Tener buenos alimentos cerca no basta: La educación nutricional de los niños en Castilla y León

Enseñar a un niño a conocer los alimentos, participar en su preparación y tomar decisiones sin miedo ni culpa es una inversión que continuará dando frutos cuando llegue a la adolescencia y a la vida adulta

Alimentos saludables: fruta, legumbres, hortalizas (imagen Carolina Iglesias)
Alimentos saludables: fruta, legumbres, hortalizas (imagen Carolina Iglesias)

Castilla y León es una tierra estrechamente vinculada a la agricultura, la ganadería y la producción de alimentos. Sus legumbres, frutas, hortalizas, cereales, lácteos y numerosas recetas tradicionales forman parte de un patrimonio alimentario que ha pasado de unas generaciones a otras.

Esto nos invita a pensar que crecer en un territorio con esta riqueza facilita que los niños coman bien. Sin embargo, tener buenos alimentos cerca no garantiza que aprendan a elegirlos, prepararlos o incorporarlos con naturalidad a su alimentación.

Para eso hace falta algo más: educación nutricional.

Castilla y León parte de unos datos muy favorables

Los datos más recientes ofrecen una imagen relativamente positiva. Según la Encuesta de Salud de España 2023, analizada por Ical, el 69,68 % de los menores de Castilla y León consume fruta fresca todos los días, frente al 52,98 % de la media nacional.

La comunidad también se encuentra entre las mejor situadas en el consumo infantil de verduras y hortalizas. El 43,93 % de los menores las consume diariamente, más de doce puntos por encima del conjunto de España.

Además, Castilla y León registra una de las tasas más bajas de exceso de peso infantil: un 16,52 %, frente al 23,25 % nacional.

Son datos esperanzadores, pero no deberían llevarnos a pensar que el trabajo ya está hecho. Que una comunidad ocupe una posición favorable no significa que todos sus niños estén desarrollando una relación adecuada con la comida ni que dispongan de los mismos conocimientos y oportunidades.

De hecho, incluso dentro de unos buenos resultados generales, aproximadamente tres de cada diez menores no consumen fruta diariamente y más de la mitad no incluye verduras y hortalizas todos los días.

Lo que sucede en la adolescencia también se aprende antes

Otro estudio realizado durante el curso 2022-2023 sobre los hábitos de la población joven de Castilla y León permite observar qué sucede cuando los niños crecen y comienzan a tomar más decisiones por sí mismos.

Según sus resultados, el 18,3 % de los estudiantes no toma fruta habitualmente. Además, el 57,4 % consume aperitivos de bolsa algunos días a la semana y el 3,3 % lo hace la mayoría de los días.

El estudio también señala que el 77 % de los jóvenes ve la televisión mientras come o cena: un 26,8 % lo hace siempre y un 50,2 % algunas veces.

Estos comportamientos no aparecen de repente al llegar a la adolescencia. Se van construyendo desde la infancia a través de las rutinas familiares, el entorno escolar, la disponibilidad de alimentos, la publicidad y el ejemplo de los adultos.

Por eso, la educación nutricional infantil no consiste solamente en conseguir que un niño se coma una pieza de fruta. El verdadero objetivo es proporcionarle recursos para que, cuando tenga más autonomía, pueda tomar decisiones razonables sin depender constantemente de la vigilancia de una persona adulta.

La paradoja del medio rural

Uno de los resultados más llamativos del estudio aparece al comparar el ámbito urbano y el rural.

El 26,2 % de los jóvenes del medio rural declara no tomar fruta habitualmente, frente al 16,4 % de los jóvenes del medio urbano. También se observa que los jóvenes de zonas urbanas consumen fruta con mayor frecuencia.

Estos datos no permiten afirmar que vivir en un pueblo provoque una peor alimentación. Existen muchos factores familiares, sociales y económicos que pueden influir, sin embargo, sí ponen en duda una idea bastante extendida: que la proximidad al campo conduce automáticamente a comer mejor.

Podemos vivir cerca de una huerta y no saber reconocer qué alimentos están de temporada. Podemos estar rodeados de productores y comprar principalmente productos preparados. También podemos conservar muchas recetas tradicionales, pero cocinarlas cada vez con menor frecuencia por falta de tiempo, organización o relevo generacional.

El entorno ofrece oportunidades, pero es necesario enseñar a aprovecharlas.

Educar no es dividir los alimentos entre buenos y malos

Con frecuencia, la educación nutricional dirigida a los niños se reduce a mensajes como “esto es sano”, “eso engorda” o “si te terminas la verdura, tendrás postre”.

Aunque se utilicen con buena intención, estas expresiones pueden generar rechazo hacia determinados alimentos y transmitir la idea de que comer bien consiste en obedecer unas normas.

Educar nutricionalmente significa enseñar habilidades prácticas y adaptadas a cada edad. Por ejemplo:

  • Participar en la compra y aprender a comparar productos.

  • Reconocer frutas y verduras de temporada.

  • Preparar un almuerzo o una merienda sencilla.

  • Comprender que no es lo mismo consumir un alimento ocasionalmente que hacerlo todos los dí

  • Probar alimentos nuevos sin presiones ni castigos.

  • Identificar las sensaciones de hambre y saciedad.

  • Comer con atención y reducir la presencia constante de pantallas.

  • Entender de dónde proceden los alimentos y cómo llegan hasta nuestra mesa.

El objetivo no debería ser conseguir niños que coman “perfecto”, sino ayudarles a adquirir criterio y autonomía, porque la idea extendida de aprender a comer perfecto puede desembocar en un futuro, en trastornos de alimentación y relaciones insanas con la comida.

Del reparto de alimentos al aprendizaje

Castilla y León cuenta con un Plan de Consumo de Frutas, Hortalizas y Leche en las Escuelas, dirigido a niños de entre 6 y 12 años.

Durante el curso 2022-2023, el programa de frutas y hortalizas llegó a 673 centros educativos y a 147.900 escolares. Se trata de una iniciativa valiosa porque facilita el contacto con estos alimentos y contribuye a normalizar su presencia fuera del entorno familiar.

Pero repartir fruta no equivale necesariamente a educar.

La experiencia puede ser mucho más enriquecedora si el reparto se acompaña de actividades que permitan conocer el producto, descubrir cuándo se cultiva, aprender diferentes maneras de consumirlo o relacionarlo con la producción alimentaria de la zona.

Un niño aprende más cuando toca, pregunta, cocina y participa que cuando se limita a escuchar que algo “es saludable”.

Los centros educativos pueden impartir talleres de educación nutricional, cocina sencilla, huertos escolares, visitas a mercados y productores, calendarios de alimentos de temporada o actividades en las que los propios alumnos diseñen alternativas para sus almuerzos.

Castilla y León tiene recursos suficientes para conectar la educación nutricional con su territorio. No se trata de idealizar la alimentación tradicional —porque no todo lo tradicional tiene que consumirse con la misma frecuencia—, sino de recuperar conocimientos útiles y adaptarlos a la vida actual.

Una responsabilidad compartida

 

Abaco de alimentos saludables: fruta, legumbres, hortalizas (imagen Carolina Iglesias)
Abaco de alimentos saludables: fruta, legumbres, hortalizas (imagen Carolina Iglesias)

La alimentación infantil no depende únicamente de las familias. Tampoco puede recaer exclusivamente sobre los colegios.

Los hábitos de los niños están condicionados por el precio de los alimentos, los horarios laborales, la publicidad, los productos disponibles en su entorno y las posibilidades reales de conciliación. Pedir a las familias que lo hagan todo bien sin tener en cuenta estas circunstancias resulta poco realista.

Por eso, la educación nutricional necesita una actuación coordinada entre familias, centros educativos, profesionales sanitarios, administraciones y productores locales.

El hogar puede ofrecer ejemplo y participación, la escuela puede proporcionar conocimientos y experiencias, las instituciones pueden favorecer entornos alimentarios más saludables y accesibles y los profesionales de la nutrición podemos ayudar a traducir las recomendaciones generales en herramientas comprensibles y aplicables.

Una manera de llevar este aprendizaje a la práctica son los talleres de educación nutricional adaptados a colegios, AMPAs, asociaciones y otros centros. A través de la educación nutricional y de actividades cercanas y participativas, los niños pueden aprender a reconocer los alimentos, preparar opciones sencillas y tomar decisiones con mayor autonomía, sin convertir la alimentación en una lista de prohibiciones.

Aprender a comer también es conservar cultura

La educación nutricional infantil no debería plantearse únicamente como una estrategia para evitar el sobrepeso. Comer es también cultura, convivencia, autonomía y relación con el territorio.

Castilla y León parte de una posición favorable y cuenta con una riqueza alimentaria que puede convertirse en una magnífica herramienta educativa. Pero esa riqueza necesita llegar a los niños no solo en forma de productos, sino también de conocimientos, experiencias y habilidades. Una buena despensa puede facilitar las cosas, pero aprender a comer requiere educación.

Enseñar a un niño a conocer los alimentos, participar en su preparación y tomar decisiones sin miedo ni culpa es una inversión que continuará dando frutos cuando llegue a la adolescencia y a la vida adulta.

Fuentes consultadas

Carolina Iglesias Álvarez

Técnica Superior en Dietética- Educación nutricional

www.carolinaiglesias.es
Blog: Carolina Iglesias nutrición
Instagram: @carolinaiglesias.nutricion

Móvil: +34 686 468 126

educanutricion@carolinaiglesias.es

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