
No es necesaria una mirada especialmente profunda a nuestro mundo actual, a nuestras distintas formas de vida, para darnos cuenta de que, cada vez con mayor intensidad, nos encontramos sumergidos en un estado de desarraigo con respecto a todo lo que nos rodea.
El imperio de la tecnología, la digitalización de cada vez más y más esferas de nuestra vida, la total dependencia de los dispositivos electrónicos y la conexión a Internet, la capacidad para recorrer amplias distancias sin apenas esfuerzo, el comercio internacional y el transporte continuo de mercancías han propiciado el caldo perfecto para que podamos vivir ajenos al entorno que habitamos, completamente separados del suelo que pisamos, del origen y coste de nuestros soportes materiales y de las tradiciones y la cultura propia, en fin, de todo aquello que nos hace ser quienes somos.
Todo ello sucede sin que prestemos atención al enorme coste ecológico que este ritmo de producción y consumo conlleva, pero también sin que seamos conscientes de su coste vital.
¿Qué significa habitar un lugar? Para la Real Academia Española, habitar significa “vivir, residir, morar, ocupar, poblar…” Lo primero que resulta sorprendente es que hasta la novena acepción del diccionario no aparece la palabra «arraigarse», y hasta la decimocuarte no aparece la palabra «convivir».
Habitar ya no implica, necesariamente, una relación profunda con el entorno ni con la identidad del lugar, no implica una vinculación comprometida con el espacio ni con sus gentes, hoy podemos “habitar” cualquier espacio de nuestro mapa sin apenas diferencias.
Las grandes ciudades se han convertido en espacios destinados al turismo y al consumo de una cultura y unos productos indiferenciados, normalmente provenientes de una “cultura líquida” igual en todo el mundo; la comida, el cine, la música, el ocio, la información es exactamente igual en cualquier punto de nuestras ciudades y pueblos, porque esto no sucede solo en las grandes urbes, sino que cada vez es más patente, también, en los pequeños entornos rurales.
Yo soy madrileño de nacimiento, y he vivido más de media vida en un barrio de la periferia del sur de la ciudad, pero llevo ya once años habitando un espacio rural de alrededor de 200 habitantes; claro está que mi vida se ha visto ampliamente modificada por este cambio, sería absurdo pensar que vivir en un barrio de una gran ciudad es igual a vivir al pie de la sierra, y esta reflexión debe entenderse como una dinámica general que empapa lo profundo de nuestras relaciones con el mundo que vivimos, después, en lo concreto, hacemos lo que buenamente podemos, que no es poco.
Hace ya décadas que se gestó el proceso de vaciamiento de los pueblos y, con él, se propició el silenciamiento de sus formas de vida, de sus culturas y de su hacer, una simplificación interesada de todo lo que tenía que ver con la España rural y una utilización para fines políticos y económicos; un éxodo enorme a las ciudades, a través de la promesa de un futuro prometedor y lleno de cantos de sirena que, ahora, podría parecer que se está revirtiendo gracias a la repoblación rural, al teletrabajo y a la “neo-ruralidad”; sin embargo, la reflexión que más me interesa en este caso es cuánto de las ciudades traemos a los espacios rurales los nuevos pobladores y cuánto de los espacios rurales estamos dejando que entre en nuestra forma de relacionarnos con la tierra, de “habitarla”. Cuánto sabemos de redes sociales, de conexiones a internet, de música y cine mainstream publicado en plataformas digitales; cuánto sabemos de cultura tradicional, de cultivar, de los calendarios de siembra, de plantas silvestres, cuánto de los oficios y saberes tradicionales del espacio en que vivimos. Cuántos podemos tararear la última canción de moda y cuántos sabemos bailar y tocar la jota de nuestro pueblo. Esta es la reflexión que me parece más interesante en este momento que me toca vivir.
Nos guste o no, los pueblos se han convertido en periferias de las ciudades, dependientes y vinculadas a su discurso, a su cultura y a sus herramientas; y este proceso de “periferialización” se ha producido en varios sentidos; por un lado, siguen siendo los ámbitos despoblados que sirven de espacio donde ubicar granjas, manufacturas, monocultivos, etc, que después alimentarán a las grandes urbes; por otro lado, se han convertido en nuestras “segundas residencias”, donde pasar fines de semana, festivos y vacaciones sin aportar y, en muchos casos, sin relación alguna con el entorno.
Esto ya es así, y no creo que exista posibilidad de modificarlo más allá de nuestros pequeños-grandes cambios vitales y personales; y lamento mucho no tener una respuesta clara ni una solución global a lo que, desde mi punto de vista, es un descarnado proceso de “gentrificación” de los pueblos, pero sí tengo una esperanza feliz en los pequeños movimientos de reapropiación de los territorios y las culturas tradicionales, en esos movimientos que, pasito a pasito, y desde una escucha y un respeto inmensos estamos trabajando para que esas formas de vida que vinculaban de una forma tan real, tan directa y tan profunda los territorios con la cultura y con la vida no se pierdan del todo y puedan hacernos aprender quienes somos y cómo podemos vivir de manera
más autónoma, más colaborativa, más enraizada y más lenta, mucho más lenta.
Porque, aunque pudiera parecer que, durante todo el año, los paisanos y paisanas que vivimos en las zonas rurales de la España vaciada vivimos en un letargo monótono y aburrido del que salimos cuando llegan los sábados, los puentes o el verano, cuando los pueblos se llenan de vida y el bullicio vuelve a las calles, nuestros pueblos están siempre vivos, y cada vez veo en más personas la necesidad de volver a habitar la tierra como lo hicieron nuestras antepasadas, de echar raíces profundas en el suelo que pisamos; con infinitas limitaciones, claro está, y con una realidad vinculada al mundo actual del que es imposible desprendernos, pero con la mirada puesta en la importancia de mantener un pie, al menos, en la tierra.

Un ejemplo de ello es esta misma revista, o los grupos de personas que trabajan cada día para recuperar músicas, danzas, semillas, oficios, maneras de relacionarse con el entorno que están muy pero que muy lejos de las conexiones 5G, de las redes sociales digitales (no de las redes sociales los domingos en la plaza), muy lejos del teletrabajo y de las segundas residencias, que se resisten a pensar que es lo mismo pisar asfalto que pisar las veredas.
Porque vivir un lugar es, ineludiblemente, vivir con un lugar, lo otro es “pasar por allí”.
Y que vivan los pueblos vivos.
Raigambre
Publicado en Revista Lazos nº 84, pp 2-3
40389-San Pedro de Gaíllos – Segovia
Imagen: Julio Suárez




