A la legua: Ávila en blanco y negro

 

Vista aérea del Valle del Tiétar, incendio forestal verano 2026, Ávila (imagen bomberos forestales)
Vista aérea del Valle del Tiétar, incendio forestal verano 2026, Ávila (imagen bomberos forestales)

La luz del verano engaña. Dejar la ciudad de infinitos quehaceres y tediosas rutinas para regresar al asueto de la infancia es a la vez motivador y terapéutico. Los pueblos son analgésico y ansiolítico a partes iguales contra la inercia de los días, contra el devenir tedioso de las obligaciones. Por eso, aparcar en la misma puerta de los abuelos y oler a matanza y queso viejo, nos reconcilia con un pasado que despreciamos cuando nos vendieron la gran ciudad como panacea a todos nuestros males.

La urbe se vacía y los pueblos se multiplican. El alborozo rompe los silencios fríos del invierno porque, a decir de Pau Donés en su testamento vital: “Vivir es urgente”. Lo urgente sería vivir todo el año, pero, por esas necesidades no urgentes que nos impelen, solo dedicamos a la vida dos partes del año, o una.

El entusiasmo del primer momento, el encuentro con familiares y vecinos, pierde gas con el paso de los días. La rutina del curso laboral se sustituye por la rutina del mismo verano replicado durante años, con la excepción de las cañas y los filandones al fresco.

Y es que año tras año, “ad nauseam”, interpretamos el mismo guion como títeres sin cabeza; el guion que generosamente nos ofrecen los administradores de nuestros impuestos. Baste reseñar el dispendio de tantos municipios, algunos sin agua potable, en las fiestas patronales que han desubicado su programa al periodo estival. Y es que una orquesta de las de “mirar” se lleva una parte importante del presupuesto; peculio que, en parte, podría destinarse a actividades con proyección y no a un “carpe diem” mal entendido.

Abundan las semanas culturales más llenas de letra que de contenido y de ocurrencias que de innovación. A menos que las tan despreciadas asociaciones culturales de los pueblos se dediquen día y noche a compensar la indiferencia de las instituciones, generosas con espectáculos psicodélicos y hurañas con la cultura. Eso sí, cada año repiten ridículos eventos de escaso interés para la población, pero, ¡oiga! “estamos trabajando en la repoblación y la vertebración”.

Es una suerte de NODO que nos devuelve cada estío a una provincia que avanza en blanco y negro sin una luz que permita atisbar un indicio de recuperación.

Los dioses, tan generosos ellos, este año nos han regalado un eclipse, sin duda una buena alternativa a la falta de creatividad. Y, como hay que institucionarlo todo, léase controlarlo, ya sean los carnavales o la cabalgata de reyes, ya se ha creado el redil desde el que contemplar “gratuitamente” y con gafas de ver todo oscuro cualquier evento relacionado con la cúpula celestial.

También, los dioses son así de caprichosos, nos han regalado los incendios nuestros de cada año, pero con más hectáreas calcinadas. Una plaga merecida que invita a reflexionar sobre la dejadez en el cuidado de nuestros bosques y espesuras, en habla sanjuanista. No hace falta ser profeta para presagiar lo que nos deparará el próximo año; misma inercia, mismos resultados. Peores.

Se nos apaga nuestro Valle del Tiétar entre sollozos y animosos lemas reparadores. Como la Paramera. Aquí seguimos, a la legua. Adiós. Rezando.

13 de septiembre de 2026

Javier S. Sánchez

Escritor

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