Odio de oído

Representación escénica del odio
Representación escénica del odio

Uno, que ha vivido los mercadillos desde dentro, reconoce al personal que busca las gangas más allá de la calidad del producto; lo que acaba resultando en una compra de las de, decía mi padre: «Lo barato es caro». Viendo cómo viste la gente por dentro, se ve a la legua: podemos entender que no pocos vienen de una feria donde la mercancía no es saludable. Pero la compran porque o es muy barata, o está de moda, o ambas cosas, que el mundo viene ofreciendo residuos desde hace mucho tiempo.

Y todo porque un vecino te habló la semana pasada de las bondades de ese artículo, cuando de lo que se trata es de que él se arroga una buena comisión. Pero tú —¡que a ti no te engañan!— compras de oído, sin mirar el percal y sin siquiera calibrar si te conviene o no la compra. Lo echas todo al morral, lo que viene siendo tirar la casa por la ventana y la ventana también.

El odio que contienen algunos estómagos, porque lo han comprado en una tasca de mala muerte, ese odio que luego tratan de descargar en algunos políticos, es la proyección de un complejo de inferioridad; nace de las propias carencias del comprador y de su autoengaño, haciéndonos creer lo que ni él mismo cree: que ha adquirido una joya a precio de bisutería. Sintiéndose engañado, no le queda otra que culpar de sus males al sursum corda; siempre es más fácil que mirarse por dentro y lavar ese estómago sucio de inmundicia.

La necesidad de odiar que algunos seres guardan en lo más íntimo de su ADN debería contemplarse en el DSM-5 (texto revisado). Si hay una enfermedad que corrompe internamente, es el odio, porque es la única que, a medida que es liberada, crece de forma exponencial en el propio organismo.

El vacío que deja el odio solo puede ser reemplazado por más odio en unos individuos que no sobrevivirían en un mundo donde se les exigiera

hacer dos cosas al mismo tiempo, como caminar y mascar chicle. O tropezarían o, como dicen en Salamanca, se añusgarían.

Es el odio esa baratija que viene a colmar las apetencias de vientres ansiosos de lodo y necesitados de todo, orondas barrigas que cada jornada reclaman su dosis de bilis para sentirse parte de una tribu que, siempre desde el anonimato, muestra su coraje —léase cobardía— y su indigencia mental.

Siempre fieles, esperan el argumentario mañanero que les teledirija a tal o cual objetivo. Y, como autómatas programados, previo ritual de uniforme y bandera, salen a la calle como el caballo de Atila: donde pisan no crece la inteligencia. Son capaces, en un mismo día, de corear contra el equipo contrario, de insultar al Presidente del Gobierno de España y de gritar «¡vivas!» a la Virgen de su pueblo. Mérito no les falta. Y si, además, les piden que se manifiesten en las redes contra la ONG que ayer les salvó la vida, les faltará tiempo.

Es dañino el odio que produce uno mismo, pero lo es más aquel que te inoculan aprovechando tu incapacidad para filtrar, para cotejar, para discernir. Y, claro, ya no sabes si atender al periodista que dice que llueve, al que dice que hace sol o, mejor, al que mira por la ventana antes de aventurarse a dar el tiempo.

Los beneficiados de este curioso mercadeo con tan horrendo producto son quienes dedican sus horas al insulto, a la descalificación y a la crispación; es decir, los mismos que después se quejan de no sé qué polarización y de no sé qué división de la sociedad.

Los mismos, los que preparan el terreno para que parroquianos de una y otra comparsa se apresuren a consumir una pócima que solo a ellos, a los mercaderes, les reporta suculentos beneficios.

Los imbéciles no odian porque tengan motivo alguno, sino porque alguien les dice que odien. Cuando nos faltan certezas, pecamos de actuar al amparo de lo que desconocemos; como le pasaba a Sancho, que conocía a la simpar Dulcinea… pero de oídas.

Javier S. Sánchez

Escritor

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