
Durante el mes de junio empiezan a verse los pollos de las aves, algo más confiados que sus progenitores.
Aunque las aves esteparias encadenan durante las últimas décadas, índices reproductores muy escasos y muy preocupantes, que están llevando a varias especies al límite de la desaparición o, incluso, a su extinción local, en otros hábitats se sigue presenciando el espectáculo de las pequeñas criaturas que comienzan su andadura por el mundo, unos aprendiendo a volar entre los árboles y arbustos de sotos y bosques, otros a nadar o a bucear en ríos o humedales, todos ellos bajo la atenta mirada de sus progenitores, llegando a “regañarles” si dejan que nos acerquemos demasiado a ellos.
A continuación, amigo lector, le muestro algunas especies de aves en su etapa de pollo. Imágenes tomadas a caballo entre mi querida Tierra de Arévalo y el Levante peninsular.
Ahora esta imagen de sisón o de pollos de la especie, por mi Tierra de Arévalo y la Moraña es casi imposible, desaparece. Su danza, con saltos y chasqueos de pico, ha pasado a la memoria de otros tiempos. Pero no es el sisón el único que se extingue o rarifica, también lo hacen de forma rápida y silenciosa decenas de especies esteparias, esas que viven en las llanuras cerealistas.
En primavera, las sinfonías matinales, casi al amanecer, de calandrias, cogujadas, alondras, terreras o bisbitas, han desaparecido casi por completo, cuando hace veinte o treinta años, solo hacía falta madrugar un poco y perderse por cualquier rincón de esta tierra llana, para deleitarse con un fabuloso y fastuoso concierto alado, pues muchas de estas especies emiten sus melodiosos trinos desde el aire.
El apasionado ajeo de la perdiz que reclama su territorio y a su amada frente a otros machos, cada año se hace más difícil de escuchar. Como el aflautado silbido del alcaraván, ya no invita a dormir al resto de las aves en los crepúsculos primaverales o estivales.

Cada vez son menos los aguiluchos que danzan con las mieses cuando pasan del verde al dorado en pocas semanas, los campos cerealistas ya casi no acogen sus nidos a ras del suelo. También desaparecen la ganga ortega o la ibérica que acuden a beber a los humedales proyectando sus sonidos guturales o gangosos mientras vuelan.
Y los majestuosos machos de avutarda, los pocos que aun van quedando, se exhiben cada año entre marzo y mayo, haciendo la rueda, sin hembras que les observen, pues cada vez son menos las que quedan para acudir a los territorios de exhibición, dándose el caso de que varios machos se muestran y rivalizan entre ellos inútilmente, pues no hay por los alrededores ninguna hembra que haya acudido a elegir al más guapo y fuerte. Todo un derroche de belleza, grandeza y fuerza en vano. Triste.
Algo pasa en el campo, entre los cultivos, las aves lo dicen de forma silenciosa mientras desaparecen con rapidez, porque veinte o treinta, años hablando de natura, es una nimiedad temporal.
Quizás seguiremos viendo pollos en bosques, ríos o humedales, pero lo que está ocurriendo en las llanuras cerealistas castellanas, con especies que no se reproducen, se rarifican o desaparecen, nos dice que algo pasa entre los cultivos.

Quizás hoy todavía se pueda revertir, tal vez mañana ya sea tarde.
En Arévalo, julio de 2026,
Luis J. Martín
© Textos y fotografías: Luis José Martín García-Sancho.





