Sánchez

El enigmático mundo de la antroponimia nos concede a unos la condición de ser ciudadanos de a pie y a otros, por lo que sea, la de ser descendientes de la pata del Cid.

 

De unas elecciones a esta parte, los “hijos de Sancho” vemos nuestro apellido en calles y plazas, esquinas y rincones de la prensa patria. Así, nos hemos enterado de que “Sánchez ha roto España”, “Sánchez ha regalado un palacete al PNV”, “Sánchez viaja mucho en avión”, “Sánchez es un dictador”, “Sánchez provocó el apagón y la DANA” y “Sánchez me quiere matar”.

 

Viajando por Aragón hemos comprobado que no hay falla alguna, que los más falaces pueden hablar catalán en la intimidad, darse la oportunidad de pasear por la Rambla o admirar la Sagrada Familia, abrir los brazos y la mente. El aire del mediterráneo, Serrat lo sabe, es buena terapia para los “-ismos”.

 

Debe de resultar engorroso estar explicando lo mismo durante cuarenta años porque, ¡Dios les ampare!, hay quienes no salen del mismo discurso iterativo y tedioso. El Señor no concedió el don de la oratoria a buena parte de nuestros servidores públicos; ni de la retórica; ni de la educación.

 

En este costado del árbol genealógico del mundo nos encontramos con familiares remotos con los que entroncamos, claro, en los primeros Adan y Eva Sánchez.

 

Marta Sánchez deslumbró con “Olé, olé” y, en un alarde de audacia, compuso una letra para el himno español que en nada mejora el “lala, lala, lalalala lala,…”. Tiene mérito. Alejandro Sanz, Alejandro Sánchez en realidad, nos deja en mejor lugar con su “Corazón partío”. La Santa de Ávila, Teresa Sánchez de Cepeda, está en otro nivel con su reforma y sus “Moradas”.

 

Con la llegada de Pedro el apellido ha cobrado una visibilidad inusitada. El humor rancio y chapucero, haciendo gala de su ficticia originalidad, se refiere a él como “Perro Santxe”, “Su Sanchidad” o “Sanchinflas”. Uno, admirador de grandes creadores como Gila, Tip y Coll o Javier Cansado, se pregunta cuántas neuronas son necesarias para componer tan ocurrentes apelativos. El chiste, finalmente, es el propio humorista.

 

Solo se podía caer más bajo llamándole hijo de puta en el mismísimo Congreso de los Diputados. Pues también. ¡Y qué graciosa aquella salida de “Me gusta la fruta”! ¡Cuántos españoles acudimos al médico de digestivo, no ya para curarnos el estómago por el ataque de risa sino por los vómitos que nos provocó semejante genialidad!

 

Cuando no llegan a su altura, ya sabemos que fue jugador de baloncesto, másteres aparte, algunos acuden a Procusto para que les estire las piernas y, claro, acaban descoyuntados. Aplíquese también al cerebro.

 

En fin. Como la “Castilla miserable…, que desprecia cuanto ignora”, de Machado, la “España de charanga y pandereta, cerrado y sacristía”, del mismo autor, no soporta que nuestro país ocupe un lugar preponderante en el mundo, ejemplo de gestión y de democracia, con datos objetivos que lo avalan. Los del “cuanto peor mejor”, como no hay, inventan; como no saben, mienten.

 

Ajeno a estas escenas cómicas, a veces patéticas, Sánchez se ocupa de lo importante, aunque los buleros le culpen cada día de un apocalipsis que nunca llega. En ascuas estamos.

 

Y temblando, sirva la ironía, quienes somos Sánchez por partida triple.

 

Javier S. Sánchez

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