Y el señor cura a sus misas…

Hemos disfrutado de un verano especialmente generoso en actividades culturales: mercados, festivales, observaciones astronómicas, teatros, recitales,… ¡Gran cosa es la cultura y cuánto bien hace a las cabezas!

 

Recuerdo cómo al clausurarse la muestra “Las Edades del Hombre”, que bajo el título “Credo” se celebró en Arévalo en 2013, el ingenio popular pregonaba aquello de: “Después del Credo viene la Salve”, en alusión a un viejo catecismo. Y añadía: “Sálvese quien pueda”. Así, quienes hicieron el agosto -ya pocos negocios se plantean a largo plazo-, de repente se vieron mano sobre mano en la barra o el mostrador de su empresa.

 

Vinieron después años de vino y rosas que se vieron cercenados por una pandemia que también procuró un buen agosto a no pocos pícaros que, con más pillería que ética, llenaron sus faltriqueras mientras los viejos agonizaban sin un respirador que llevarse a la tráquea.

 

La España vacía, cuando hace la calor, se desprende de sus guiñapos cotidianos – “Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. (A. Machado)- y se viste de bisutería para cumplir con programas creados “ad hoc” por quienes dicen gestionar lo nuestro. Así, una de cal y otra de arena, “panis et circenses”, olvidamos que no debemos olvidar que – “tanto vestido blanco tanta farola/ y el puchero en la lumbre con agua sola” – ferias y circos, sermones y panegíricos son costeados religiosamente por nosotros, los pecheros de a pie.

 

Los mismos romanos, que sabían manejar muy bien eso del circo, también cincelaron lo de “Post festum, pestum et post coitum, tedium”; es decir: “Después del festín, la fetidez; y después del coito, el tedio”. Dicho de otro modo, prepárense para la cuesta de septiembre, la vuelta al colegio con pocas trazas y menguadas del art. 27 de la Constitución del 78, la vendimia adelantada y el impenitente calor acechando sin tregua y olvidando que el otoño llama a la puerta.

 

La falsa España llena, que ha habitado nuestros abandonados pueblos durante apenas dos meses, se va con su espejismo a otra parte; allí donde los jóvenes aún no han perdido la fe. Se va con su ruido y sus nueces a su natural ecosistema, allí donde se ofician los verdaderos sacrificios, donde es imposible engañar y engañarse bajo la alarma del despertador y los pasos de esos relojes de última generación que nada dejan al azar.

 

Como Pablo de Tarso caeremos del caballo y la memoria nos devolverá, como las olas devuelven los cadáveres, a aquel 30 de junio en que se cerraron escuelas sin que nadie se soliviantara; los pueblos se ahogaban en la tristeza sin plañideras que los arroparan y los viejos salían al fresco cuando el sol se ponía en el silencio del atardecer.

 

Los pueblos de la España vacía vuelven a su inconsolable rutina, al mudo trasiego, al absurdo rito de las horas que marca el reloj del ayuntamiento cuando a nadie importa si es de día ni cuándo las noches son. La España vieja, se apoya en el quicio de una puerta que no ha mucho tiempo fue de doble hoja, esperando la tarde, la noche y otra vez la mañana en una rueda que solo se detiene cuando “llaman a quintas”.

 

Porque esta “España mía, esta España nuestra”, Cecilia, es el reclamo perfecto para el asueto y el jolgorio, la bulla y el sosiego. Y es, a juicio de los que llenan la otra España, remanso de paz y fuente de salud. Por eso, dejamos a los viejos a su suerte con la certeza de que es lo mejor para ellos, que vivan en sus casas, en sus calles, en sus pueblos; ese lugar del que nunca salieron y del que nunca saldrán porque eso es, ciertamente, salud. La salud del silencio, del canto de los pájaros, del agua de la fuente. Y también la “salud” del abandono, de la lentitud, del desamparo y la soledad. Por eso, como dice Don Félix, un señor de Riofrío: “Tanta salud no es buena”.

 

Se oirá otra vez el canto del gallo y la bocina del panadero, las campanas que cada vez tocan menos a misa y más a muerto.

 

Así, este trampantojo estival se esfumará durante diez meses y volverá de nuevo para hacernos creer que los pueblos se llenan, que las casas se abren y que las campanas no doblan. Seremos parte, otra vez, de esta figuración que nos permite hacer trampas al solitario.

 

Harán balance los ayuntamientos y saldrá a devolver pues, siendo importante la inversión en títeres y vinos españoles, la rentabilidad política compensa “tanto esfuerzo”.

 

Y esto así ha sido, así es y así será por los siglos de los siglos hasta que un día alguien se detenga un minuto y se pregunte: “¿Esto quién lo paga?”. Y descubra con asombro que es fácil disparar con pólvora del rey, y que esa pólvora el rey no la paga por mucho que se llene de gloria y aplausos como si así fuera. Y ese alguien se preguntará también si, realmente, de disponer de su parte de chequera la gastaría en eso mismo.

 

Honrosas excepciones han permitido a los vecinos de una y otra España aventurarse a crear, a interpretar la realidad y detenerse a proyectar una pequeña luz que permita atisbar esperanzas. Son apenas un puñado de locos que se resisten a actuar bajo unas siglas o a moverse al ritmo que marcan los poseedores de la chequera pública. Menos mal.

 

La España vacía volverá a su incesante y dramático descuento, como el reloj de arena que se desangra grano a grano sin que nadie repare en sus heridas mortales, sin un triste torniquete, sin una simple tirita que alivie su muerte tantas veces anunciada. Volverán las manidas palabras a mendigar fieles que, escuchándolas, las crean; palabras como repoblación, empleo, conexión, sostenibilidad.

 

Cuando estemos a punto de pararnos a preguntar por ellas, llegará de nuevo la calor con sus farsas y sainetes para que “¡no se te vaya a ocurrir pensar!”.

 

Y otra vez, otro septiembre nos devolverá a la realidad con un otoño cruel que nos marchite. Volverá, Joan Manuel, “el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”.

 

© Javier S. Sánchez

Compártelo:
Scroll al inicio