapa franquista con una superficie foresal que supera los 28 millones de has.), fomentada por el sistema de vida occidental, por aquello de descarbonizar el CO2 (dióxido de carbono, anhídrido carbónico), contribuir a cerrar el agujero de ozono, disfrutar de la Naturaleza, evitar los fitosanitarios, … en fin, lo que se ha denominado, periodísticamente, vivir en armonía con lo verde en lugar con lo negro o lo invisible de la energía carbonífera o nuclear, aunque sorpresivamente, la UE ha incluido la energía nuclear entre las energía verdes, al lado de las renovables y sostenibles, como la energía eólica o la energía solar.
  •  
  • Y en segundo lugar, la despoblación y el envejecimiento de amplias zonas de España, como sucede en Castilla y León, Aragón, Extremadura, Castilla-La Mancha, Galicia, Asturias, Cantabria o una parte de Andalucía y otra parte de Cataluña y del Levante. Ya no pueden gestionar el monte como lo hicieron cuando eran jóvenes y activos, porque ahora son pensionistas ochenteros o nonagenarios. Simplemente no pueden y la Naturaleza sigue avanzando en las zonas deshumanizadas.

Es decir, la cantidad de comustible es inmensa y, cuando se produce un incendio, como fuego incontrolado, por causa accidental, natural o humana la clave es el viento y la humedad. Históricamente el mes de agosto es el mes que refleja las olas de calor o las temperaturas máximas más altas que llegan a superar con alguna frecuencia los 40ºC, acompañadas de una prolongada sequía con humedades relativas inferiorres al 30%. Si además se producen vientos incontrolados con velocidades altas (superiores a 30 ó 40 kms/h) entonces, se dan las circunstancias idóneas para que se produzcan los grandes incendios forestales (superficie quemada >500 has), que se están viviendo televisivamente, casi a diario, no sólo en España, no sólo en Castilla y León (antes Soria y Ávila, ahora Ávila, o Salamanca, o Zamora, o León o Palencia, ya no Soria, ya no Burgos, afortunadamente, apliquemos el modelo soriano y burgalés de la comarca de Pinares silvestres o la del Patrimonio en el Parque Nacional Sierra de Guadarrama, vertiente segoviana) sino allende los mares, como en California o Australia o la Amazonia, o Chile,… o más cerca en Portugal o Francia).

Estos grandes incendios han sido tipificados por los expertos y científicos en incendios forestales de 6ª generación por las características descritas a las que añadir su imposibilidad de extinción por el volumen de combustible y por las anomalías climáticas, incluyendo la variabilidad, sequedad y temperatura del aire que los mueve y que, además, les convierte en verdugos de vegetación, animales y personas, en fin, en destructores de los ecosistemas como si se hubiera producido un bombardeo con bombas incendiarias en una guerra.

Quizás, estos grandes incendios forestales ya se dieron anteriormente, no con las mismas dimensiones cuantitativas, pero sí similares, en otros términos, como causas humanas y causas naturales. Veamos algunos ejemplos.

Lo que nos cuenta la Historia

En el estudio histórico «El gran incendio castellano de 949 huella diplomática y memoria histórica de un desastre natural david Peterson» [Depto. de Historia, Geografía y Comunicación. Facultad de Humanidades y Comunicación. Universidad de Bur­gos. Paseo de Comendadores, s/n. E-09001 BURGOS. C. e.: dpeterson@ubu.es, trabajo se integra dentro de los proyectos de investigación El castellano norteño en la Edad Media (FF2016-80230-P) y Scriptoria, lenguajes y espacio agrario en la Alta Edad Media (HAR2017-86502-P), así como dentro del Grupo de Investigación Burgos-León-Valladolid. Fuentes escritas de Castilla y León (ss. vi-xvi) (BULEVAFUENTES) de la Universidad de Burgos, Ediciones Universidad de Salamanca Stud. hist., H.ª mediev., 37(1), 2019, pp. 139-164 Anales Castellanos Terceros (Compostelanos)] se escribe sobre ese año (en el artículo se argumenta que en lugar del año 949 pudiera tratarse del año 939) la expresión » sic fuit illo anno iniquo nefasto», refiriendo que:

«…un gran incendio a mediados del siglo X asoló la Meseta Norte, con especial incidencia en Castilla, dejando su huella no solo en las fuentes narrativas del momento y de generaciones posteriores sino también, de manera excepcional, en la di­plomática, donde se observa un pico extraordinario de actividad en los meses posteriores al desastre. Se aprecia de manera especialmente nítida en un incomprendido dosier de doce documentos, datados en el primer semestre de 950, que se refieren al monasterio de Buezo en la Bureba, pero que están insertos en el Becerro Gótico de Valpuesta. Esta inha­bitual coincidencia entre un hecho narrado en la analística y su huella en la diplomática ha pasado desapercibida hasta ahora, pero nos ofrece una perspectiva singular sobre el funcionamiento del campesinado en momentos de crisis y la relación entre tal coyuntura y la generación de actas notariales.»

Con todas las reservas de autencidad, puestas de manifiesto por los historiadores, de las crónicas medievales, parece que el cronista hizo una referencia a que allá por mediados del siglo X algo extraordinario ocurrió en la Meseta Norte, que tuvo como foco, especialmente intenso, a la comarca burgalesa de la Bureba.

Según la historiografía de la época, se trataba de un incendio de intensidad y extensión inusitadas, a principios de verano. Aunque, con el paso del tiempo, el recuerdo se fue modificando y confundiendo en diferentes géneros históri­cos, pseudo-históricos y legendarios.

En cualquier caso, se abre abanico de posibilidades analíticas de estudio: Los ritmos anuales de la vida rural y los efectos que un desastre de tal calibre pudo tener en la familia campesina; la relación de los campesinos con las instituciones religiosas y la función caritativa de estas; y el proceso de creación de los diplomas y el volumen anual de los mismos.

  • «949 flamma exivit de mari et incendit plurimas urbes, et villas, et homines, et bestias, et in ipso mari pinnas incendit: et in Zamora unum barrium, et in Carrion, et in Castroxeriz, et in Burgos C. casas, et in Birbiesca, et in Calzada, et in Pontecorvo, et in Buradon et alias plurimas villas combusit
  •  
  • Era DCCCCLXXVII kalendas iunii die sabbati hora IXª flamina exiuit de mari, et incendit plurimas villas et urbes, et homines, et bestias, et in ipso mari pinnas incindit et in Zamora unum barrium et casas plurimas et in Carrión et in Castro Xorit et in Burgis et in Beruiesca et in Calçda et in Panticorvo, et in Buradon et alias plurimas villas.»

En la Historia de la Literatura, igualmente, hay referencias a este acontecimiento del gran incendio del siglo X. Así, Gonzalo de Berceo, primer poeta medieval en castellano cuya vida transcurrió a caballo entre los siglos XII y XIII, benedictino del Monasterio de San Millán de la Cogolla (La Rioja) que glosó la vida de San Millán, incorpora una descripción geográfica del incendio refiriendo diez casas quemadas en Pancorbo (Burgos):

382 apareció en cielo una grant abertura,

ixien por ella flamas grandes sobre mesura.

387 levantóse el ábrigo, un viento escaldado,

avueltas d’el un fuego rabioso e irado;

movió de occident’ por muebda del Pecado,

Fizo grandes nemigas ante qe fuess’ qedado.

 

388 Por las Estremaduras fizo daños mortales,

encendiendo las villas, qemando los ravales;

socarrava los burgos e las villas cabdales,

por yermos e poblados faziendo grandes males.

 

389 Plegó a Santfagunt qemó una partida,

fue cerca de la media de Carrïón ardida;

por poco fuera toda Frómesta consumida,

Castro entre las otras non remanso senzida.

 

390 Forniellos del Camino fincó mal socarrada,

Oterdajos qe yaze en una renconada;

acorrióli a Burgos qe yazié derramada,

ca non era estonz’ en un logar poblada.

 

391 Qemó en Monesterio quanto delante priso,

en Pancorbo diez casas, ca parcir no li quiso,

muchos otros logares qe en carta non miso

en qui fizo el fuego escarnio e grand riso.

 

Gonzalo de Berceo, Vida de San Millán, ed. B. Dutton, 1992.

A continuación, a modo de botones de muestra, se incluyen algunos fragmentos de incendios históricos datados y recogidos en Incendios históricos: una aproximación multidisciplinar, obra colectiva coordinada por el profesor e investigador de Geografía Enrique Araque Jiménez, de la Universidad de Jaén, obra publicada por la Universidad Internacional de Andalucía en 1999, publicación que tiene su origen en el seminario ‘Presencia histórica de los incendios forestales en los montes’ que se desarrolló en la sede Antonio Machado de Baeza entre el 27 y 31 de octubre de 1997. En este encuentro de debate, los incendios se analizaron desde una perspectiva histórica, puesto que el fenómeno no es sólo actual, sino que hunde sus raíces en la noche de los tiempos, el conocimiento de estos desastres en la historia y de la respuesta de las sociedades afectadas es de gran interés para proyectarlo al futuro de la lucha contra el fuego.

En el año 1967, justo un año antes de que se iniciara la Estadística general de incendios forestales (EGIF), se publicó la siguiente información en una publación que se denominaba calendario meteo-fenológico con datos referidos a 1966:

Para finalizar esta breve enumeración de antecedentes históricos sobre los grandes incendios forestales registrados por la Historia, mencionar la labor que están desarrollando la profesora e investigadora de Geografía de la Universidad Complutense de Madrid y sus colaboradores, así como la de muchos otros investigadores que vienen buceando en los archivos y documentos de siglos pasados para alimentar la base de datos histórica que, entre todos ellos, están consiguiendo desarrollar.

En ese sentido, merece ser mencionado el artículo publicado por Montiel Molina en la Revista Foresta de la Asociación y Colegio Oficial de Ingenieros Técnicos Forestales y Graduados en Ingeniería Forestal y del Medio Natural quien, en su número 88 de 2024, en la sección de Apuntes describe como se está elaborando, desde 2010, a tráves de distintos proyectos de investigación, un Registro Histórico de Incendios Forestales (RHIF) en la UCM, siguiendo el modelo de la Estadística General de Incendios Forestales (EGIF), establecida a partir de la Ley 85/1968 sobre incendios forestales. Este RHIF ya contiene alrededor de 7.000 incendios ocurridos desde el año 1497, documentados y georreferenciados mediante un sistema de información geográfica vinculado, información que le ha servido para formular las siguientes consideraciones:

La investigación geohistórica desarrollada en la Universidad Complutense de Madrid ha permitido obtener un registro documental suficiente para reconstruir la historia de los incendios forestales y analizar los cambios de régimen del fuego a lo largo de los últimos quinientos años en el Sistema Central.

 

La mayor parte de los incendios ocurridos hasta mediados del siglo XX fueron incendios de baja intensidad, y perímetro reducido – generalmente  menos de 5 ha – que se apagaban con los medios y sistemas de organización locales. El fuego tenía una presencia muy frecuente en el territorio, pero con carácter controlado y solo con escapes accidentales. Pero, antes de la organización de la estadística de incendios en 1968, también se registraron incendios de grandes dimensiones para el régimen de fuego de la época – más  de 100 ha de perímetro –,  con diversos focos y varios días de duración. En ocasiones son incendios causados por el rayo o por causas accidentales, aunque la mayoría fueron intencionados y provocados en situaciones meteorológicas de elevado peligro.

Montiel, C. (2024): Grandes Incendios Históricos, Foresta, 88, pp. 16-19. 

 

La profesora Montiel hace una referencia a los grandes incendios forestales que, a finales del siglo XX, se convirtieron en una emergencia de protección civil.

Se considera gran incendio forestal, desde el punto de vista estadístico, aquéllos que queman más de 500 has. No obstante, desde un punto de vista técnico los grandes incendios forestales son los que quedan fuera de capacidad de extinción del sistema operativo, debido al comportamiento extremo del fuego por su velocidad, intensidad y altura de las llamas.

Los expertos y los técnicos indican que es el «cambio climático» la causa de la modificación del patrón de propagación de los grandes incendios forestales, a los que consideran inextinguibles, por los procesos convectivos (pirocumulos) que disparan su potencial y generan situaciones catastróficas, quemando y matando a personas, animales y destruyendo ecosistemas, casas, incluso pueblos, como se ha podido verificar en los incendios del mes de agosto de este año 2025 en las provincias de Zamora, Ourense, León o Palencia.

La cuestión es que gracias al RHIF de la UCM se puede aseverar con la profesora Montiel que «no es así»  porque «también había grandes incendios en el siglo XIX, en el siglo XVIII y en el siglo XVII. Eran incendios que escapaban a la capacidad de extinción del sistema de defensa local, a pesar del mantenimiento de las actividades rurales y de la carga controlada de combustible, y que alcanzaban perímetros inusuales para la época (más de 100 ha). Las pruebas documentales se conservan en los archivos y han quedado igualmente escritas en el paisaje.» 

Así se describe el gran incendio ocurrido en la localidad abulense de Piedralavas en el año 1777: 

«Con este motivo ponemos en noticia de V.S., que la noche del 24 del corriente, pusieron fuego por ocho partes en los pinares de esta jurisdicción, que no se ha conocido igual pues todo el vecindario estuvo empleado tres días en apagarlo”.

Así comunicaban los alcaldes ordinarios de Piedralaves en la carta que dirigían al Juez de Montes el día 31de agosto de 1777, una semana después de originarse el incendio, informaando del incendio que arrasó 1.508 árboles de pinos, robles, encinas nuevas y enebros, causando un grave perjuicio a la economía local de este municipio del Valle del Tiétar, en la provincia de Ávila.

Otras zonas geográficas abulenses en la vertiente meridional de Gredos, como La Adrada o el valle de Iruelas fueron pasto de las llamas por grandes incendios cuya extinción tardaba, como mínimo, 3 días seguidos, en el siglo XIX, según las aportaciones de Geografía Histórica de Montiel, como la siguiente que se refiere al gran incendio de agosto de 1898, annus horribilis para España, por otra parte, acaecido en el Valle del río Iruelas abulense, según relataba El Heraldo de Madrid, el día 20 de agosto:

  • “Densas columnas de fuego se elevaban a gran altura (…) El viento huracanado que estos días se ha sentido en esta región contribuyó en gran parte á que la catástrofe haya sido mayor.
  •  
  • El voraz elemento se propagaba con vertiginosa rapidez, incendiando kilómetros y más kilómetros de pinos. Las llamas alcanzaron á algunos trabajadores que, apenas se dieron cuenta del siniestro, se vieron envueltos entre ellas, de las cuales escaparon milagrosamente, emprendiendo vertiginosa carrera.
  •  
  • Para dar ligera idea de la intensidad y proporciones del incendio, bastaría decir que se ha encontrado cortezas de los pinos incendiados á cuatro leguas del lugar del suceso”.

¿Les suena esta música, tocada durante los últimos 30 días por un tal Francisco (Paco) Castañares, de Cáceres, que se ha paseado por todas las televisiones y emisoras de radio, como experto que ha sido y es, enfatizando en las condiciones de los fuegos del mes de agosto de 2025? Es idéntica. Una fotocopia. Falta la expresión «cambio climático».

También, el RHIF pone de manifiesto, siempre según Montiel, que los incendios registrados también se originaron por personas, accidental o intencionadamente, por causas naturales o, en su mayor parte, por causas desconocidas, aunque en el ambiente flotaban los intereses de agricultores, para ampliar sus explotaciones agrícolas en contra de la superficie del monte, o ganaderos para disponer de buenos pastos, o cualesquiera otros intereses creados de aquellas personas.

También, intervenía la Justicia, aunque infructuosamente, en la mayor parte de los casos, por falta de pruebas fehacientes. Entonces, lo de la piromanía y las sociopatologías no se contemplaban.

Parece evidente que la investigación geohistórica permite comprender cómo la influenencia de los estilos de vida y formas de organización social, de los sistemas de producción y aprovechamiento de los recursos, y de los sistemas de tenencia y propiedad de la tierra en el riesgo de incendios forestales en épocas pasadas. 

Curiosamente, como sucede actualmente, ¿no?

El fuego no sabe de olas de calor, ni de sequías pertinaces, ni de «cambios climáticos», ni de límites provinciales, ni de límites autonómicos, ni de distribución constitucional y estatutaria de competencias de prevención, extinción o restauración de los daños provocados por los incendios forestales de 6ª generación, curiosamente, como los del siglo XVI, XVII, XVIII, XIX ó XX. La vida tal como la conocemos no es original del siglo XXI. Si acaso una mala copia.

Nos engañan, nos confunden fácilmente con su sistema comunicativo, como si estuvieramos en la caverna platoniana. Utilizan los elementos de hoy, como si la vida actual fuera la única, la verdadera, la auténtica.

La vida actual, como el espacio, no se aleja mucho, en cuanto a incendios, tiempo o clima, de la del siglo XVI, bueno sí, ahora la mentira nos invade y agbruma por todos lados. Volvamos a la verdad y a la eficiencia, también en los incendios forestales.

Angel R. Sanz
Geógrafo
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