Ávila, los menos

Educar para respetar y tolerar a los demás, viñeta de Mafalda (ilustración de Quino, Argentina)
Educar para respetar y tolerar a los demás, viñeta de Mafalda (ilustración de Quino, Argentina)

«En todas partes cuecen habas». La cotidianidad nos recuerda con harta frecuencia este refrán, más como nefasta aseveración que como consuelo ante el mal de muchos.

Que en otras latitudes, y no en pocas, haya quienes se comporten de forma maleducada, intolerante o grosera nos produce asco y lástima a partes iguales. Que el mundo esté sufriendo una absurda convulsión provocada por actitudes insociables y hostiles no minimiza nuestro rechazo ante quienes hacen de la provocación y la beligerancia una forma de expresión.

Hasta a los animales de compañía se les exige identificación y cumplir determinadas obligaciones sanitarias; resulta llamativo que a algunos adultos haya que recordarles normas elementales de convivencia. Que una conducta pueda estar amparada en determinados casos por la libertad de expresión no significa que sea ejemplar, responsable o educativamente inocua.

Me produce pena.

Pero me produce más pena, y también vergüenza, que determinadas actitudes compartan espacio con mis alumnos, con mis vecinos y con la inmensa mayoría de personas que, afortunadamente, entiende la convivencia como un ejercicio de respeto y consideración hacia los demás.

Me produce pena que la ciudad que presume, por muchas razones, de ser «Ávila del Rey, de los Leales y de los Caballeros», como reza su escudo, pueda verse asociada, aunque sea durante unos minutos, al ruido del odio y la desvergüenza. Me produce pena que «la ciudad donde se oye el silencio» pueda convertirse en la ciudad donde se corea el insulto. Me produce pena que en la cuna de místicos y nobles se proclame el menosprecio a quienes representan o defienden instituciones fundamentales de nuestro Estado.

Y esta pena es mayor cuando dedicas tu vida a la docencia, cuando sabes que determinados comportamientos llegan a niños y jóvenes que, si nadie los cuestiona, pueden acabar incorporándolos a su propia manera de relacionarse con los demás.

La ciudad de las murallas, de los místicos y del patrimonio universal no merece que su imagen quede vinculada a gestos de evidente falta de sensatez.

Cuando un alumno comete un error, es un buen momento para hacer propósito de enmienda y enviar mensajes que ayuden a cambiar ese comportamiento. Si no hemos podido evitar la falta, al menos intentamos impedir su reiteración. Es fácil decirlo cuando hablamos de niños. Con los adultos, a lo que se ve, debe de ser mucho más complicado. Quizá porque quienes tienen la responsabilidad de actuar no siempre lo hacen; o quizá porque, en ocasiones, las consideraciones políticas terminan pesando demasiado.

Esos gritos que ya hemos visto protagonizar algunos actos públicos en otras ciudades han llegado también a Ávila, nuestra cultural, patrimonial y querida Ávila. Y, si nadie lo remedia, quizá terminemos aceptando que han venido para quedarse.

Si es así, no me pidan que eduque a los niños, que acompañe a los jóvenes en su formación y que les explique la importancia del respeto, del diálogo y de la convivencia. Si educar corresponde, como tantas veces se dice, «a toda la tribu», será imposible cuando una parte de esa tribu no está por la labor.

Cuando una parte de la sociedad considera legítimo abuchear, insultar o vituperar a quien piensa diferente, mientras quienes tienen responsabilidad pública parecen ajenos o distraídos, el mensaje que reciben nuestros jóvenes es difícil de corregir después en las aulas.

Son “los menos”. Pero, si permitimos que el ruido de “los menos” termine imponiéndose, no se oirá el silencio místico de “los más”.

Y, como no consuela demasiado la primera parte del refrán, quizá convenga recordar la segunda, que resulta todavía más determinante:

«En todas partes cuecen habas y en mi casa a calderadas».

Javier S. Sánchez

Escritor

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