No es la pimienta

La diputada del grupo parlamentario popular (PP) muestra un bote de gas pimienta en una sesión de control parlamentario en el Congreso de los Diuputados (imagen Congreso de los Diputados)
La diputada del grupo parlamentario popular (PP) muestra un bote de gas pimienta en una sesión de control parlamentario en el Congreso de los Diuputados (imagen Congreso de los Diputados)

Imagínate, querido lector, a Cristóbal Colón discurriendo el modo de llegar a las Indias, las costas de Asia, por una nueva ruta para traernos seda y especias —también la pimienta— sin tener que lidiar con los turcos. Esta idea en su cabeza era genial. Tan solo necesitaba financiación (dos millones de maravedíes, 1,2 millones de euros), tres carabelas (barcos rápidos y ligeros), tripulación (90 marineros de distintos oficios) y la autorización de los reyes. Solo eso. En su cabeza, el proyecto era perfecto. Y lo era. Lo era porque Colón era un tipo trabajador y perseverante, ambicioso, y un gran navegante con conocimientos de cartografía y astronomía. Solo eso. No nos extraña, por tanto, que su empresa llegara a buen puerto, nunca mejor dicho. Pero si Colón no hubiera sido Colón, no habría navegado ni el Adaja en sus mayores crecidas.

Cuando un maestro prepara sus clases, ya está imaginando cómo serán las sesiones, qué recursos necesita, cómo controlará los tiempos, cómo resolverá las posibles incidencias y cómo gestionará el humor de los alumnos ese día, de lo que no tiene ni idea. Y cuando llega al aula, pocas circunstancias le desvían de su tarea, porque se ha formado en pedagogía, en psicología, en dinámicas de grupos, didáctica, gestión del aula y otras decenas de disciplinas. Tampoco nos sorprende que su clase idealizada de cada día alcance los objetivos previstos, sea cual sea la coyuntura. Si el maestro no fuera maestro, huiría del aula en menos de cinco minutos. El navegante sabía a dónde iba y el maestro sabe dónde está. Cualquiera pondría en manos del navegante una expedición a Plutón, o en las del maestro un grupo de niños de diferentes niveles, alguno de ellos con necesidades educativas especiales. Sin problema.

La cuestión surge cuando se hace una propuesta a una persona incapaz, cuando un proyecto sobrepasa los conocimientos y habilidades de quien lo dirige. ¿Qué puede salir mal? Y como no hay empresario ni jefe que arriesgue a perder, tratan de encomendar las tareas a los más capaces, o a los capaces o, en último caso, a quien, si no lo resuelve, al menos no lo estropea. El primer consejo en terapia es no empeorar al enfermo. Claro que, si es uno mismo quien se postula para salvar el mundo, para resolver un problema cuántico o para traducir la Vulgata con solo el título de Primaria, entramos en otra dimensión.

Hay personas que, por atrevidas o por temerarias, se meten en jardines de los que les resulta complicado salir; jardines que no existían, pero que desde su ineptitud han creado porque la idea en su cabeza sonaba bien. En su cabeza.

Cuando el discurso político alcanza niveles propios de una guardería —con perdón de los bebés, que no gritan, no insultan y no golpean el mobiliario—, es arriesgado poner en según qué manos según qué objetos. Se imagina uno al político en la soledad de su despacho indagando en el mejor modo de expresar la genial idea que ronda su cabeza. Antes, cuando la cultura general era una buena baza, siempre mejor que el insulto, los parlamentarios tiraban de esa despensa de sabiduría para opinar y rebatir. A falta de aquellos mimbres, se afanan ahora en preparar un numerito con el que deslumbrar a la audiencia de dentro y de fuera. ¡A veces lo consiguen!

En la clausura de su despacho, decía, maquinan lo que ha de ser la lección asombrosa del parlamentarismo español, aderezada a veces con un objeto aparentemente inocuo. Aparentemente. En la cabeza de su señoría suena como una seguidilla en el Tiétar o el gregoriano en Silos. Perfecto. ¿Qué puede salir mal? ¿Por qué no vaciar, entonces, el bote de pimienta en un lugar seguro antes de introducirlo en el Congreso? «Yo controlo». Entonces, con el tono elevado de la convicción debidamente ensayado, comienza la puesta en escena. La voz firme y contundente de quien ha preparado la escena con esmero. Pero, como las puestas en escena son para los actores, se nos ha olvidado limar algunos detalles. Y en mitad de la exposición, la presidenta de la cámara interrumpe para, precisamente, advertir algún error. Para sorpresa de nadie, solo de la interfecta y sus allegados, la representación ha finalizado. Pitos y palmas.

Como todo es susceptible de empeorar, la pimienta acaba por ahí derramada. Personas afectadas, zonas precintadas… En fin, un sindiós. No, no es la pimienta; es en qué manos la ponemos. Y la sal.

Javier S. Sánchez

Escritor

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