‘Trenólogos’

Estamos a un cuarto de hora de que la publicación de una noticia se produzca antes que la propia noticia, y no será por la falta de afán que muchos medios ponen para que así sea. La era de la inmediatez está ligada por momentos a la era de la estupidez.

 

Apenas una hora después del accidente de Adamuz ya se estaba elucubrando, escudriñando e indagando en las causas y, peor, ya se había juzgado a no sé cuántas personas como culpables de ese suceso. Así, sin anestesia ni nada, sin pizca de humanidad hacia las víctimas y sus familias.

 

Arribistas, pancistas y oportunistas empezaron a salivar en cuanto saltó la noticia de la tragedia. Algunos, más comedidos, solo tardaron horas en sumarse a la caterva de iluminados que, a falta de argumentos, comenzaron a especular con aquello que podría hacer más daño al “contrario”; sin darse cuenta de que a quienes más daño se hace es a las víctimas.

 

Por una vez, y que sirva de precedente, hemos disfrutado de cierta complicidad entre las distintas instituciones del Estado; eludiendo a quienes juegan en otra liga y algunas ranas que se salieron de la charca en cuanto vieron unos pobres insectos a los que tragarse sin pan ni nada.

 

Aumenta el consumo de palomitas cada vez que se produce una tragedia; ya no sé si por morbo o por contagio. Cada uno, como en coto abierto, nos acomodamos en el sofá a la espera de nuestra ración de información, y bulos a partes iguales, que nos habilite para ir al bar a opinar. Claro, suponiendo que opinar, tener opinión, consista en repetir lo que nos dicen que repitamos en cada serial que recrea lo que ha sido y mucho de lo que ni ha sido ni será. Porque hay que rellenar programas, “especiales” los llaman. La labor informativa viene a deslavazarse en ese maremágnum de voces de tertulianos que aparentan saber algo de algo. En este momento opinan sobre estos asuntos una senadora y el alcalde de una importante ciudad. Desconozco si entre sus numerosos títulos constan el de ingeniero industrial o maquinista. Balizas, incidencias, comunicaciones, agujas y catenarias.

 

Los hasta ayer “danólogos” han devenido en cuestión de horas en expertos en ferrocarriles, léase “trenólogos”. Mientras tanto, los ingenieros, peritos y técnicos especialistas en accidentes ferroviarios no dejan de dudar, de hacerse preguntas, de buscar donde hay y donde no hay, con absoluta prudencia y la sensatez que se aconseja cuando la situación es tan complicada.

 

Algunos comunicadores en pos del titular de titulares repiten hasta la saciedad la misma pregunta que nadie en su sano juicio va a responder. Pero, ¿y si cuela? Así, las tertulias de aficionados a todas las ciencias no dejan espacio sino al cotilleo y al visillo.

 

Ya estamos viendo las colas frente a las universidades de toda España donde, por fin, se empiecen a convalidar estas titulaciones que brotan al amparo de una ciencia infusa que, por generación espontánea, encuentra asiento como vulgar “okupa” en alguna materia gris.

 

Descubro que todo esto tiene un nombre: el Efecto Dunning-Kruger, “un sesgo cognitivo donde personas con pocos conocimientos o habilidades en un área tienden a sobreestimar su propia competencia, creyendo saber mucho más de lo que realmente saben”.

 

En fin, esta inmediatez que nos hemos impuesto solo lleva al desconcierto y a las falsas orquestas que, por definición, solo pueden sonar desafinadas. En Oriente, mientras tanto, entienden la prisa como “cosa del diablo”. Querer las cosas para ayer no ayuda a hacerlas bien, refrán que acabo de inventarme.

 

Javier S. Sánchez

Escritor

Compártelo:
Scroll al inicio