
Furriel después que fraile, aprendió a temprana edad que existen dos formas de organizar a los seres humanos: una horizontal y otra vertical. La primera tiene el incómodo defecto de tratar a las personas como iguales; la segunda, la enorme ventaja de dejar muy claro quién puede mirar por encima del hombro y quién debe levantar la vista.
En un grupo donde la jerarquía se entiende como servicio, mayor compromiso y responsabilidad, nadie sospecha conspiraciones, nadie se siente menospreciado y a casi nadie le entra un arrebato místico por tocar poder. Cuando alguien se siente preparado —o, peor aún, el grupo cree que lo está— acepta la tarea con humildad, porque sabe que el cargo trae más trabajo que privilegios y bastante más miedo a no estar a la altura que ganas de lucir galones.
Los gremios verticales, en cambio, funcionan como una pirámide medieval: cuanto más se asciende, menos gente queda y más poder se concentra. En la cúspide siempre aparece un iluminado —antes coronado por derecho divino, ahora refrendado por las urnas, que también tienen su liturgia— encargado de distinguir el bien del mal, lo correcto de lo incorrecto y, sobre todo, lo permitido de lo prohibido.
Con razón Rojas le sermoneaba cada vez que lo veía sin los galones, que él guardaba en el bolsillo por pura supervivencia articular. Subir al comedor suponía atravesar un campo de reclutas empeñados en saludar reglamentariamente, hasta el punto de que, al sentarse a comer, el brazo apenas recordaba cómo sostener la cuchara. Nunca encontró especial atractivo en vivir un peldaño por encima de nadie. Quizá porque observó que, para algunos superiores, el verdadero privilegio del escalón consistía en negar, prohibir, censurar, reprimir y ningunear. Debía de ser agotador tanto servicio al «no». Rojas, en cambio, utilizaba sus galones para conciliar, orientar y decidir después de escuchar. Una extravagancia.
Pasó el tiempo y, una vez archivada la modélica transición en el cajón de las verdades incuestionables, en el colegio decidieron que debía asumir uno de esos cargos «de servicio». Al tercer día resucitó un compañero, hasta entonces amigo, luciendo galones invisibles con una naturalidad admirable: «¡No sabes con quién estás hablando! ¡Tendrás noticias mías!». Y las tuvo. El antiguo furriel, ya vacunado contra semejantes epidemias, recibió la visita de jefes diversos, algunos tan importantes que nadie los había visto nunca. Le sugirieron, a él que era más diestro que una navaja suiza, que utilizara la mano la izquierda. Por supuesto, por su propio bien. Y no.
Con estas y otras observaciones llegó a la conclusión de que el poder —ya viniera cosido en unos galones o viajando por enchufes de alta tensión— parecía definirse más por lo que impedía que por lo que facilitaba, por lo que censuraba que por lo que creaba. Y qué íntimo placer parecía proporcionar la capacidad de decir «no». A todo. Salvo, naturalmente, a las propias ocurrencias, por inútiles que fueran. Eso sí, siempre con gesto institucional, sonrisa diplomática y un mohín cuidadosamente ensayado para que la vanidad pareciera responsabilidad.
Qué tristeza le producía contemplar a un don nadie disfrutando de la rara satisfacción de ningunear al prójimo, sin advertir que, en el mismo movimiento, se estaba ninguneando a sí mismo y a la comunidad entera. Hay talentos que conviene no desperdiciar.
Hace tres o cuatro semanas se hizo estoico por dos razones: la primera, porque era gratis; la segunda, Séneca mediante, porque «no nos perturban los hechos, sino los juicios que hacemos sobre ellos».
Así, relativizando cuanto sucede en ese mundo artificial —el de plástico y mentira, por redundar un poco— decidió no perder más tiempo en pamplinas ni rendir pleitesía a los aplausos de cortesía, cuidadosamente sincronizados para mayor gloria de los egos de turno. Quienes desfilaban ante la pantalla, o se ocultaban tras ella, empezaban a recordarle a aquellos alumnos de las orlas amarillentas ante las que hablaba el profesor Keating: «…están ahora criando malvas».
Y contemplándolos ya como cadáveres andantes, escasa actividad sináptica y una encomiable vocación por rellenar organigramas, pensó que difícilmente merecerían la empatía del capitán Rojas. Quizá, con un poco de suerte, la atención profesional de un buen forense.
Javier S. Sánchez
Escritor





