Ceda el paso

 

¿Quién tiene prioridad? ¿Quién ha de ceder el paso?
¿Quién tiene prioridad? ¿Quién ha de ceder el paso?

 

Vous n’avez pas la priorité. Usted no tiene prioridad. Así reza – en un país laico como Francia- la señal de “Ceda el paso”. Usted no puede decidir sobre la prioridad. Su carril no es el principal, su ombligo es uno más entre todos los ombligos del mundo por mucho que no deje de contemplarlo.

Significarse con un símbolo común -léase la bandera- para diferenciarse de otros ciudadanos representados por ese mismo símbolo, Angela Merkel no lo permite, es una buena ocurrencia para ganar adeptos. Pero una ocurrencia con poco recorrido porque eso, precisamente, limita la individualidad y una parte del grupo a una imagen cuyo significado se ha alterado. Si lo que antes unía ahora divide hemos hecho un pan con dos obleas.

Del mismo modo, apropiarse de valores universales para tergiversar su sentido puede sonar innovador mientras seamos los beneficiados en el reparto de dividendos. Creer que una vida vale más que otra está bien cuando la primera es la tuya; que tu derecho a la sanidad prime sobre el derecho de los demás está bien mientras “los demás” sean los parias que huyen de la pobreza, de las dictaduras, de la guerra. Porque, claro, tú nunca te vas a ver en esas, piensas. Pero el día que hagan el triaje en un accidente en Laponia vas a reclamar que te atiendan con prioridad cuando, es sabido, allí la tiene Papá Nöel. Vemos cómo la prioridad nacional se pasa por el forro criterios como necesidad o vulnerabilidad apelando a ocho apellidos españoles, muy españoles.

¿Dónde queda la sanidad universal? ¿Y la educación? ¿Y los servicios sociales? Esto sí es saltarse el “Ceda el paso” y darse de bruces con la Constitución (art. 14) y el derecho de la UE. Afortunadamente, la dignidad humana es universal y no hay persona tan indigna que pueda “particularizarla”.

En su visita a España León XIV, qué frágil es nuestra memoria, fue contundente: “No se puede amar a Dios sin amar al prójimo”. A mayor abundamiento, en su encíclica Magnifica Humanitas, Prevost, continuador de la Doctrina Social de la Iglesia que impulsara León XIII, expone no pocas referencias que diluyen esta prioridad nacional. “El valor de la persona no depende de lo que realiza o produce, hay derechos que corresponden a todos por el mero hecho de ser personas”.

Observamos con pavor cómo se exponen enormes paneles que rezan- también somos devotos cuando nos interesa- “Primero los de aquí”. ¿Los de aquí? ¿Los de Orense? ¿Los de Calatayud? ¿Quiénes? ¿Qué cosa es el “aquí”? Porque tu “aquí” no es mi “aquí”. Me parece un canto al egoísmo, egolatría más bien, al individualismo más repugnante y al materialismo más nauseabundo. ¿No se abren los albergues de peregrinos para todos sin condiciones? ¿O también van a poner el cartel de “Reservado el derecho de admisión”? Y esto sirve en Galicia, en Las Hurdes o en Sierra Morena.

Prioridad nacional es sinónimo de desigualdad, de desprecio e insolidaridad, instalando una competitividad que deshumaniza y abandona a la persona como se abandona un trasto viejo e inservible.

¿Qué criterios, por tanto, arguyen para delimitar el “aquí” y el “nosotros”? ¿Las cotizaciones? ¿Tiene más privilegios el trabajador en activo que la niña que asiste a la escuela, que el abuelo que cobra la pensión o que una persona discapacitada?

Recuerdo cuando mi profesor de autoescuela me preguntó: Circulas por una vía con preferencia, observas que a tu derecha viene un camión de gran tonelaje, ¿continuas la marcha? Por supuesto, afirmé, tengo prioridad. Me contestó: “Ya tenemos tu epitafio: Aquí yace un conductor que tenía prioridad”.

Javier S. Sánchez

Escritor

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