Visto en la red: La encina, icono de nuestra tierra

La encina es el árbol más representativo de nuestro paisaje, aunque también aparece en toda la Cuenca del Mediterráneo.
 
Y a barlovento de las masas continentales, al suroeste de Chile, de África, Australia o Estados Unidos.
 
Hace dos mil años la Península Ibérica debió estar cubierta por vastos encinares. Pero el encinar fue sistemáticamente roturado por el hombre a través de los siglos, por la agricultura, el pastoreo, la demanda de leña, las guerras… Hay una gran demanda de cereales y se talan millones de encinas para sembrar. A mediados del s. XX se aprueba un proyecto megalómano, para repoblar 6 millones de hectáreas de pinos y eucaliptos. La idea es producir pasta de papel, para competir con Finlandia. Algo descabellado, por razones obvias. Nuestro clima y nuestro suelo nada tienen que ver con los países nórdicos. ¿Acaso sería lógico plantar millones de naranjos y olivos en esas latitudes? Pero los ingenieros forestales de la época decidieron talar robledales, castañares y encinares, para crear monocultivos de coníferas y de eucaliptos. Los pinos son como latas de gasolina, arden con gran facilidad.
 
Además el suelo se acidifica, impidiendo que otras plantas puedan crecer. Por su parte, el eucalipto absorbe gran cantidad de agua. De hecho se desaconseja su plantación junto a fuentes, pozos, manantiales o cañerías.
 
Durante mucho tiempo se utilizó este árbol para desecar lagunas y valiosas zonas húmedas. Las consecuencias de esta nefasta gestión forestal son bien conocidas. Incendios forestales, degradación del suelo, erosión y pérdida de biodiversidad. Siempre hubo incendios, es cierto, pero desde luego no como en la actualidad, porque el roble y la encina son menos combustibles.
 
Nada habría que objetar si los pinos se hubiesen sembrado en terrenos desarbolados, marginales, sin usos agrícolas o ganaderos. Pero se destruyeron los espléndidos bosques gallegos y de la Cornisa Cantábrica, los encinares castellanos.
 
Las secuelas de semejantes tropelías son evidentes. Cada año perdemos millones de toneladas de suelo fértil que van a parar al fondo de los embalses y a los mares. Ejemplo palpable es el del litoral mediterráneo, donde se deforestaron las cabeceras de los ríos y se eliminó el denso matorral que protegía las riberas. Las laderas quedaron indefensas ante las lluvias torrenciales propias de la zona, favoreciendo las inundaciones y avenidas que tanto daño han causado en los últimos tiempos.
 
La encina es el exponente más representativo de la vegetación mediterránea. Una planta leñosa, con hojas coriáceas, duras y resistentes, que poseen aceites esenciales, capaces de impedir la pérdida de humedad. Además, reflejan la luz solar, evitando así su recalentamiento.
 
De este modo la encina puede afrontar mejor los rigores del estío, contando también con las reservas que ha obtenido durante el otoño e invierno. Por otra parte, el aspecto pinchudo de las ramas y de las hojas disuade a los herbívoros. La hojarasca y las bellotas enriquecen los suelos más áridos e improductivos. Por eso, al cortarlas, el pasto desaparece a los pocos años. Las raíces se extienden bajo suelo, abarcando una superficie equivalente o superior a la copa aérea, algo poco habitual en el resto de los árboles.
 
Otra estrategia de supervivencia de la encina consiste en no perder las hojas, porque el proceso de fabricar y desprenderse de ellas supone un considerable gasto de energía. Además, los inviernos son más breves y suaves que en otras latitudes, donde abundan las especies caducifolias, que prefieren dejar caer la hoja para defenderse mejor del frío.
 
Hace dos mil años el paisaje ibérico debió estar tapizado de bosques y vastos encinares, desde Algeciras a la Cornisa Cantábrica, desde Portugal hasta Levante. Estrabón contaba en sus crónicas sobre las tierras de Hispania, que una ardilla podía cruzar la Península sin bajarse de los árboles. Y es que, hasta hace relativamente poco tiempo, el encinar ocupaba el 80% del territorio peninsular. La vegetación mediterránea no es, sin embargo, exclusiva de nuestro país, y aparece en toda la Cuenca el Mediterráneo.
 
La encina sustentó la economía de nuestros antepasados. Y es un seguro frente a la erosión, enriquece el suelo con nutrientes y regula el clima. Además, el encinar es un ecosistema pletórico que cobija la mayor parte de la fauna y flora de la Península Ibérica.
 
Pero las apariencias engañan, porque muchas encinas crecen sobre suelos ácidos y pobres, bastante degradados y no prosperan. En una sociedad que idolatra la productividad y el dinero, es de necios despreciar el valor económico del encinar, que gestionado de manera sostenida y racional podría proporcionar notables beneficios. Entre ellos generar biomasa para producir energía eléctrica.
 
Aunque no lo parezca, hace siglos La Moraña estuvo cubierta de extensos encinares. Pero fueron roturados y quemados en apenas cien años. Fue tal la devastación del paisaje, que los Reyes Católicos se quedaron horrorizados y ordenaron repoblar con pinos algunas zonas de la llanura. El encinar ocupa gran parte de la provincia abulense.
 
La encina es el icono de nuestra tierra y deberíamos protegerla. Sin ella, los suelos se empobrecen, la vida desaparece y la desertización avanza implacable. No es una visión ficticia ni pesimista. Ya está sucediendo, es la realidad.
 
José Luis Díaz Segovia
Publicado en La Llanura,  nº 152 Tercera época
Enero de 2022
 
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