
La comarca de La Moraña posee suficiente atractivo para merecer una visita desde cualquier lugar del mundo. A un patrimonio histórico-artístico de primer orden se suma la belleza paisajística de los campos de cereal, una gastronomía digna de los mejores paladares -incluidos los caldos verdejos- y una historia jalonada por acontecimientos y personajes de renombre universal. En Madrigal de las Altas Torres nace Isabel “La Católica” y fallece fray Luis de León, Fontiveros es la cuna de san Juan de la Cruz, y Arévalo, “La ciudad de los cinco linajes”, acogió a la reina en su adolescencia y también a Íñigo de Loyola, además de ver nacer a fray Juan Gil, libertador de Cervantes.
A esta inmensa pléyade de incentivos, venimos a sumar lo que pertenece a lo que se viene denominando patrimonio inmaterial. Dentro de este ámbito, merece destacar el cielo morañego que, libre de obstáculos orográficos, se muestra en toda su inmensidad desde el amanecer hasta el ocaso, presentando desde un azul limpio y resplandeciente, a las más caprichosas formas dibujadas por cúmulos, nimbos y toda suerte de nubes que, bien ocultando o dejando pasar arbitrariamente la luz del sol, descubren cielos que invitan a la fantasía y al ensueño.
La contemplación de la totalidad de la cúpula celeste es un privilegio en esta tierra adentro que es Castilla y que invita al sosiego y la calma, más en un entorno marcado por la mística: aquí dejaron sus pasos el propio fray Luis, Teresa de Ávila y el santo de Fontiveros.
Pastores, los que fuerdes
allá, por las majadas, al otero,
si por ventura vierdes
aquel que yo más quiero,
decidle que adolezco, peno y muero.
(“Cántico espiritual”, san Juan de la Cruz)
Si hay un momento para guardar en la retina es el atardecer morañego, siempre diferente y siempre sorprendente; un prodigio de luz y color que día a día se convierte en una escena digna de ser contemplada en toda su grandeza. Una gama de rojos, naranjas, rosas, morados… que resultan de la dispersión de la luz y otros factores atmosféricos. Sin duda, la ausencia de contaminación favorece estos lienzos plenos de cromatismo y matices que, a veces, resultan imposibles.
Villanueva del Aceral presume de un enclave geográfico excepcional a mitad de camino entre Zamora y Segovia y en el corazón del triángulo histórico formado por Arévalo, Madrigal de las Altas Torres y Fontiveros. En sus calles permanecen las huellas de la madre Teresa, late la poesía de Jiménez Lozano, Premio Cervantes; se pueden escuchar los sones de la dulzaina de Agapito Marazuela y se deletrean las “Palabras que no lleva el viento” del maestro Adolfo Yáñez. Al paraje y al paisaje se añade, por tanto, un aliciente más: el paisanaje.
Por su extraordinaria ubicación, de entre toda La Moraña, Villanueva del Aceral ofrece la visión más espectacular del cielo al atardecer, cuando el sol se abandona en el horizonte regalándonos una escena sobrenatural plena de ternura y pasión a partes iguales.
A la belleza intrínseca del crepúsculo añadimos el cúmulo de sensaciones que genera el vínculo con la naturaleza. La opacarofilia, el amor por el disfrute de los atardeceres, nos aporta paz y sosiego, ayuda a reducir el estrés y la ansiedad, es una fuente importante de estimulación sensorial y mejora el estado de ánimo.
En España se han reconocido numerosos lugares como las “mejores” ubicaciones para contemplar el atardecer. Advertimos que en su mayoría se corresponden con zonas de montaña o de costa, lo que aporta una visión interesante y llamativa. Sin embargo, como señalamos, Villanueva del Aceral, desde este mar de trigo que es La Moraña, presenta un escenario único y libre de barreras que permite otear el horizonte en toda su plenitud, dibujándose levemente en la lejanía la torre mudéjar de san Nicolás en Madrigal de las Altas Torres.
Desde la laguna “La Tuerta” podemos atrapar, también a contraluz, estampas que pueden componer un abanico de escenas que acunan desde el efecto dramático del tenebrismo a la apacible cadencia de los colores cálidos que lentamente se difuminan en la distancia.
Igualmente, el paraje natural de “Rehoyo”, alejado de la contaminación lumínica, posibilita el encuentro con atardeceres desde el sigilo y la quietud de un lugar que enlaza con la historia y la tradición, siendo un punto neurálgico de la religiosidad en Villanueva del Aceral. Por su singular disposición es también un enclave de extraordinaria visión astronómica.
Este paso mágico de la luz a la oscuridad está preñado de enigmas desde la noche de los tiempos. Y significando la decadencia del día, la oscuridad, también viene a ser un símbolo de esperanza en el nuevo día que se abrirá tras la noche oscura.
¡Oh noche, que guiaste!
¡Oh noche amable más que la alborada!
¡Oh noche que juntaste
Amado con amada
amada en el Amado transformada!
(“Noche oscura del alma”, san Juan de la Cruz).
Porque el atardecer también ha sido oráculo para que los pastores y las gentes del campo aventuraran el tiempo que haría al día siguiente.
Légolas en “El Señor de los Anillos” adivinaba que “El sol se alza rojo, se ha vertido de sangre la noche”.
José Luis Cortés en “Un Señor como Dios manda”, y tomando como referencia Mateo 16:2, concluye su libro con “El cielo está rojo, mañana hará buen tiempo”.
Un atractivo turístico, por tanto, a añadir a las bondades que ofrece este entorno rural en cuanto a comunicación, localización de privilegio, pinceladas históricas y el silencio como reclamo y mejor alternativa a la vida agitada por la premura y la inmediatez.
El cielo de Villanueva del Aceral al atardecer es el bálsamo necesario, la terapia natural más eficaz en tiempos convulsos y la brizna de paz que nos devuelve al encuentro más entrañable: con nosotros mismos. El mismo cielo que avistaron reyes y místicos, músicos y escritores, lavanderas y labriegos, buscándose y preguntándose; o, simplemente, contemplando.
¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido.
(“Oda a la vida retirada”. Fray Luis de León)

Javier S. Sánchez




