Testosterona

Cartilla del servicio militar obligatorio, conocida como 'la blanca'
Cartilla del servicio militar obligatorio, conocida como ‘la blanca’

Valor: se le supone. Claro que, en tiempos de paz, cuando la mayor prueba de valor había sido subirse a una escalera para cambiar un fluorescente, no procedía sino suponer que, como hombre hecho y derecho, eras valiente. Quizá era mucho suponer —pienso ahora— que todos los soldados estuviéramos dotados de ese valor para tiempos belicosos.

La cartilla militar —ojeándola entiendo por qué se llama «la blanca»— no recoge este dato; en realidad, se limita a acreditar la incorporación a filas, el paso a la reserva y los cambios producidos entre ambas fechas. Nada sobre el valor.

Durante el servicio militar, excepto lo del fluorescente, no tuve ocasión de demostrar nada, más allá de manejar un cuadrante. Nadie dudó, también es verdad, de mi valentía, arrojo o audacia —cualidades exclusivamente masculinas en aquellos tiempos—, salvo yo mismo. Nadie, por otra parte, comprobó si mi testosterona se encontraba en los niveles convenientes para salir a medianoche a defender mi país. Sí sé, por compañeros, que en alguna ocasión les tocaron los dídimos, aunque solo figuradamente.

A las mujeres, de profesión «sus labores», no se les suponía el valor, la resiliencia ni el sacrificio. ¡Qué paradoja!

Y tampoco, como dice la leyenda, se utilizó bromuro en las comidas para paliar los efectos del exceso de testosterona.

Para evitar tanta suposición, el secretario de Defensa —de Guerra se hace llamar—, Pete Hegseth, quiere obligar a los soldados estadounidenses a someterse a exámenes anuales que verifiquen sus niveles de esta hormona masculina. Lejos de generar un chute de amor a la patria semejante al que puede producir una banderita en la muñeca, la noticia ha provocado todo tipo de bromas y chascarrillos. Esto sí que se suponía.

Sobra decir que a semejante ocurrencia se suma la dosis de machismo que supone bloquear el ascenso de las mujeres en el escalafón.

Estamos a un paso de recuperar la sedia stercoraria, aquella silla en la que, según la leyenda, se sentaba el papa recién elegido y a través de un agujero central un joven cardenal comprobaba su hombría. Al parecer, la idea surgió cuando, en el siglo XI, se les coló la papisa Juana.

También se ha propagado, erróneamente, que los romanos, en el momento de testificar, para hacerlo sobre lo más sagrado de su cuerpo, se agarraban los testículos con la mano izquierda y de ahí esa supuesta etimología, tan difundida como de escaso fundamento, del verbo testificar. Esto devino, eso sí, en una original novatada que en los años ochenta se practicaba en los colegios mayores; de chicos, claro.

Sea como fuere, entre leyendas y mitos, uno tiene la sensación de que la línea del tiempo ha sufrido un viraje y mira sospechosamente hacia tiempos pasados, que no mejores. De otro modo no se entiende el auge del machismo en algunos ámbitos, la incesante apelación a la amenaza que supone —dicen— el multiculturalismo o desbarros como «el problema es el acceso masivo de la mujer al trabajo» —viceconsejero de la Junta de Andalucía dixit—.

Viendo lo que se nos viene encima, no parece que La Moncloa vaya a ser habitada próximamente por una presidenta del Gobierno. El número de alcaldesas en los grandes municipios no llega a la mitad del de alcaldes. Y, en el conjunto de los ayuntamientos, las mujeres que ocupan ese cargo no alcanzan el treinta por ciento.

Aquel joven cardenal, conocido como el Palpati, tras comprobar la hombría del pontífice, proclamaba la famosa frase: «Duos habet et bene pendentes» («Tiene dos y cuelgan bien»).

 

Sedia stercoraria, modo discreto de verificar que el papa elegido era varon
Sedia stercoraria, modo discreto de verificar que el papa elegido era varon

 

Javier S. Sánchez

Escritor

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