
La polarización existe desde que en el Paleolítico discutían los sindicatos de cazadores con los de pescadores y los pintores de Altamira con los de Tito Bustillo; desde que, necesitados de una AEMET que los previniera de anticiclones y borrascas, no les quedó otra que inventarse dioses por docenas para salvar el tipo y las cosechas, valga la redundancia.
Esta rivalidad mal entendida prosiguió entre los aficionados al arte mesopotámico, unos del Tigris y otros del Éufrates, y sus rivales del babilónico; entre platónicos y aristotélicos, entre los que crucificaron a Jesús y los que salieron a las calles a defender a un delincuente confeso como fue Barrabás; entre cartesianos y racionalistas. Conceptistas y culteranos gustaban de la competencia alimentada por sus ídolos, Góngora y Quevedo; lo mismo que los seguidores de los fabulistas Iriarte y Samaniego.
Carlos Marx nos previno del opio del pueblo, la religión; durante mucho tiempo el espacio de discusión lo ocupó el fútbol y ahora es terreno invadido por la política.
En todos los casos se trata de identificar a dos líderes y apuntarse a uno de sus clubs de fans. Claro, en la prehistoria tenía más caché debatir sobre la caza y la pesca que sobre los rodapiés de las cuevas; y luego, ser más de Kant o de Hume que de un mindundi que filosofaba en cualquier esquina de Europa; ser más de Miguel Ángel o de Leonardo que de un tal Francesco que esculpía botijos en la Toscana.
Aquí, el día antes de nacer, te apuntan al Barcelona o al Madrid; y luego, al Betis o al Sevilla, al Celta o al Depor. Pero siempre, primero, a uno de los grandes, no vaya a ser que tu hijo, burbuja sobreprotectora mediante, luzca la camiseta de un equipo perdedor y se rían de él en el colegio. Siendo maestro y para no discutir de fútbol los lunes, decidí hacerme del Villarreal. Y, claro, me caían por todas partes.
Quizás no importe tanto ser de hunos o de hotros -en lenguaje unamuniano-, lo que realmente importa es que ganes, aunque esa victoria te ponga al pie de los caballos y sin un billete de cinco para llegar a fin de mes. No comes, pero has ganado; no te suben el sueldo ni la pensión, pero gobiernan los tuyos,… Así, con hambre, sin luz y con hipoteca puedes salir a la calle a presumir de lo que no tienes e incluso de lo que debes; basta con citar a tu ídolo aunque por no tener no tengas ni argumentos para ello. Y siempre llevar una bandera. La que sea.
Los medios, ¿quién paga la tinta?, aúpan y destronan al antojo del faraón a quien más conviene en cada tiempo. Es importante que se propague un solo mensaje; o dos, uno para mancillar al enemigo, aunque sea con bulos, y otro para encumbrar a un títere, masculino genérico, que se preste a seguir un guion por ridículo que sea.
No importa si mejora la calidad vida de los ciudadanos, si hay más empleo, si se otorgan más becas para el estudio, si suben las pensiones, si sube el SMI, si ante el mundo estamos dando la mejor imagen en décadas; no importa. Hay que capitalizar el descontento, sea este real o ficticio.
Decirle a un pobre que es clase media es alegrarle el día, al menos hasta que vaya a comer y encuentre el plato vacío. Sus líderes siempre le agasajarán con palmaditas y selfis mientras siente el inmenso orgullo de pertenecer a la camada ganadora, aunque no sepa qué gana con ello; ni qué pierde. Es una superioridad que conmueve en su incongruencia, hasta provoca ternura si no fuera porque, además, enarbolan su indigencia con arrogancia, como les han enseñado.
Dicen que no hay nadie más ingenuo, digamos, que un pobre de derechas. Lo hay; es ser, además, pobre de derechos.
Javier S. Sánchez
Escritor




