Tragedia, respeto.

Sangre de donantes anónimos, tras el accidente ferroviario en Urda, Toledo
Sangre de donantes anónimos, tras el accidente ferroviario en Urda, Toledo

Cuando sucede una tragedia, en pandemia tuvimos abundantes ejemplos, atisbamos las dos caras del ser humano.

Están los que se apresuran a ayudar, ya sea transportando enfermos o llevando una botella de agua y un bocadillo; además de la UME, bomberos, Cruz Roja y no pocas organizaciones que desde el primer momento se vuelcan con los afectados sin condiciones; también los vecinos ofreciendo su tiempo, sus casas, su humilde saber hacer. Y así, en coordinación. olvidando banderas y colores, polarizaciones y odio, es como se construye un país, el país que vamos a dejar a quienes vienen pisándonos los talones y que se merecen lo mejor.

Me emociona escuchar cómo en varios hospitales hay colas para donar sangre, sabiendo que esa sangre irá, seguramente, a las venas de una persona que vive en otro lugar del país, que está en las antípodas de tu ideología, que no cree en lo mismo que tú y además es fan del rival de tu equipo. ¿Y qué? Desde el anonimato es fácil construir una sociedad sana, íntegra y robusta, sin alharacas, sin vídeos que alimenten egos.

También se apresuran los otros, los que como hienas y buitres se allegan al lugar del accidente, no para dar sangre sino para sorberla de los heridos, de los fallecidos. Animales con cámara y micrófono, pero sin alma ni escrúpulos que salen a la caza de la escena más morbosa, de la declaración más obscena. Son capaces de meter los objetivos entre los amasijos de hierro a ver si, con suerte, aparece una mancha roja o la zapatilla de una niña. Son capaces de golpear con el micro en la cara de esa persona ensangrentada que acaba de salir de un vagón con el corazón en un puño y preguntarle, ¡qué sé yo!, que si ha visto heridos o muertos. ¿Cabe mayor desvergüenza, mayor inmoralidad? ¿Qué información ridícula nos quieren vender como si fuera el titular del New York Times?

Está el mercado de la ética en semejante volatilidad que no pueden dejar de emitir imágenes sangrientas y voces mutiladas, no vaya a ser que la competencia se adelante y nuestro producto llegue tarde al mercado.

Al parecer prima esa feria de vísceras y llantos sobre un código deontológico que, por momentos y muy a menudo, se salta aquello del respeto a la dignidad y la intimidad.

Una sociedad que rezuma un odio prestado, propagado por medios debidamente atizados, es capaz también de reclamar más sangre, más vómito; son los insaciables.

No son jóvenes quinceañeros, quienes tan a menudo y tan injustamente cargan con nuestras culpas y nuestros fracasos, son los fondos buitre de las plataformas algorítmicas, de los púlpitos dorados, de los sillones aterciopelados. Son las bocas nunca satisfechas, los estómagos nunca saciados, las mentes siempre ávidas de morbo.

Es un ir y venir del odio infundido y difundido a la impaciencia por hurgar en el dolor ajeno, por ocupar nuestra triste vida en la tristeza ajena, en su llanto.

Porque en unos días nos habremos olvidado, como nos olvidamos de los volcanes y las danas, de los terremotos y de la pobreza. Algún día, hurgando en el álbum digital de un disco externo que nunca ojeamos, nos encontraremos con una foto muy curiosa, la de aquel día que acudimos a una llamada unánime para enviar apoyo moral a los heridos y a las familias de las víctimas. Apoyo moral.

Mientras tanto, apenas a unas horas del accidente, los expertos en todo tipo de catástrofes nos han informado de las causas y de las consecuencias, han señalado a los culpables, los han juzgado y los han condenado. Si no fuera por lo dramático de la situación sería para hacerles dos homenajes.

También me reconcilian con el ser humano los compañeros maestros que llenan los pasillos de un hospital; maestros y maestras que llevan las sudaderas verdes de estar en huelga por sus derechos, y que se han olvidado de ellos mismos para donar su sangre.

Cuando todos los medios dedican su programación a recrear, algunos a recrearse en cada uno de los momentos desde el minuto cero, y recibida la información necesaria, decido apagar televisión, radio y redes, intentando aislarme de este bucle de imposturas.

Me quedo con quienes ayudan, en la cercanía o en la distancia, con quienes desde su fe o su ateísmo encienden una vela; con quienes hoy abren su alma al afecto, a la empatía, a la generosidad; con quienes lloran lejos de los focos, con quienes ofrecen su respeto y su cariño sin condiciones.

Y pienso que hoy, precisamente, es un buen día para estar en silencio.

 

Javier S. Sánchez

Escritor

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