
¡Ay, cómo nos señalaron cuando dijimos que nuestros pueblos, no pocos, tienen fecha de caducidad! Que tampoco hace falta ir a Salamanca para interpretar una pirámide de población. Si a ello le sumas los incendios nuestros de cada año, el abandono del campo, la falta de proyectos, la instalación de macroplantas de biometano y alguna cosilla más, te queda una Moraña para pasear camellos. Y sin oasis, que ya no son lo que eran Fontiveros, Fuente el Sauz, Fuentes de Año y los pueblos de apellido Zapardiel, salvo cuando este se desborda, que tampoco es conveniente. Nos quedamos para eclipses y, muy morañego, para vestir santos. Y es que no hay peor ciego que el que no quiere oír.
Aunque, en realidad, tampoco importa mucho la esperanza de vida de estos antaño bulliciosos rincones de Castilla y ahora pardos prados de quietud y silencio. Si nos atenemos a las viejas profecías de los nuevos profetas, en pocos años la IA se habrá encargado de que dejemos de preocuparnos por estas banalidades y por lo demás. Es el nuevo modo de anunciar el fin del mundo por enésima vez: más moderno, más vanguardista y, lo que genera más miedo, más incierto.
En ascuas nos tiene la inteligencia artificial, capaz de traducir al sánscrito las recetas de la señora Lorenza, la más experta en cocidos sanjuaniegos que ha conocido la cuna del Santo. Esta vez sí podremos alejarnos del mundanal ruido, como el fraile agustino; ponernos en nada, como fray Juan; y, plagiando a la Santa, dejaremos de morir porque no morimos. Ni siquiera vamos a permitir que nuestros vástagos renuncien al disfrute de un mar de plástico, de un aire impuro y de un paisaje calcinado.
Pensándolo bien, quizás sea oportuno ser conscientes de que, como vulgar yogur, tenemos fecha de caducidad, porque que la tenemos es una verdad incuestionable. Lo que genera impaciencia es conocerla. ¿Quién nos asegura que la IA no se ha colado en nuestra casa con su guadaña de algoritmos y no nos está exterminando en cada pulsación del teclado? ¿Qué certeza tenemos de que la luna, Federico mediante, no va «por el cielo con el niño de la mano»? Creer que tenemos asegurado el próximo soplo de aire es ser demasiado pretenciosos. Tanta fe no es buena para las cuentas bancarias ni para los odios, y enfadar a los dioses no es aconsejable.
En el umbral de noviembre, convendría tomar conciencia de la premura con que viajamos hacia el más allá cuando estamos tan obsesionados con el más acá, con detener el tiempo para ser más estúpidos. Supongo.
Esta cadencia de los días, que se dejan caer como las hojas secas sobre el asfalto frío, invita a recapacitar sobre lo que hemos hecho durante la primavera y el verano, ya me entiendes. No vaya a ser que sigamos deseándonos una larga vida para perpetuar los mismos errores.
Todos los días es apocalipsis para alguien; el mundo acaba para muchos sin que intervengan los dioses ni la naturaleza, que deben de ser lo mismo. Todos los días alguien decide por nosotros: qué debemos comer, cómo debemos vestir, dónde tenemos que viajar; qué trabajo nos quitan, si no fuera porque en ello también va nuestro libre albedrío, suponiendo que exista. Y todos los días, por tópico que suene, mientras vivimos, todos morimos un poco. Porque, al respirar, paradójicamente, nos damos vida y muerte al mismo tiempo: nuestro cuerpo se oxida. Es decir, si dejásemos de respirar, seríamos inmortales. No lo intenten si no es en presencia de su forense.
El frío de nuestra querida Ávila invita a la hibernación que, aunque sea en pequeñas dosis, nos ayuda a mantenernos lozanos y lustrosos. Y también, esa lentitud en el paso de las horas nos permite seguir habitando siglos no mejores por pasados.
Lástima que esta criogenización nos mantenga fríos ante el acontecer del mundo, en un rincón del tiempo donde nada pasa. Ni el tiempo. Eso sí, conservando, como en un pozo de nieve, la parsimonia de quien no aspira a subirse a ningún tren. Algún día, como al falso Disney, nos descongelarán y, para entonces, es posible que ni la vida eterna sea para tanto.
Javier S. Sánchez
Escritor




