Primera clase

 

Primer día de clase en un centro educativo rural de Castilla y León con alumnos de distintas edades
Primer día de clase en un centro educativo rural de Castilla y León con alumnos de distintas edades

 

Con el permiso de Julio César y del enmendador de su calendario, Gregorio XIII, vengo a proponer que el año comience en septiembre. Alego en mi defensa que el curso escolar, cuya agenda está regida por preceptivas normas religiosas, abre sus puertas el primero de mes; y el agrícola, san Miguel mediante, antes comenzaba con el contrato a los jornaleros y ahora con la instalación de la IA en los tractores. Asumiendo que el otoño es la decadencia, no resta sino que, a lo largo del año, todo vaya a mejor, culminando en la holganza veraniega que anuncia el santo Bautista.

Observamos con entusiasmo cómo algunos trabajadores, incansables, tenaces y voluntariosos, se apresuran a comenzar su particular curso con ese afán de servicio a los ciudadanos, con el desvelo de quien es capaz de vivir en una choza mientras haya un ciudadano tirado en la calle o de comer de rancho mientras haya una familia que no llegue a fin de mes, como propuso un teólogo. Pero hay que cuidarlos y mimarlos para que puedan dedicarse a su encomiable labor. ¿Dónde podrían ir sin un traje planchado a raya y un vehículo de alta gama, chófer incluido? Son ciudadanos de otra clase, forjados a fuego en las herrerías del estoicismo; son ciudadanos de otra pasta. Ya me entiendes. De otra pasta.

Los admiro en el trasiego urgente de los días, sin horario ni calendario, y aliviando nuestras cuitas y desconsuelos con ese virtuosismo y destreza que desprenden a cada paso.

Son ellos, siempre algunos, tan celosos de su labor y tan metódicos con su tiempo que aún les sobra para enredar con el móvil en el trabajo, echarse una siestecita, golpear el mobiliario o insultar al de al lado. Por extraño que nos parezca, siempre buscan el consenso, aunque pocas veces lo encuentren.

Lo que me resulta más turbador en los comienzos de curso es esa foto de un grupo de ellos en una escuela infantil o primaria. Me trae a la mente, sin salvar distancia alguna, a esos intelectuales que van de escuela en escuela hablando del Marqués de Santillana a niños de cinco años: «Moça tan fermosa / non ví en la frontera, / como una vaquera / de la Finojosa». Que, en el paso a primaria, ya les pueden convalidar primero de Filología. ¡Para que digan de PISA!

En el curso escolar, como en el mus, no es cómo se empieza sino cómo se acaba y, a la postre, muchas veces se resuelve en un órdago que da la vuelta a la partida; o a la patria, según se mire. Tenemos por delante un año de guiños y faroles porque, aunque sus señorías se deben a nuestro bienestar, hacen bien en dedicarse al suyo, concediendo cada vez más tiempo a las campañas; esa quincena en que se desgañitan, en que, ahí sí, dedican las veinticuatro horas al propósito que no es otro, ya lo sabes, querido lector, de procurar lo mejor para estos humildes vecinos, siempre desconsiderados y desagradecidos.

Porque pueden prometerte, campaña sobre campaña, la misma rebaja de impuestos, la misma estación de autobuses o el fin del hambre y las guerras en el mundo.

Pues todo se andará; tened paciencia.

Esta invitación a la paciencia trae a mi memoria una lección de esperanza y gracia que a veces recibía de un amigo sacerdote: «Nosotros no lo veremos, Javier, pero los hijos de nuestros hijos…».

Primer día de clase curso 2026-27, colegio Arcipreste de Hita de El Espinar, Segovia (imagen ICAL)
Primer día de clase curso 2026-27, colegio Arcipreste de Hita de El Espinar, Segovia (imagen ICAL)

 

Javier S. Sánchez

Escritor

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